Voley

julio 27, 2015 5:06 pm

Estarán los fundamentalistas de los números que examinarán fríamente el medallero obtenido en Toronto por la delegación argentina y lo compararán lapidariamente con el de Guadalajara. Entonces las veintiuna doradas conseguidas en México deberían hablar de una merma deportiva contra las quince preseas de oro cosechadas en la ciudad canadiense. Pero en el polideportivo, en un certamen ecuménico de las características de un Juego Panamericano, la matemática no cierra un dos más dos y las quimeras son moneda de cambio y una lógica posible.

En Toronto ratificaron su lugar, clásicos del podio como el canotaje , la vela, Germán Lauro con lanzamiento de bala y el hockey sobre césped y aparecieron otros como el beach vóley, la equitación, Germán Chiaraviglio con salto con pértiga y la natación, con excelentes registros y marcas superadas.

Los seleccionados masculino y femenino de handball, hicieron honor a sus seudónimos y pusieron garra como los gladiadores que son, hasta el último minuto de juego. El vóley masculino se transformó en la vedette de las expectativas nacionales, al convertirse en la última posibilidad de medalla concretada y con el regocijo de que nuestro himno sea el que se fusiona con la postrimería de la ilusión y suene muy profundamente mientras se enarbola la celeste y blanca.

Es verdad que algunas de las medallas doradas que vuelven a nuestro país no integran el programa olímpico, como las de karate logradas por Julián Pinzás y Miguel Amargós. Sin embargo, el trabajo desarrollado y el apoyo del Ente Nacional de Alto Rendimiento Deportivo (ENARD) pone de manifiesto a todas las disciplinas y las posiciona mundialmente, aún aquellas que no se disputarán el año próximo en suelo carioca.

En muchos deportes, se sacó un pasaje inestimable para Río de Janeiro. Las veintinueve plateadas y treinta y ún de bronce, tienen un significado que excede las cifras de una placa y se consolidan en una labor constante que no tiene resultado inmediato pero que, como todo lo que se consigue con esfuerzo, tiene un sabor y un eco infinito en el alma…”sean eternos los laureles que supimos conseguir”.

Por Gabriel Landart

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