Amanda

julio 27, 2016 1:14 pm

Amanda Gómez empezó a trabajar como secretaria en consultorios médicos cuando tenía apenas 14 años. Ahí surgió su vocación relacionada con el ámbito de la salud. “Siempre me gusto el área de la Medicina, y cuando era jovencita me gustaba la Obstetricia, pero en esa época tenías que recibirte de médico y después hacer un post y así eras obstetra.

En ese momento estaba de novia, eran muchos años de estudio y me achiqué. A veces, la inmadurez hace que uno no le de la importancia que tiene”, explicó Amanda, quien se casó muy joven e inmediatamente se abocó a su familia.

“Le di mucha prioridad a la maternidad, a mis cuatro hijas; no trabajé y no digo que esté bien o que haya sido una súper madre. Creo que todo tiene su equilibrio”, aseguró la entrevistada en la Maternidad del Hospital Carrillo.

Una materia pendiente

Para Amanda, estudiar era una materia pendiente y ella internamente lo sabía. “Estudiar estaba dentro de mi corazón; el tiempo había pasado, mis hijas se habían hecho grandes y me di cuenta de que estaba viviendo la vida de ellas. Estaba muy pendiente y no me daba cuenta que eso no estaba bien, que no era saludable ni para ellas ni para mí, porque me había postergado en muchos aspectos, incluso hasta física y estéticamente. Siempre les decía a mis hijas que cuando fuera tiempo de oferta educativa íbamos a ir”.

Pasaron algunos años y un día de viento Zonda, Amanda llegó con todos sus miedos a la feria donde se accede a la información sobre las carreras terciarias y universitarias de la provincia.

Allí, el Instituto de Educación Superior de la Patria Grande la conectó con su sueño. “Señora, ¿no quiere retomar sus estudios?” fue la frase que la acercó al stand, seguida de un “¿por qué no?”. Dos preguntas que cambiaron su vida, 35 años después de salir de la Secundaria.

Del sentir al hacer

Luego de un mal momento familiar que la tenía deprimida, un amigo de la casa la llevó hasta un instituto, pero encontró que las inscripciones no sólo habían cerrado, sino que el preuniversitario ya estaba en marcha. Pero el destino y la excelente predisposición de una preceptora –llamada Marifé– hicieron que al día siguiente la futura enfermera estaba dando el puntapié inicial en uno de los más grandes desafíos de su vida.

“Las posibilidades también se abren a través de las personas, entonces empecé el pre al día siguiente. Yo miraba y todo me parecía escrito en chino; les pedí a los profesores que me ayudaran a desenvolverme bien. Me había olvidado de cómo volcar las ideas en el papel después de tantos años y ellos me ayudaron muchísimo, por eso rendí y entré. Empecé a cursar la carrera y eso me cambió la vida”, explicó Amanda, quien no sólo se ganó el cariño de sus compañeros, sino también el de sus profes.

“Me convertí un poco en la mamá de mis compañeros, me eligieron delegada del curso y yo sentía que era inmerecido”, explica, reconociendo que tenía muchos miedos a la hora de empezar esta nueva etapa.

Pero después de ese comienzo tenía que contarle a su familia que ya era una decisión tomada y que a partir de ese momento las prioridades iban a cambiar y, de hecho, cambiaron.

“En mi casa todo giraba alrededor mío, yo hacía todo. Pero cuando les dije a todos que empezaba a estudiar me brindaron su apoyo. De no haber sido por mi familia, especialmente por Reinaldo –mi marido– no hubiese podido lograrlo”, relató. “Fue toda una revolución. Siempre digo que Dios me había puesto un motor acompañado de mucha responsabilidad y eso me impulsaba”, agregó, demostrando que pudo ganarle a todos sus miedos.

Seguir en carrera

Esta madre y abuela tuvo que estudiar tres o cuatro veces más que sus compañeros para poder estar en el mismo nivel, ya que por más de 30 años no había tocado un libro, pero gracias a esos mismos compañeros, sus profesores y todo el grupo humano del instituto se recibió en tiempo y forma.

Así, algo que años atrás veía lejos se hizo realidad y la impulsó a seguir. “De los 25 que éramos nos recibimos diez, terminé y sabía que podía seguir la Licenciatura en Enfermería. Ya tenía un ritmo de aprendizaje y le había agarrado el gustito a estudiar”, por lo que cuando su familia pensaba que iban a volver los cuadros, que durante tres años fueron afiches con definiciones en sus paredes, Amanda les planteó a sus seres queridos la posibilidad de estrenar su título de enfermera profesional cursando la licenciatura en la Universidad del Aconcagua.

“Mi marido no tenía un buen trabajo, pero yo le brindaba cuidados mínimos de enfermería a una señora cerca de casa; lo que ella me pagaba era muy poquito, pero me alcanzaba para pagar la cuota de la facultad y para los primeros libros. Además yo le daba una mano con las cosas de la casa: a veces lavaba el baño, limpiaba o barría la vereda, y cuando lo hacía me repetía una frase: ‘Si en lo poco me eres fiel sobre mucho te pondré’. Hoy, tiempo después, paso por esa vereda barrida y pienso –sin olvidarme de dónde he salido– sobre mi origen. Yo vengo de cuna pobre y no me olvido de mis valores”, asegura Amanda.

Poner en práctica

Meses después de iniciar la licenciatura, se habilitaron las internaciones en el Hospital Carrillo y allá fue Amanda con un currículum de técnica recién recibida, pero llena de ganas, voluntad y, sobre todo, amor.

“Yo soy grande y no tengo experiencia”, le dijo al doctor Lobato, director del hospital, a lo que éste respondió: “No te he pedido la experiencia, además veo cosas en vos que otros con mucha experiencia no tienen”.

Lo cierto es que rindió con 10 el examen de ingreso al hospital, pasó por todas las instancias de evaluación profesional y personal y obtuvo la licenciatura.

Este año volvió al instituto donde empezó a cambiar su vida, pero ahora como profesora de Salud Pública. “Ese es el broche de oro, poder dar clases en el lugar donde me formé, al que amo con todo mi corazón… Todo esto no lo logré sola, Dios me puso ángeles al lado”, dijo, y con ello se refirió a su familia, sus compañeros de estudios –tanto de la tecnicatura como de la licenciatura–, a sus compañeros y jefes en el hospital y, por supuesto, a cada una de las personas que, frente a su decisión de volver a estudiar a los 50 no le preguntaron “¿para qué?”, sino que le dijeron “¡vos podés!”.

“La vida pasa más rápido de lo que uno cree y depende del momento en que uno la mire y cómo la ve. Cuando sos joven creés que tenés todo el tiempo por delante para hacer todo; ahora, cuando sos más grande querés hacer todo rápido, porque sabés que el tiempo es más corto”, cerró con cierta sabiduría Amanda.

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