agosto 21, 2015 8:51 am

Los males nunca vienen solos, en Brasil, la crisis no es simplemente económica. No se trata de un descontento social más. Lo que está aconteciendo es, en realidad, la caída estrepitosa de un modelo que no se ha resignado al paso del tiempo, que ha pretendido perdurar más allá de sus posibilidades y de la tolerancia popular. Algo parecido está ocurriendo en varios países de la Región.

Instituciones que todavía funcionan

A Rousseff, esto le está ocurriendo a sólo ocho meses de haber asumido su segundo mandato, el 1 de enero de este año. Las elecciones habían sido en octubre del 2014. Hay que entender que las causas de corrupción venían persiguiendo a la Presidente desde hace mucho tiempo, pero la estrepitosa caída de la Bolsa y el reciente anuncio del propio Banco Central, sobre que Brasil entró técnicamente en default técnico, está acelerando un deterioro que parece irreversible.
A pesar de la rápida y expeditiva actuación de la Justicia, las protestas no se detienen. Esta semana que pasó, millones de brasileños salieron a la calle a manifestar su descontento con el gobierno de Dilma Rousseff (PT). Lo que llamó la atención es que los carteles y pancartas no sólo mostraban rostros de políticos brasileños.
Más allá de estos graves problemas, bueno es reconocer que en el Brasil, las instituciones todavía gozan de una salud aceptable. Una Justicia que funciona y que hace que burócratas del poder estén detenidos cumpliendo condena o a la espera de ser juzgados por delitos relacionados, principalmente, con la corrupción; y un Parlamento que, aunque con alguna dificultad, todavía ejerce como tal, porque propone y discute y es escuchado con atención por el Poder Ejecutivo.
A pesar del poco tiempo transcurrido, los brasileños ya están pensando en el reemplazo presidencial y muchas encuestadoras están sondeando hacia dónde se vuelca la preferencia de la gente en relación a sus posibles sucesores.
La crisis actual no es fácil de entender para un observador externo porque no todo es blanco o negro. La mayoría de los manifestantes –decía esta semana un editorial de el Folha de Sao Paulo–, rechaza al presidente del senado, Renan Calheiros (PMDB-AL), y al vicepresidente de la República, Michel Temer (PMDB), que están en la lista sucesoria de la Presidente, para el caso que sufra un “impeachment” (juicio político). El presidente de la Cámara de Diputados (PMBB-RJ), Eduardo Cunha, también en la sucesión detrás de Temer, tiene asimismo un fuerte rechazo aunque no es impugnado por la mayoría.
La actuación de Temer es considerada mala o pésima por el 68% de los asistentes a las manifestaciones, y aún peor es la consideración hacia Renan Calheiros, que llega al 79%. Es notoria la diferencia con Eduardo Cunha, que midió un rechazo entre malo o pésimo del 43% de los entrevistados. Estas aparentes contradicciones nos hablan de un desgaste que va más allá del gobierno del Partido de los Trabajadores (PT). La gente está pidiendo mucho más que un cambio de nombres. Lo que están reclamando los brasileños es un cambio de rumbo y de modelo. Y, como siempre, interpretar el anhelo del pueblo no es un ejercicio lineal.

Lo que queda después del tsunami
Todo se multiplica en nuestra Región. Ese juego de espejos que se repite cada tanto tiempo, donde lo que ocurre en un país se replica en los otros y viceversa. Una inmensa y destructiva ola populista que ha inundado las playas de América del Sur y, aparentemente, está a punto de retirarse, dejando tras de sí una suerte de devastación política, económica y social.
En lo político, está quedando un harapiento y maltrecho Mercosur. Un proceso de integración al que habrá que imprimirle un nuevo entusiasmo, seguramente no basado ya en lo exclusivamente económico, sino en el más puro realismo estratégico. En el sentido de generar las condiciones políticas y sociales que impulsen y permitan una genuina y duradera integración.
Antes que forzar medidas económicas que, de antemano, sabemos que están condenadas al fracaso, deberemos diseñar y edificar las condiciones que hagan que lo económico surja luego de manera más natural y convincente.
En lo económico, los heterogéneos populismos regionales han sido responsables de una formidable e histórica pérdida de oportunidades. Se ha desperdiciado más de una década de bonanza, con precios de los commodities que difícilmente se repitan. Es cierto que se dio ayuda a los desposeídos, pero en muchos casos se practicó asistencialismo clientelar que fomenta la corrupción, en vez de desarrollar infraestructura de todo tipo, promover la radicación de industrias y alentar la investigación y desarrollo.
En lo judicial, queda la deuda de poner de pie nuevamente a ese importante poder del Estado. La corrupción y el abuso de poder tal vez sea el daño más grave que le han hecho los populismos al tejido social y a la propia democracia.
Y en lo estrictamente social –que tanto tiene que ver con lo político–, las formidables brechas que produjeron la exacerbación ideológica y el fanatismo político, quizás sea la dolencia que más tardará en sanar.
En este balance de deudas, pérdidas y fracasos, contabilizamos un inestimable listado de objetivos y banderas que esos mismos autoproclamados “progresistas” pregonaban defender: la integración regional, la producción, la igualdad de derechos, la justicia social y la plena ocupación, están entre los más destacados. Tal vez asome prontamente una etapa sin tanta proclama pero con mejores logros de paz y prosperidad.

Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.

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