Durazno argoindustria mendoza

septiembre 1, 2016 9:52 am

El estado de los diversos sectores de producción primaria mendocina viene siendo noticia, desde hace tiempo, por la descomunal brecha entre el precio que recibe un productor y el valor final en góndola. Multiplicar por ocho, por diez o aún más es lo normal, en una espiral que ha diezmado a cientos de trabajadores de la tierra. Las sonoras protestas de los fruticultores y tamberos, regalando producción, son una muestra de este fenómeno.

Entre el productor y la góndola hay diversos actores, dependiendo del sector, como acopiadores, mayoristas, que van agregando valor, y esa es la cadena en cuestión; pero lo verdaderamente descabellado de la economía argentina es que esos agregados muestran distorsiones que no tienen nada que ver con lo razonable, sino más bien con el poder de negociación o cartelización que tengan.

El debate de si librar esos tratos al mercado o regularlo desde el Estado está integramente ligado a lo ideológico. Pero vale señalar que luego de años de prédica sobre la importancia del Estado, nunca se arbitró una política que dé a la producción el valor que merece. Fueron las artes de Guillermo Moreno, que reconocía que le resultaba más fácil apretar a cinco o seis grandes empresarios que negociar con miles de actores económicos. Desde ahí se llegó a esta situación.

El universo productivo de Mendoza se basa en decenas de miles de productores –frutícolas, hortícolas, vitivinícolas, olivícolas- que sufren la desvalorización de su trabajo siendo precisamente los que corren los mayores riesgos. A merced del clima, de las plagas, de la falta de políticas crediticias, de un sistema de logística y distribución obsoleto. Los resultados son descriptos por algunos referentes como catastróficos. Voceros de Irrigación, como inspectores de cauce, han señalado off the record que hay lugares de la provincia donde el abandono productivo de fincas bajo riego alcanzaría el 40%. Esto además conlleva la pérdida de la “familia rural”, la migración a las ciudades, a formar parte de los cordones mas postergados, sin posibilidades de progreso ciertas.

En la politiquería vernácula, la escena de los fruteros regalando manzanas en la plaza de Mayo se banalizó con fines chicaneros, pero para provincias como la nuestra la ausencia de soluciones puede ser una sentencia al atraso.

Sin estadísticas confiables, luego de la destrucción del INDEC –que parece volver a la normalidad en estos tiempos- vale citar un informe de la Cámara Argentina de Comercio que marcaba, para el primer lustro de esta década, que del PBI geográfico provincial, el 70,2% correspondía al sector servicios, seguido por el 11.1 de la industria manufacturera. La producción primaria ocupa solo el 6,2%.

Traducido, todo ese inmenso aparato que vemos al recorrer el territorio, fincas, sembradíos, miles de hectáreas de viñas, no representan en los números casi nada. No es porque no valgan, es porque no se valoran.

El fortalecimiento de esos sectores, además, significan distribución inmediata y directa de recursos, es decir, reactivación y empleo: los productores no giran dividendos a casas matrices, nacionales o extranjeras.

La lucha por recomponer esas cadenas de valor debería ser, para las autoridades, una prioridad: sus beneficios son sin dudas superiores a los costos.

Dejá tu opinión

comentarios