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julio 7, 2016 1:12 pm

“Desde el inicio de los tiempos, el cabello ha estado rodeado de simbolismos. Como emblema de belleza, según la época; en forma de pelucas, como símbolo de status; largo, como sinónimo de fuerza o rapado en una plaza como humillación pública… En cada momento ha tenido más o menos influencia en la belleza, pero nunca ha estado ajeno o lejos de ella. Lo cierto es que un solo cabello guarda en su interior toda la carga genética de una persona, y también su historia”, dice Adriana Kozub, la artista mendocina que ha utilizado cabello humano para realizar el material de sus dos últimas muestras realizadas, ‘Sin pelos en la lengua’ y ‘Corte Carré’. Precisamente esta última llega al Espacio Contemporáneo de Arte el próximo viernes.

Adriana tiene la simpleza de los grandes. Recién llegada a la tierra que la vio nacer, viene de exponer en el Centro Cultural Borges, de Buenos Aires, con excelentes críticas de sus coterráneos. “Nací en General Alvear, viví en La Escandinava, donde me crié en la chacra de mis abuelos, y en Bowen, pero muy chica me fui a Buenos Aires”, comienza su relato la mujer que vivió hasta hace 20 años en nuestro país para después establecerse en México.

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Atesora su infancia en la casa de sus abuelos, en el Sur provincial, como uno de los momentos más lindos de su vida.
“Mis abuelos son ucranianos y gracias a las cartas que le escribía a mi abuela desde Buenos Aires aprendí un poco del idioma”, explica la artista que llega a Mendoza por primera vez con una muestra.

Ciudadana del mundo

Con respecto a su formación, Adriana repasa algo de su historia: “En Buenos Aires empecé con dibujo y pintura para después cambiar a teatro, pero entendí que no era lo mío. Insistí, pero no… lo último que hice fue con Alicia Bruzzo”. La charla nos lleva a un momento bisagra en su vida, de esos que nos marcan para siempre. “Hace 20 años viaje a México por diez días. Fui a hacer un comercial del agua de Coca Cola, Ciel, pero me encantó y me quedé…Volví dos años después a ordenar mi closet”, dice, y agrega: “Fui con una idea que no era mía con respecto a México, era la idea de otras personas que habían estado ahí pero no les había gustado. A mí, que me encanta el caos, el olor de los mercados, las señoras que hacen tortilla en la esquina y la gente que te abraza y que te dice salud cuando estornudás, me hizo sentir que no me podía ir de allí. A cada lugar que iba me encontraba con esa calidez y es como si te abrazaran a distancia, literalmente, y me dije ‘de acá soy’. Tenía 25 años en ese momento, así que llamé a mi casa y dije que no volvía”.

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“Durante esos años, cada vez que salía de México extrañaba, aunque también sentía melancolía por la Argentina. Pasé dos años llorando, pero después todo se acomodó y me pude quedar allá conectada con la Argentina, pero de otra manera, sin ansiedad y sin llanto”, resume Adriana, quien reconoce que los primeros años no fueron fáciles hasta que logró encontrar su equilibrio para hacer lo que ama en el lugar que la hace feliz.

El regreso al primer amor

“Cuando me fui a México había cambiado la pintura por la actuación, y ahí seguí estudiando con otros directores: hice series, algunas películas y sobre todo publicidades para pagar el alquiler, pero en el fondo yo no me sentía actriz. Si bien me gusta hacer las dos cosas (pintar y actuar), sentía que era algo que me estaba autoimponiendo”, explica, aunque reconoce que se siente mejor en el ámbito de las artes plásticas, por lo que comenzó a regresar de a poquito a la pintura de la manos de varios referentes mexicanos. “Empiezo con la pintura, específicamente con un pintor de la ruptura, luego tomo clases con otro y después con un tercero, y ahí me encaminé. No fue fácil pero sabía que era lo mío y que valía la pena el esfuerzo”, reflexiona. Quizás en ese entonces no avizoraba que ese esfuerzo por perseguir sus sueños la traería a su tierra acompañada de 22 cuadros.

El pelo como materia prima

Cuando la charla nos lleva a meternos de lleno en su obra, Adriana hace historia con su propia historia. “Siempre buscaba elementos que aportaran algo al cuadro. Por ejemplo, esta obra está hecha con cabello”, explica mostrando un cuadro que forma parte de la muestra ‘Corte Carré’. “De chiquita salía a caminar entre los surcos en La Escandinava y recolectaba cosas que encontraba, como latas de picadillo, tapitas, corchitos… Todo lo que encontraba lo juntaba, andaba descalza y dibujaba en la tierra. En México, empecé a hacer lo mismo en los mercados de antigüedades, porque también incursioné en el arte-objeto. Pasaron los años y llegó el cabello. De hecho, hay una serie anterior a la que voy a mostrar en Mendoza, que se llama ‘Sin pelos en la lengua’. Aunque me quiero deshacer del tema del cabello, no puedo, porque cada vez tiene más simbolismo, más significados universales”, indica con entusiasmo.

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Su obra anterior tenía como leitmotiv el hablar con franqueza y en los lienzos se podía ver retratos de personajes reconocidos mundialmente, como la princesa Diana de Gales, Martín Luther King, Luciano Pavarotti, John Lennon o Charles Chaplin, entre otros.

“El cabello tiene tantos significados… (por eso) propongo volver al origen de la simbología: el cabello como resistencia o como muestra de afecto. Pensemos en épocas en las que no existía la fotografía y hacerse un retrato era muy caro, se regalaba un mechón de pelo para que los recordaran… O podemos pensar en los guardapelos”, ejemplifica Kozub, agregando que “el cabello esta íntimamente relacionado con uno: muere en el momento de nacer pero nos acompaña, nos cuenta una historia, nos protege del frío, entre otras tantas cosas cotidianas”.

Corte carré

Adriana se define como muy impulsiva a la hora de crear pero también de vivir. “Racionalizo las cosas después”, dice, y esa frase se entiende cuando cuenta que un día, mientras atravesaba un mal momento personal, no sólo decidió cortar su cabello sino también guardarlo. “Dos años después entendí por qué lo había querido conservar”. Así, con cabello propio, nació su primera obra, y con cabello ajeno nació varios años después la segunda.

“Me llevo el pelo de las peluquerías y sé que las personas que dejaron ese cabello ahí no lo saben, pero yo si lo sé, y como lo sé, nace algo hacia esas persona también…”, explica la artista, y completa la frase asegurando que “la memoria y el afecto y esa vinculación que tenemos los seres humanos –seamos conscientes o no, hay lazos invisibles que se estrechan entre nosotros– hacen que la obra me dé la sensación de estar conectada con todas esas personas”.

Exodo interior

Una de las premisas de ‘Corte Carré’, la nueva serie de Adriana Kozub, está relacionada a reconstruir identidades a partir de la carga simbólica que le ha sido impuesta al cabello humano. “Los seres humanos, al igual que el cabello, somos resistentes, sólo que a veces estamos tan distraídos que lo olvidamos”, reflexiona.

Las obras que Adriana presenta el próximo viernes, a las 19, en el ECA, transforman el componente orgánico en rostros en construcción, personas sin nombre, figuras solitarias y masas anónimas donde todos tienen algo para decirnos de otros y de nosotros mismos.

“Con el cabello quiero evocar la vida, la mía y la de los demás, plantear preguntas al espectador sobre el rastro de la memoria y las decisiones que van trazando una identidad”, concluye.

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