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junio 3, 2016 9:59 am

No han sido pocos los analistas que han señalado grandes paralelismos entre la situación que precedió al estallido de la Gran Guerra con los años que corren. Por ejemplo, el profesor británico de la Universidad de Cambridge, Christopher Clark, en su libro The Sleepwalkers (Los Sonámbulos) sostiene que “el mundo en el cual vivimos ahora se está volviendo muy parecido al de 1914″.

Trae en apoyo de su tesis importantes argumentos. El primero es que muchos países, incluido el suyo, tienen políticas exteriores alejadas de la realidad e infectadas por el germen de hubris (es la enfermedad del poder y de los que creen saberlo todo).

Por ejemplo, cita a los reclamos chinos por islas en el Mar del Sur de China que se complementan con las necias reacciones de europeos y norteamericanos. Lo mismo opina de la anexión rusa de partes del territorio ucraniano.

Agrega que otra coincidencia preocupante con 1914 es que los decisores políticos y estratégicos están tomando sus decisiones en base a paradigmas superados. En aquel año, ese paradigma era el de la sucesión dinástica, especialmente en las casas reinantes de los Habsburgo con la de los Romanov y la de los Hohenzollerns, cuando las ideas en boga se orientaban a darle prioridad a la soberanía popular. Para colmo de males, esas dinastías al combatirse entre sí, en lugar de unirse contra una concepción que les negaba su legitimidad, no hicieron más que favorecer su derrota y su desaparición.

Hoy, el paradigma obsoleto es el de la competencia entre estados, cuando el nuevo indica que los verdaderos enemigos de todos ellos son las entidades no estatales, como el terrorismo y el crimen organizado y el narcotráfico.

Como no podía ser de otra manera, antes de que estallara el conflicto hubo quienes advirtieron del curso de colisión de la política europea. Probablemente, los más conocidos fueron los libros de Ivan Bloch, La Guerra Futura, de 1898, y de Norman Angell, La Gran Ilusión, de 1909.

Pero, en realidad, ese mérito hay que atribuírselo al ministro del Interior ruso Pyotr Nikolaevich Durnovo, quien en un memorándum al Zar de todas las Rusias le advirtió –claramente– de las graves consecuencias para Rusia si ella mantenía su alianza con Francia contra Alemania.

En su documento, Durnovo decía que el problema europeo central era la rivalidad entre Alemania y Gran Bretaña, lo que, agregaba, bien podía llevar a toda Europa a una guerra. Con Rusia, Francia e Inglaterra, por un lado, y Alemania, Austria y Turquía, por el otro, Italia –opinaba– más probablemente se uniría a los primeros, al igual que Serbia y Montenegro y Bulgaria.

La principal preocupación de Durnovo era que, siendo Inglaterra incapaz de lanzar una gran ofensiva en el continente y con una Francia confinada a la defensa de su territorio, el peso inicial del ataque alemán se dirigiría contra la mal preparada Rusia.

Proféticamente, sostuvo que una derrota militar rusa conduciría, inevitablemente, a una caída de la monarquía y al surgimiento de una revolución de carácter jacobino.

Los acontecimientos le dieron la razón a Durnovo. Rusia, como sabemos, fue rápidamente derrotada por Alemania en la batalla de los Lagos Masurianos y en forma inmediata estalló la Revolución Bolchevique de 1917 que terminó con la dinastía Romanov.

Volvamos al 2016

La obvia confrontación potencial actual se da entre los EE.UU. y China y su lugar de libramiento es la Cuenca del Pacífico. Los posibles aliados son, del primero: Japón, Corea de Sur, Filipinas, Vietnam del Sur y la India. Todos ellos con diferentes niveles de confrontación con China en ocasión de distintas disputas territoriales en el Mar del Sur de China. Por su parte, la alianza de la segunda podría incluir a Corea del Norte y, eventualmente, a Pakistán y a Irán.

El rol de Rusia no resulta claro, pues aunque podría presuponerse su natural alianza con China, esto no es tan seguro, ya que no han sido pocos los problemas entre ambos países en el pasado.

A Europa sería lógico ubicarla como una aliada natural de los EE.UU., aunque no le faltarían razones para adoptar una postura neutral, dados los graves problemas internos que afronta.

Al momento, el enfrentamiento es sólo potencial y se viene materializando, por un lado, por el incesante crecimiento militar, especialmente naval, chino. Y, por el otro, por la estrategia “del pivote” norteamericana, que cambió su centro de gravedad del Océano Atlántico hacia el Pacífico, precisamente, para contener ese crecimiento.

Por otro lado, no son pocos los lazos pacíficos de cooperación entre ambas potencias rivales. Por ejemplo, se sabe que el principal tenedor global de bonos del Tesoro de los EE.UU. es China, aunque algunos argumentan que ésta, también, llegado el momento, podría ser un arma de guerra económica.

Tampoco se pueden desconocer las agresivas acciones de espionaje y de ciberguerra que diariamente libra China contra su rival norteamericano. Ni las demostraciones de poder de los segundos tras cada incidente en el Mar del Sur de China en apoyo de sus varios aliados regionales.

Si la situación, eventualmente, llegará al río lo desconocemos y es muy difícil predecirlo. Tampoco sabemos, aunque esperamos, que haya varios Durnovo –de un lado y de otro– alertando a sus respectivos decisores políticos y estratégicos sobre las terribles consecuencias que acarrearía una confrontación de esta magnitud. Pero lo cierto es que el mundo se encuentra (en lo que hace a los conflictos armados entre países) en un estado de aparente tranquilidad, viviendo –por otro lado– una carrera armamentista que genera una profunda inestabilidad futura.

Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.

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