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octubre 28, 2016 9:35 am

Para remarcar la importancia del tema que estamos tratando, digamos, para empezar, que la forma en que las distintas culturas a lo largo de la historia se han preparado para defenderse, ha producido profundas transformaciones en sus sociedades.

Hoy puede ser que este concepto haya sido olvidado. Pero se sabe, con absoluto rigor etimológico, que el origen más primigenio de la voz exercitus, de la cual deriva ejército, es asamblea. De hecho, en la antigüedad, no había distinción alguna entre su significado y la palabra pueblo.

Y en el marco de este sentido, por ejemplo, para que alguien pudiera tener el honor de hablar en el ágora de una ciudad-estado griega, era necesario que antes formara en las filas de sus falanges. O en otras palabras, para ser un ciudadano cabal había que ser, también, un soldado.

Fiel a las modas que venían de Europa, nuestro país adoptó el sistema del servicio militar obligatorio. Lo hizo en el marco de una importante reforma militar que pretendió, y logró, colocar nuestras fuerzas militares a la altura de las más avanzadas del mundo. Con su implementación, Roca y los dirigentes de su generación buscaron consolidar la unidad nacional y darle cierta cohesión social a nuestra sociedad, ante el importante flujo inmigratorio que llegaba a nuestras tierras.

Posteriormente, en la década del 90, tras un lamentable caso de abuso de autoridad, que derivó en la muerte del soldado Omar Carrasco, el entonces presidente Carlos Menem decidió la suspensión, pero no la derogación, de la antigua ley y puso en funcionamiento, en su lugar, la modalidad del servicio militar voluntario.

Un debate insólito

Como vemos, es mucha el agua que ha corrido bajo los puentes. Por eso nos llama la atención el inesperado debate parlamentario que busca derogar la posibilidad de que el Presidente de la Nación convoque a la conscripción obligatoria, tal como lo posibilita la actual legislación.

Concretamente, hay tres proyectos derogatorios: uno propuesto por Héctor Recalde, jefe del bloque del Frente para la Victoria; otro de la socialista Alicia Ciciliani y un tercero, de un macrista despistado, el pampeano Martín Maquiey.

Nos resulta extraño que estos proyectos se traten en el seno de la Comisión de Defensa de la Cámara de Diputados que hoy preside Nilda Garré, quien en su rol de ministra de Defensa del kirchnerismo tuvo amplias posibilidades de modificar las condiciones de este servicio y no lo hizo.

Igualmente, es insólito desde el punto de vista del Derecho Constitucional, si tenemos en cuenta que el artículo 21 de nuestra Carta Magna obliga a los ciudadanos a armarse en defensa de la patria y de esa misma Constitución. Por lo que los proyectos de marras le pondrían límites inaceptables al Presidente de la Nación en su carácter de Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas.

También es muy chocante, en cuanto que el actual sistema parece funcionar relativamente bien, dadas sus ventajas técnico-militares, ya que permite educar y entrenar mejor a un soldado raso frente a la complejidad creciente de los sistemas de armas que debe operar. Situación que no es compatible con un adiestramiento que pueda reducirse a unas pocas semanas, como es la norma en los sistemas de reclutamiento obligatorio.

Pero, además, es inoportuno cuando no son pocos los que hoy añoran las ventajas del viejo sistema del servicio militar obligatorio. Claro, ya no se habla de incluir a la oleada de inmigrantes que bajan de los barcos en el puerto de Buenos Aires. Se menciona la necesidad de contener a la juventud para que no caiga en los flagelos de la droga y la delincuencia.

Sistema con efectos benéficos

Antes de continuar, habría que reafirmar que volver totalmente al antiguo sistema, dejando de lado en el camino lo que se ha mejorado con el actual, no sería lógico ni económico, pues hacerlo sería, a todas luces, un retroceso.

Pero tampoco podemos, en aras de un profesionalismo militar, quedarnos al margen de las actuales necesidades del país, tal como sería la exigencia de darle contención –sanitaria, educativa y formativa– a un creciente número de los denominados ‘Ni-Ni’. Iniciativa que bien podría complementarse con un ‘servicio cívico voluntario’ en escuelas de artes y oficios, en las que ellos podrían adquirir conocimientos tendientes a una salida laboral.

En síntesis, creemos que un sistema mixto –voluntario y obligatorio– completaría al actual sistema en un punto importante, que es la formación de reservas, ya que hoy tal función no existe. Por otra parte, se podrían recuperar efectos benéficos colaterales, al menos parcialmente, del sistema del obligatorio, tales como practicar una revisación médica, con vacunación incluida, a una parte importante de nuestra población.

Aunque hay voces que han alertado en el sentido de que los cuarteles no son reformatorios. Es la experiencia y el conocimiento que tengo de otras fuerzas armadas del mundo lo que me lleva a concluir que todas ellas, aún las de los países más organizados, reclutan a sus integrantes entre las clases más desposeídas de sus respectivas sociedades.

En este último sentido, creemos que el viejo sistema nos podría ser de gran utilidad para combatir las deficiencias que plantea la dolorosa brecha de la pobreza. Pues estamos convencidos, además, de estar probado que muchos de los jóvenes que sufren este flagelo lograrían integrarse a lo que Pedro Calderón de la Barca catalogara como “una religión de hombres honrados”.

El Doctor Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.

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