Brasil

marzo 25, 2016 10:00 am

Son muchas y diversas las informaciones que nos llegan sobre la compleja situación política que se está desarrollando en Brasil.

Al parecer, la ya complicada situación política se está deteriorando rápidamente, por lo que puede inferirse que nos encontramos próximos a un desenlace o, al menos, frente a acontecimientos importantes.

Si bien, el Brasil ya ha sufrido un proceso similar, en ocasión del juicio político al Presidente Fernando Collor de Mello en 1992. Este proceso tiene un actor que sin ser nuevo, cual es la presencia de grandes masas en las calles, posee, hoy, un protagonismo mucho mayor que en el de aquellos días. El que debe ser considerado, per se, como un factor que solo puede aportar mayor inestabilidad a una situación ya de por sí inestable.

En aquella oportunidad el Presidente Collor, intentó movilizar a la opinión pública en su favor; pero no pudo lograrlo. Pese a sus denuncias de que estaba siendo objeto de un golpe de Estado. Entonces, su juicio continuó por los carriles de la normalidad institucional, los que lo llevaron a su posterior destitución sin mayores complicaciones.

Collor, era -en ese sentido- un outsider de la política y alguien sin una gran estructura de apoyo por detrás que lo sostuviera. Por el contrario, la actual presidente del Brasil y, especialmente, su principal aliado político, el expresidente Lula da Silva, cuentan con los apoyos de los que Mello careció en su momento para lograr mantenerse en su puesto.

Llegado a este punto, es posible vislumbrar dos escenarios. El primero, es que, al igual que en el caso citado, se siga con la normalidad de los procesos institucionales y que la presidente sea, finalmente, sometida a los trámites del juicio político.

Los escenarios posibles

El segundo escenario, mucho más preocupante, es que los acusados busquen resistir, tanto las decisiones legislativas como las judiciales, mediante la convocatoria a movilizaciones populares en su apoyo y en contra de su remoción.

Si este fuera el caso, se nos presentan dos variantes en relación al éxito que ellos tuvieran en ganar el control de las calles. Obviamente, si este apoyo fuera escaso, este escenario iría perdiendo vigencia hasta encaminarse hacia el de la normalidad institucional. Tal como fue el caso ya citado de Collor.

Pero, si por el contrario, los políticos cuestionados obtuvieran alguna forma de apoyo significativo a nivel popular. Y al parecer tienen todos los mecanismos para lograrlo, la situación general tendería a complicarse notablemente.

Entre estas complicaciones habría que mencionar, en primer lugar, a la posible reacción de las fuerzas de seguridad y de las fuerzas armadas. Las que deberían optar por la obediencia a uno de los poderes del Estado, los que aparecerían no solo divididos, sino -también- enfrentados.

Y en segundo lugar, habría que tener en cuenta las adhesiones o rechazos que esta postura pudiera recibir desde los gobiernos de la región y de organismos internacionales. Especialmente, de mecanismos concretos para actuar en estos casos como lo es la “Carta Democrática” de la OEA y otros similares de los que dispone la UNASUR.

Las posibilidades de contagio

Si bien la Argentina vive una situación político-institucional muy distinta a la del Brasil, tampoco, pueden negarse las similitudes existentes. Para empezar, hay que reconocer que ambas naciones se encuentran carcomidas por la plaga de la corrupción desde hace varios años. Pero, para seguir, hay que admitir una diferencia; cual es una mayor independencia y calidad del sistema judicial brasileño por sobre el nuestro.

Sin embargo, no puede negarse que la imitación bien puede impulsar acá, también, una suerte de mani pulite local. En este sentido, no son pocas las conexiones materiales entre ambos circuitos de corrupción como lo son los vínculos de un exministros y de empresarios argentinos con el Petrolao. Y muy bien estas coincidencias, pueden impulsar otras menos tangibles; pero no por ello menos poderosas conexiones.

Otro característica común, para nada desdeñable, es que la clase media organizada a través de las redes sociales ha sido el motor impulsor en Brasil. La que aquí, también, cuenta con una larga experiencia al respecto. Una presión que si se materializara, bien podría impulsar a algunos magistrados excesivamente precavidos a la hora de investigar a los poderosos a hacerlo en forma más enérgica.

Llegado a este punto, la gran diferencia con Brasil la debería marcar el propio gobierno y auspiciar los procesos judiciales en marcha, de tal modo que ellos redunden en favor de una mayor transparencia de nuestro sistema político. Y que no se trate solo de que algo cambie para que, en realidad, nada profundo lo haga.

Pues, como reza un viejo lema: las masas bien pueden marchar con sus dirigentes a la cabeza o con la cabeza de sus dirigentes.

Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.

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