alumnos escuela argentina

septiembre 5, 2016 6:10 pm

El país sucumbido en delicados problemas económicos, financieros y sociales muestra también el grave deterioro educativo. Algo que nos indica que a la Argentina le será mucho más difícil alcanzar el horizonte del necesario y merecido crecimiento que necesitan sus habitantes.

Un reciente informe evaluativo de esta parte del continente sudamericano ha colocado a nuestro país en materia educativa, como “uno de los más bajos rendimientos del mundo”.

Según el estudio que realizó el programa internacional para la evaluación de estudiantes y sistemas educativos, PISA, el desempeño escolar de la región (en especial Argentina) es de cinco años menor que el de alumnos chinos.

La lapidaria apreciación del trabajo que fue elaborado por quienes fueron presidentes y ministros de educación de diferentes países iberoamericanos concluyó que “un alumno argentino de 17 años solo alcanza un nivel de aprendizaje equivalente al de un niño chino de 12  años”.

El informe internacional deja en la golpeada realidad de nuestro país una clara muestra de donde fuimos capaces  de ir e incapaces de retornar. Porque así, como la educación con altos niveles de excelencia educativa, exhibe crecimiento, bajos niveles de pobreza y casi nulas desigualdades en los habitantes de una nación. La otra educación, esa que lamentablemente ha sido desarticulada de la vida de los argentinos hace notar que los últimos 25 años no hubo aquí gobiernos que apliquen políticas de estado que fortalezcan el sistema educativo. Es decir, que no hubo la más mínima intención de planificar la grandeza de Argentina a partir de la educación.

El sistema educativo argentino ha sido el reservorio de ensayos de programas que solo sirvieron para atrasar a sus ciudadanos intencionalmente. Para las prebendas políticas que implicaron los planes de recuperar jóvenes de la calle, a cambio de una paga mensual. Algo que no tuvo el seguimiento adecuado, porque no había la más mínima intención de alcanzar el “buen objetivo primigenio”. Era solo tener fervientes votantes que concurrían por ratos a las escuelas nocturnas para que le dieran una certificación, mientras fumaban “porros de marihuana” y se dedicaban a “patotear” a los pocos conscientes que aprovechaban esa única posibilidad de un sistema que en su momento los había excluido.

El informe PISA le dice a nuestro país que hay fuertes deudas con el sistema educativo que se deben corregir, porque es “destacable las diferencias educacionales entre estudiantes ricos y pobres”. Que el aprendizaje es en extremo bajo y desigual, porque nuestros niños y jóvenes no están aprendiendo a niveles aceptables. Para el organismo internacional somos el ejemplo latinoamericano de la desigualdad del rendimiento educativo. Al respecto, el organismo internacional analizó lo que ocurre en diferentes regiones argentinas, como la de Cuyo, donde el desempeño de alumnos de aquí fue por debajo del promedio nacional de matemáticas, lectura y ciencia del PISA 2012. Todo esto deja claro que la cuestión se agrava aún más por aspectos económicos y sociales entre las regiones que componen nuestro país.

Aún en este estado la educación le sigue enseñando al país. Mostrándole graves aspectos que no se notan con claridad en otros sectores de la vida argentina: “aumento de la desnutrición infantil y el compromiso intelectual de por vida que ello implica; crecimiento de la violenta inseguridad, del consumo de droga, de la mortal desaparición de la familia y sus valores”. Pero también la educación de la nación todavía tiene ese preciado elemento que lo mantiene vivo a pesar de todo: “sus docentes”. Trabajadores que mal pagos, difamados, golpeados y en establecimientos educacionales destruidos continúan entregando con suma responsabilidad esos conocimientos que pocos atienden y entienden.

Pensadores y mandatarios iberoamericanos que confeccionaron el informe PISA, le expresaron a nuestro país sobre la necesidad de un “pacto social ya que las reformas que se necesitan no son sencillas. Porque las mismas requieren recursos y compromiso en el tiempo”. Sentenciaron que “el cambio del sistema educativo argentino difícilmente sea lineal, debe haber espacio para ensayo y error. Donde no debe imponerse de manera autoritaria y verticalista. Porque precisa altos niveles de consenso y participación social, incluidos los propios educadores”.

Después de todo esto, la ciudadanía debería preguntarse si esta evaluación y este informe se hubiera hecho hacen 25 años atrás, ¿los gobiernos que pasaron habrían aplicado necesarios correctivos con necesarias políticas de estado en materia educativa?. Remitiéndose a todo lo que le ha sucedido a la nación y lo que le mostraron al país, la respuesta es sencillamente ¡NO!. A lo que inmediatamente  la gente se debería preguntar: ¿lo hará el gobierno actual? Las respuestas no deberían tardar en aparecer ante el inamisible crecimiento de esa brecha que nos dice cuanto hemos abandonado la idea de educar y ser educados.

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