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septiembre 7, 2016 5:00 pm

Mariana Debé nació en Godoy Cruz, Mendoza. Estudió Medicina en la Universidad Del Aconcagua y se recibió con 22 años. Luego hizo su residencia en Cirugía General, Ginecología y Obstetricia en el Hospital Italiano de nuestra provincia y, posteriormente, se trasladó a Buenos Aires a especializarse en Medicina Reproductiva y cirugía video laparoscópica.

Mariana no sólo ejercía su profesión de médica y se seguía formando en Buenos Aires, sino que además practicaba deportes de alto rendimiento y aprovechaba su tiempo libre para reunirse y salir con amigos. Esta última parte, la escribimos en tiempo pasado por una simple razón: el 17 de octubre de 2014 una mala praxis cambió su vida para siempre.

Desde hace más de un año, El Ciudadano mantenía conversaciones con Mariana, pero hasta no obtener el ‘ok’ por parte de los abogados que llevan adelante su caso, decidió respetuosamente abstenerse de contar su historia, que no sólo es compleja, sino que además está judicializada.

El horror en primera persona

“Mi vida estaba dedicada a la medicina, venía de formarme y especializarme y había llegado a ser médica de staff en medicina reproductiva, con buenos resultados, y de trabajar en los mejores centros. También veía algunas interconsultas en Mendoza. Al margen de esto, tenía una vida social muy activa, un gran grupo de amigos; estuve en la Selección Mendocina de Natación, iba diariamente al gimnasio y me gustaba realizar deportes extremos como esquí, wakeboard, surf, etcétera”, explicó Mariana y agregó: “El 17 de octubre de 2014 me encontraba en horario de trabajo, comencé con un síndrome vertiginoso –vómitos, y mareos– y al llevar casi 48 horas de vómitos incoercibles con tratamiento médico, llamé al servicio de emergencia para que me colocaran un Reliveran inyectable. Vino la empresa médica Vittal (Socorro Médico Privado SA) con una médica con un yeso y un chofer sin conocimientos de enfermería. Decidieron colocarme Reliveran y Diclofenac en vena para que actuara más rápido. En el momento del examen estaba descompensada, por lo que me sentaron y el chofer colocó la medicación de manera directa –jamás se debe colocar un Diclofenac sin diluir en suero directamente en vena–; no sólo fue un error la forma de administrar la medicación sino también confundir una vena con la arteria. Inmediatamente comencé con un dolor insoportable, suplicando que por favor pararan, pero la médica hacía presión sobre el brazo. En ese momento, la mano se puso de color violácea y me volví a descompensar, pero esta vez por el dolor, por lo que me acostaron y decidieron esperar diez minutos. Luego se retiraron, haciendo abandono de paciente. Desde Mendoza, mi mamá llamó suplicando que enviaran nuevamente la ambulancia, pero dijeron que no era necesario, motivo por el cual me trasladé por mis medios al sanatorio Mater Dei, que estaba a metros de mi domicilio, y en el mismo me dejaron en observación, en el Shock Room. Me colocaron todo tipo de medicación, el dolor era insostenible y me aplicaron Tramadol –derivado de la morfina– y al ceder el dolor me derivaron a mi domicilio sin diagnóstico”, explicó paso a paso la médica mendocina, que luego de ese episodio consultó durante cuatro días seguidos y, a medida que pasaban las horas, el dolor aumentaba, el brazo empeoraba y los médicos sostenían el diagnóstico de alergia, por lo cual Mariana decidió hacer un control en el Sanatorio Finochietto.

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“El 20 de octubre decidieron dejarme internada en Terapia Intensiva y esa misma noche comenzaron con tratamientos muy agresivos, anticoagulación, vasodilatación, etcétera. El pronóstico era muy malo, y me hablaban de un 95% de posibilidades de amputación, según la escasa bibliografía. Al otro día, y tras la mala evolución, decidieron hacerme una arteriografía –cateterismo vía femoral por la pierna hasta el brazo–, donde se pasa contraste y se observa la falta de circulación de uno y dos dedos de la mano derecha, territorio irrigado por la arteria radial. Decidieron comenzar a pasar por bomba prostaglandina sustancias que provocan vasodilatación, aunque ya el pronóstico era la amputación. Estuve con nueve bombas, 12 sueros, en total, 45 días internada y salvé el brazo, aunque en ese momento quedó totalmente inutilizado. A esto le siguieron cuatro internaciones más, tres en Terapia Intensiva –una de ellas muy grave–, donde estuvo en riesgo mi vida, ya que tuve una hepatitis tóxica medicamentosa y un cuadro de sepsis”, explicó la joven que tuvo que atravesar docenas de estudios, varias entradas al quirófano y tratamientos muy agresivos e invasivos, hasta su última internación, hace seis meses atrás.

Abandono de paciente

Mariana explicó que la empresa se mostró responsable desde el primer día. De hecho, y a pesar de la negativa de sus afectos, recibía en su domicilio al director médico Silvio Aguilera –hoy demandado– y al gerente general, quien fue despedido por haberse solidarizado humanamente con ella. Paradójicamente, la empresa Vittal es la misma para la cual Mariana hacía domicilios de baja complejidad como una actividad extralaboral.

Lo cierto es que la misma empresa que la empleaba, cuando se agotaron las opciones de tratamiento le soltó la mano.“Luego de la internación más grave decidieron derivarme a Estados Unidos, a San Louis, a un especialista neurovascular de miembro superior, ya que no hay bibliografía ni experiencia en un caso como este en el país y mi trabajo depende 100% de la motricidad de mi mano”, explicó la médica, y dice que es en ese momento en que la empresa Vittal la extorsionó diciendo que si no firmaba un papel no se harían cargo de pagar el viaje a Estados Unidos.

Es ahí donde la mendocina pasó el caso a manos del doctor Pecar, del estudio PRAC. “Al no firmar el papel, la empresa Vittal volvió a hacer abandono de paciente, cortando todo tipo de atención médica. Destaco que en este punto, Medifé se hizo cargo de los gastos de todos los profesionales del equipo de salud, así como también de la medicación”, explicó.

Su vida, hoy

La especialista en fertilidad aseguró que hoy, a casi dos años de la mala práctica, no tiene ningún tipo de relación con la empresa. En las últimas mediaciones, los responsables sólo intentaron extender los tiempos y ocultar los datos del chofer que ofició de enfermero con una irresponsabilidad que podría haberle costado la vida a Mariana.

Hoy tiene un diagnóstico, distrofia simpático refleja, y un tratamiento médico intenso con parches de fentanilo –un analgésico más fuerte que la morfina–, que si bien ayudan a menguar el dolor, le producen otro tipo de complicaciones, como hipotensión, vómitos y somnolencia.

A la medicación también hay que sumarles las sesiones de kinesioterapia, controles médicos periódicos –cardiólogos, clínicos, neurólogos, especialistas en dolor, terapistas, etcétera– y el apoyo psicológico que la ayuda a sobrellevar el estrés post traumático de una irresponsable práctica médica que le impidió seguir trabajando, especializándose, acceder a un nombramiento y pase a planta permanente en un efector de salud.

En síntesis, una práctica médica que cambió su vida para siempre y que la podría haber matado.

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