noviembre 14, 2014 3:26 pm

En los últimos días las consultoras, los candidatos y el periodismo nos han abrumado con dos palabras al parecer contradictorias: “cambio” y “continuidad”. Cuando aseguran que un alto porcentaje de los futuros votantes exigen un cambio importante, parecen referirse a una parte de la sociedad que no está conforme con la realidad actual. La opinión de esos encuestados contrasta con aquellos que prefieren que todo siga como está, porque le temen a cualquier cambio. En el medio hay una franja, no menos importante, que parece más equilibrada; si bien reclama reformar algunas cosas, considera que hay algo de lo que se ha hecho que está bien y que merece mantenerse.

Eslogan o realidad

Para tratar de ser justos en el análisis deberemos advertir que la palabra “cambio” puede estar vacía de contenido y ser sólo un lema de campaña. Hablar de necesidad de cambio, cuando no se dice de qué se trata, hace pensar en eslogan de campaña electoral. Muchas veces las personas se entusiasman con estos lemas publicitarios que finalmente nadie sabe a ciencia cierta a qué se refieren. Sospechamos que en nuestro caso particular esto no es así.

Puede que esto haya ocurrido en Brasil y que esté ocurriendo ahora en Uruguay. En realidad puede que no haya habido tanta diferencia entre Dilma Rousseff y Aécio Neves o, entre el candidato del presidente Mujica, Tabaré Vázquez y el del Partido Nacional, Lacalle Pou. Puede que no sean tan distintos como para hablar de un verdadero cambio. En esos países la inflación no supera el dígito (6,1% en Brasil y 9% en Uruguay). El presidente Mujica es un ejemplo de austeridad y humildad y, aunque en Brasil se han ventilado escándalos de corrupción, pareciera que no han alcanzado a hacer pensar en un peligro real para la marcha de la economía.

En nuestro País, a tanto tiempo de las elecciones, los consultores no tienen otra opción. Las preguntas sobre favoritismos personales se vuelven ociosas. Hay un enorme esfuerzo de los candidatos que más miden por parecerse a ese modelo ideal que resulta del coctel de preferencias de cambio o continuidad que la gente reclama. Esto los está haciendo cada vez más semejantes entre sí y está dilatando las dudas del electorado.

Las encuestas –los propios encuestados lo advierten-, a un año de las elecciones presidenciales, no alcanzan para obtener un dato fehaciente sobre las preferencias hacia los candidatos. No es razonable pensar que las encuestas nos puedan ofrecer un panorama seguro en este sentido. El tiempo que falta y la conflictividad social que provocan algunas variables lo hacen muy difícil.

Pero las encuestas son útiles para desentrañar algunas preferencias, inclinaciones, anhelos e impaciencias que la sociedad viene manifestando desde hace ya bastante tiempo; por eso, incursionar sobre los deseos de cambio o continuidad suena mucho más lógico. Estos deseos pueden variar, según los acontecimientos, en muy cortos períodos de tiempo. Sobre todo, se aceleran cuando se dan circunstancias que afectan a la vida de las personas en forma directa. La seguridad y la economía son importantes aceleradores del deseo de cambio o continuidad. A la hora de optar por estas opciones, la gente tiene muy en cuenta lo que tiene que ver con el entorno y la relación de éste con su supervivencia y subsistencia.

Una certeza entre tanta incertidumbre

Esto ocurre porque las falencias en este sentido provocan dudas sobre el futuro; y la incertidumbre es una de las cosas que peor tolera el ser humano. La incertidumbre siempre genera irritabilidad individual y conflictividad social. A aquella parte de la sociedad que está manifestando una necesidad de cambio, se le está haciendo cada vez más difícil tolerar la perplejidad que le generan la alta inflación -que puede medir el ama de casa en las góndolas de los supermercados-, que ya no le permite llegar holgadamente a fin de mes; la inseguridad que le hace temer por la integridad física de su familia y, tal vez, el miedo de perder el trabajo. Incertidumbres que sufre la gente común.

Para aquellos que poseen ingresos más acomodados su preocupación, sin duda, está referida a la marcha de la economía en general pero siempre en relación con la propia. El comerciante sabe que si los problemas económicos afectan el consumo, terminarán por afectar su negocio. Tienen claro que el ingreso del trabajador está asociado a sus ganancias.

Lo cierto es que la palabra cambio, en ningún lugar está tan llena de contenido como en nuestro país. La palabra cambio, en la Argentina, está colmada de reclamos de más seguridad, menos inflación, más respeto por el que piensa distinto, más trabajo, menos corrupción y, sobre todo, menos incertidumbre, más diálogo y menos prepotencia.

El año que viene habrá que elegir entre continuidad o cambio de las cosas que nos interesan realmente, pero ya con la certeza de que, al menos, algo de República se ha preservado poniéndole freno a la reelección indefinida. Esto se lo debemos a tres cosas que han pasado en estos últimos años y que, a fuerza de ser sinceros, debemos reconocer con nombre y apellido: El voto no positivo de Julio Cobos, que nos habló del valor político de las convicciones y la firmeza; el efecto Jorge Lanata en el periodismo, que nos hizo tomar conciencia del daño que produce la corrupción y, por qué no, la rebelión de Sergio Massa hacia el interior del Peronismo.

Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional “Santa Romana”. Autor de El Momento es Ahora y El ABC de la Defensa Nacional.

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