alma

junio 16, 2016 10:28 am

“Gracias a usted y su equipo puedo disfrutarlos todos los días”, es el mensaje corto pero poderoso, acompañado de una imagen de Tiano y Bautista, de seis meses de edad y gozando de muy buena salud, escrito por Pamela, la mamá de los niños.

Son los gemelos que allá por diciembre de 2015 llegaron a un hospital ubicado en Guaymallén de madrugada, a los que la doctora Alma Phillips atendió en Neonatología durante tres meses junto a su equipo.

“Nos derivaron a los dos chiquitos que habían nacido en otra clínica privada, donde no tenían alta complejidad. Eran prematuros extremos de 24 semanas de gestación”, dice Alma, y explica que hay más posibilidades de supervivencia de un niño a partir de las 24 semanas y con un peso mínimo de 500 gramos.

“Los gemelos pesaron 700 y 800 gramos y estuvieron tres meses con nosotros. Dentro de todas las complicaciones que podrían haber pasado las suyas no fueron tantas, pero si esperables. Los dos estuvieron bastante tiempo en respirador, pero uno de ellos hizo una hemorragia pulmonar muy importante y una hemorragia cerebral, pero después con todos los controles y el tratamiento pudo salir”, dice la médica con una sonrisa enorme, mientras nos muestra las fotos de los gemelos que sortearon todas las dificultades.

La vida en neo

Alma empezó a estudiar Medicina con la idea de ser neonatóloga cuando su hijo mayor tenía 2 años y terminó su carrera con tres hijos. “No fue fácil ni para ellos ni para mí”, dice mientras recuerda los libros de medicina en la mesa junto a las tareas de sus hijos. Aún así, y al no contar en Mendoza con la posibilidad de especializarse en lo que quería, hizo la residencia en Pediatría, ejerció como pediatra y aprendió mucho de los demás colegas.

Años después llegó la posibilidad de formarse en Buenos Aires. “Trabajé como pediatra en varios lugares haciendo recepciones y formándome, hasta que tuve la posibilidad de especializarme en Neonatología en el Hospital Italiano, de Buenos Aires. Allí me quedé seis años y volví a Mendoza en el 2012 a empezar de nuevo”, relata quien hoy es la jefa del servicio y también se desempeña en otros efectores públicos de salud.

Un equipo de amor

La historia de Tiano y Bautista conmovió a propios y ajenos, pero no es la única. Mientras charlamos, a pocos metros se escucha un llanto suavecito que viene de la sala de Neo donde estuvieron los dos primeros prematuros que recibió el servicio, donde hoy seis pequeños ponen toda la garra para crecer, mejorar y engordar ante la espera atenta de sus padres.

“Lo bueno de este lugar es que los papás tienen entada libre en la terapia y pueden venir a cualquier hora, porque eso es lo mejor para el bebé, ya que engorda y se cura mas rápido. Otra cosa que usamos es el método de la ‘mamá canguro’, donde a un bebito de 900 o 1.000 gramos –aunque esté con respirador– la mamá lo puede sacar y ponérselo en el pecho y la diferencia en la respuesta que tenés es increíble”, relata Alma, quien reconoce además la importancia del trabajo en conjunto.

“Con estos bebés tan chiquititos, principalmente es un trabajo en equipo y los enfermeros tienen muchísimo que ver, porque ellos son los que están pendientes al lado del paciente. Por más que en el sector seamos dos o tres médicos, cada paciente tiene una enfermera, y el médico es uno sólo; entonces se puede perder detalles que son muy importantes y por eso la comunicación en el equipo es fundamental”, explica la profesional, y asegura que hablar claro con los padres de los pacientes es importante, porque en bebés tan pequeños el proceso de evolución o involución es rapidísimo y en horas puede tener un desenlace fatal.

Pasión las 24 horas

“Otra cosa muy importante es el vínculo que se genera con los padres, y aunque a veces uno trate de mantener un poco de distancia, como si fuera una autoprotección, es imposible”, dice, y en este punto se emociona: “Ahora mismo tenemos un paciente que nació acá de 24 semanas y pesó 700 gramos, y ahora tiene 36 semanas y pesa casi un kilo 700 gramos”.

“Hemos tenido varios prematuros y gracias a Dios nos ha ido bien con todos”, dice orgullosa mientras asegura que incluso con sus pequeños pacientes es imposible no involucrarse desde la emoción o la tristeza. “En el momento hacés todo lo que tenés que hacer, pero la angustia que te genera no hay años de experiencias ni nada que te la saque, porque por más que nos vean actuar rápido en las urgencias y que no nos pasa nada, salís de acá, te vas a tu casa y seguís pensando o llamando para saber como están los pacientes”, resume la médica, quien aún mantiene contacto con padres de sus pacientes, con aquellos a los que las cosas salieron bien y también con algunos que perdieron a sus hijos. “La gente es muy agradecida más allá de todo, porque sabe que uno pone todo”, asegura.

Si bien esta historia tiene como punto de partida un final feliz, sabemos que los pasillos de los hospitales saben de esperas y también de momentos durísimos. “Hay muchos momentos tristes también, sobre todo cuando ves que un bebé se está muriendo y ya usaste todos los recursos y no hay nada más por hacer. Ves que no responde y sabés que se va a morir, pero no sentís impotencia: sentís dolor y tenés que comunicárselo a los padres, acompañarlos en ese momento y además ser fuerte… A veces quisiera ser un poco más fuerte pero no me sale”, confiesa, y confía que es muy difícil aún cuando saben de la complejidad o el mal pronóstico desde el embarazo. “A los que dicen que los médicos se acostumbran a esas cosas, te digo que no, que uno nunca se acostumbra”, asegura Alma.

Vocación versus sistema

Alma tiene tres hijos adultos y siempre pensó que ninguno de ellos se iba a inclinar por la medicina, pero el año pasado su hijo menor de 21 años, luego de haber empezado exitosamente su carrera de Educación Física le planteó la vocación de ser médico. Si bien es un orgullo para ella, Alma no puede dejar de pensar en lo complicado que es para muchos profesionales de la salud llevar delante ese amor por la medicina.

“Me hubiese gustado que el sistema sea distinto. No me refiero a la tecnología, porque están los aparatos, pero como médico uno no se siente reconocido por el sistema. Los médicos estamos agotados, tenés que trabajar muchas horas y en muchos lugares para vivir y no es lo que corresponde por la formación, la responsabilidad y las horas de trabajo que uno tiene. No corresponde que tengás que estar más de 24 horas trabajando, y yo veo que a este país le falta mucho para lograr que el sistema que te reconozca, reflexiona, y agrega: “Yo viví un tiempo en Canadá, y si bien estamos igual en cuanto a formación y tecnología, allá un médico trabaja ocho horas, es decir, tenés tres médicos en un día… Acá hacés entre 24 y 36 horas de guardia y a veces después te vas a trabajar a otro lado. Entonces, eso es lo que me preocupa del sistema de salud… la falta de reconocimiento hacia la responsabilidad que uno tiene”, finaliza.

Vaya en esta historia un reconocimiento a todos los profesionales de la salud que, mientras estamos ocupados con nuestras cosas, están salvando vidas.

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