FIDA Argentina

julio 11, 2016 9:47 am

Gabriel Profiti“Domingo a domingo” por Gabriel Profiti – Director de Noticias Argentinas

La Argentina cumple dos siglos de convulsión, con épocas de apogeo y otras de abrupta caída, anclada por las continuas interrupciones dictatoriales de la centuria pasada, y aún sin despegar en el período más largo en democracia, de casi 33 años.

“La Argentina es un país condenado al éxito”, definió alguna vez Eduardo Duhalde paradójicamente durante la peor crisis económica de la historia nacional, antes de un amague de crecimiento sostenido en la década kirchnerista que concluyó hace ya cinco años junto con el boom de las materias primas.

En fin, después de haber sido la quinta economía mundial y de tutearse con Estados Unidos hace un siglo -en un país profundamente desigual- nuestra Argentina llega al Bicentenario con más de doce millones de pobres, desigual y dividida.

La convulsión política es un sello también contemporáneo, aun cuando no puede compararse a los años trágicos en dictadura, especialmente la última, ni con los periodos de mayor violencia política, ni con las crisis devastadoras como la de 2001.

Un repaso de la última semana sirve de muestreo. La expresidenta Cristina Kirchner sigue rindiendo cuentas en tribunales por los desmanejos de la última década y Mauricio Macri paga quizá su principal error en seis meses de Gobierno, un tarifazo que no midió su real dimensión.

Esa suba de las tarifas de servicios públicos acaba de ser frenada por una Cámara Federal en el caso del gas y el Gobierno ahora espera que la Corte Suprema la restituya, para amortiguar un traspié político que no aliviará el golpe económico para miles de hogares y pequeñas industrias.

Para Macri la reducción de los subsidios a las tarifas es un pilar de su plan de racionalidad económica, mientras espera que otros factores como la obra pública, la restitución de fondos a jubilados y la inversión extranjera permitan mostrar signos de reactivación antes de fin de año.

Plan de Desarrollo.

Empezando por Macri, el Gobierno suele quejarse de la herencia recibida y fundamenta las reformas “dolorosas” implementadas en la necesidad de evitar una nueva crisis.

Sin embargo, el país está inserto en una zona de paz, sin catástrofes naturales y con un contexto internacional que no es el mismo de hace una década pero que sigue siendo favorable por la posibilidad de conseguir financiamiento a tasas muy bajas.

“Es cierto que la soja no está más a 600 dólares la tonelada, pero aun así este mundo es mejor que el que les tocó a muchos gobiernos pasados”, reflexiona un vocero oficial, quien considera que hay una atmósfera internacional apropiada para que las inversiones se multipliquen en la Argentina.

Paralelamente, el equipo económico prepara un programa de desarrollo denominado Plan Productivo Nacional 2016-2019. Se trata de una biblia de miles de páginas con las que el Gobierno buscará adoptar el modelo de desarrollo de Australia.

Duhalde también decía que la Argentina debía tomar el ejemplo de Australia y Canadá, porque son países geográfica y demográficamente parecidos, con estructuras económicas similares, pero con historias distintas.

Australia, que declaró su independencia de Gran Bretaña en 1872, registró en 2015 un PBI per cápita de 50.962 dólares, mientras que el de la Argentina fue de 13.589 dólares, según el Fondo Monetario Internacional.

La ex embajadora en la Argentina Patricia Holmes solía entusiasmarse en conferencias contando cómo fue el milagro australiano a partir de 1983.

Ese año, casualmente el del retorno democrático argentino, un anterior boom mundial de recursos se había acabado y Australia estaba en estanflación. La inflación era del 17%; el desempleo, del 10%; el crecimiento, 2% negativo; y los déficits de la cuenta corriente y fiscal habían subido a niveles récord.

A grandes rasgos, la reforma australiana estuvo basada en la apertura de su economía, reformas impositivas y laborales y políticas de defensa de la competencia.

El Plan Productivo Nacional está a cargo del vicejefe de Gabinete, Mario Quintana y tiene como premisa romper con el ciclo de crecimiento y crisis que la Argentina experimentó en los últimos cuarenta años, en el que con cada caída los salarios fueron la variable de ajuste para hacer más competitivo al país.

“¿Cómo lograr que la Argentina sea viable con salarios altos? ¿Cómo hacemos para no volver a pegarnos el palo como nos pasa cada una cierta cantidad de años”, se pregunta retóricamente Quintana, antes de entusiasmarse con las respuestas.

Quintana, quien se hizo conocido como fundador y CEO del Grupo Pegasus, se crió en Mataderos, hizo trabajo social en la Ciudad Oculta, se recibió muy joven de licenciado en Economía de la UBA y luego fue becado para hacer estudios de posgrado en Francia. Viene del sector privado, pero reniega de la teoría del “derrame” como el más convencido de los kirchneristas.

El plan incluye ocho apartados transversales y promueve la competitividad a partir de la eficiencia en distintos ámbitos. Habrá que ver si es posible.

A grandes rasgos, las reformas serían orientadas a: propiciar que las empresas accedan a los mejores bienes de capital para facilitar su competitividad; promover la eficencia de los sectores de logística y transporte -plan de infraestructura en trenes, rutas y puertos-; invertir en la capacitación de los trabajadores; propiciar un “Conicet productivo”, es decir que los científicos aporten innovación a la industria nacional.

También se buscará bajar el costo laboral especialmente el producido por la litigiosidad -uno de los principales reclamos de las cámaras empresariales-; facilitar los trámites al máximo para la creación de empresas; desactivar los monopolios y oligopolios, promovimiento la competencia; y una inserción internacional profunda e inteligente, sin destruir a la industria.

Leído así parece un compendio de ideas ambiciosas y poco viables, sobre todo cuando comiencen a provocar efectos secundarios inesperados o no anunciados y a colisionar con aquellos actores que se sientan perjudicados por los cambios.

De hecho, durante años los distintos gobiernos llenaron de títulos rimbombantes sus historias de fracaso.
Pero lo cierto es que este es otro intento, doscientos años después.

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