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octubre 21, 2015 7:30 pm

Es cierto que una historia lleva a la otra, tan cierto como que meses atrás conocimos la labor de Carlos Corvalán, un instructor de la Fundación Internacional El Arte de Vivir, quien da cursos intensivos en el complejo penitenciario San Felipe. Corvalán nos contó acerca de un grupo al que habían premiado por su participación en una Feria de Ciencias.

Para conocer más, El Ciudadano fue hasta el complejo penitenciario a charlar con sus protagonistas.

Allí nos encontramos con la docente Gabriela Rossi, responsable del proyecto, y el presidente del Centro de Estudiantes, quien nos dio la bienvenida y acompañó en el último tramo del recorrido para llegar al aula donde el resto del grupo esperaba para compartir la charla.

Si bien la visita estuvo motivada por el reconocimiento obtenido a nivel nacional en Salta por su proyecto de Educación Emocional, la charla fluyó por muchos temas y, para concluir en algo seguro, la voluntad es importante pero las oportunidades son fundamentales.

La iniciativa premiada

El proyecto ‘Alas de libertad, educando nuestras emociones’ surgió de la educadora Rossi y los alumnos en la Unidad Penal San Felipe. El grupo del turno vespertino está conformado por 26 internos que trabajan de 7.30 a 16 y cursan la terminalidad educativa Primaria y Secundaria de 17 a 20. Es el mismo grupo que presentó su proyecto en ferias de Ciencias, Arte y Tecnología a nivel departamental, provincial y nacional, quedando dentro de los mejores 15 trabajos entre 500 presentados.

Esta idea, que tiene como objetivo generar espacios áulicos armónicos partiendo de la hipótesis de que es posible lograr en la escuela lugares de felicidad armónicos y que la educación emocional transforma positivamente las emociones.

El proyecto se enmarca en los propósitos de construcción de ciudadanía, basándose en la posibilidad de generar cambios para la convivencia desde la escuela.

Volver a empezar

“Los primeros días no se miraban a la cara, no hablaban con nadie, se llamaban por los sobrenombres, pero poco a poco empezaron a charlar sobre las causas de ser reincidentes, a mirarse a los ojos, a llamarse por sus nombres y a decirse lo que sentían. Y en ese sentir habían muchas emociones negativas, había bronca, odio, resentimiento, dolor, miedo, tristeza, impotencia. Para cambiar todo eso, había que crear un espacio de alegría, armonía y paz”, relató Gabriela y los alumnos asintieron con la cabeza.

La docente agregó algo fundamental para entender las bases del proyecto: “En este espacio podemos sentir que estamos en la calle, que somos libres, porque uno puede sentirse libre con las emociones positivas. Con el proyecto intentamos eso a través de todas las actividades”.

Son varios los docentes que apuestan a este espacio –algunos ad honorem–, y gracias a ese apoyo los alumnos han ido desarrollando distintas actividades, como realización de encuestas, creación de una obra de títeres, actividades solidarias entre pares, talleres artísticos y de biodanza y la creación del Centro de Estudiantes.

A través del Centro buscan mejorar sus condiciones como alumnos y planifican pintar un mural, parquizar espacios y lograr un mástil con bandera, “como en cualquier escuela”, afirmaron. También aprendieron a representar el Himno Nacional en lengua de señas: “Si alguna vez nos encontramos con alguien sordo en la calle vamos a poder comunicarnos; eso también es solidaridad”, explicaron los alumnos.

 “El pasado nos condena”

Todos son reincidentes, todos ya estuvieron allí, salieron y volvieron. Al charlar aparecen todas esas situaciones que encontraron cuando cumplieron su primera condena. “Nuestro pasado nos condena, acá hay culpables y también hay inocentes”, dijo uno de ellos, y otro de los internos agregó: “Por haber cometido un error en la vida, y al haber pisado acá, si salís y tenés una discusión afuera, por el sólo hecho de tener antecedentes te traen de vuelta. Es la realidad”, aseguraron.

“Cuando tuvimos la posibilidad de salir nos encontramos con miles de cosas, como falta de preparación y de oportunidades, discriminación, falta de trabajo, esposas que se cansan… A veces una manera de empezar es volver a lo malo que uno ya hizo. Cuando uno sale a buscar trabajo y la gente sabe que estuvo acá, simplemente no te dan trabajo porque les da miedo que uno les robe o que le haga algo”, resumieron, porque es una realidad compartida, tan compartida como las celdas donde conviven hasta nueve internos en un espacio que fue pensado para tres.

“Principalmente hay rechazo. Acá nos hablan de reinserción social pero para que eso se dé tienen que vernos primero como seres humanos”, cerró uno de los alumnos, que está más avanzado en sus estudios.

Cotidianas en San Felipe

La superpoblación en las cárceles es un hecho conocido por todos, pero muchas veces, es eso que les pasa a los que hicieron algo malo y automáticamente como sociedad lo olvidamos.

En la charla con los internos apareció la denuncia de hacinamiento y la falta de atención psicológica y de asistencia médica, además de temas básicos como días sin agua potable ni electricidad y falta de elementos de higiene y de protección en sus tareas laborales dentro del penal. Ellos mismos explicaron que quienes trabajan en reciclado no tienen guantes para manipular la basura.

También relataron que pueden estudiar y hacer sus tareas gracias a los útiles que la docente les lleva y que, en muchas oportunidades, son requisados por considerarlos peligrosos.

Proyecto a futuro

“Para cuando este grupo salga, queremos crear un lugar donde estén un tiempo antes de volver a su casa, con ayuda psicológica y médica. La idea es que dos o tres empresas se comprometan a darles trabajo para que cuando ellos salgan, haya mucha gente que los quiera ayudar. Que cada uno aporte desde donde puede, para que sea un espacio de contención para los que no están listos para llegar a su casa y, además, para empezar a reinsertarse en la sociedad a través de una cooperativa o una ONG. Ellos también se comprometen a dar capacitaciones de todo lo que saben a otras personas”, agregaron.

“Sabemos que hemos cometido errores, pedimos perdón y tenemos derecho a cambiar”, es su frase para cerrar esta nota.

Por Rebeca Rodríguez Viñolo – Diario El Ciudadano on line

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