macri-vs-militares

octubre 21, 2016 9:56 am

En un artículo anterior sostuvimos que la gran brecha que separa hoy a los argentinos es aquella que nos impide a todos estar incluidos en la nave del gran proyecto social.
Específicamente, dijimos que “llegado a este punto nos preguntamos qué civilización es posible que funcione con una pujante clase media rodeada de otra, casi igualmente numerosa, de marginales que no tienen sus necesidades básicas satisfechas”.

Esta es la brecha principal, pero hay otras menores. Como por ejemplo, aquella que separa a militares de civiles.

Al respecto, el gran pensador realista que fue el griego Tucídides decía que aquellas sociedades que alejan a los soldados de sus pensadores están condenados a que “sus hijos sean educados por cobardes y sus guerras sean peleadas por estúpidos”.

Pues este parece haber sido el clima político que posibilitó al nefasto proceso militar en la década de los años 70. Ya que, por un lado, forjó una clase dirigente cobarde que no supo ejercer un control civil adecuado sobre los militares, mientras que por el otro formó a altos mandos militares necios que no estuvieron a la altura de las circunstancias bélicas que les tocó vivir.

Pasadas casi cuatro décadas de aquellos aciagos tiempos, es hora que la República aprenda de sus errores y reconozca que si los civiles tienen su lógica, los militares tienen su gramática.

Para empezar, no podemos negar que así como existe una moral republicana que debe regular el ejercicio de las magistraturas hay un ethos militar. Este último se caracteriza por conformar una cultura de valores, costumbres y tradiciones basadas en el respeto de las jerarquías, la observancia de una disciplina y la superioridad del grupo por sobre el individuo.

Por el contrario, se espera que los funcionarios políticos sigan un cursus honorum basado en su desempeño individual, responsabilidad y sucesivo ejercicio de funciones, las que pueden iniciarse en un humilde cargo municipal y terminar en la primer magistratura de la República, que es la Presidencia de la Nación.

Separados como son los mundos del militar y los del político, ambos son complementarios. Pues, como sostiene Eliot Cohen, autor del libro El comando supremo político-militar en tiempos de guerra: “Los criterios de eficiencia militar son limitados, concretos y relativamente objetivos, los criterios de sabiduría política son indefinidos, ambiguos y altamente subjetivos”.

Si el reino del soldado es el manejo de fuerza legítima del Estado, el del político es el de establecer las condiciones de la paz y, en consecuencia, los límites del empleo de esa fuerza.

Es en el marco de esta dialéctica que se asegura el dominio civil sobre las Fuerzas Armadas, proporcionando la fuerza para un “control objetivo” basado en el profesionalismo de los militares, que los aleja de la esfera de influencia de la política partidista.

Contrasta con el denominado “control subjetivo”, que tiene por objetivo domar a los militares, civilizándolos, haciéndolos políticamente aceptables o controlándolos mediante elites civiles trasplantadas.

En la práctica, cuando los políticos dejan los asuntos puramente militares a los militares, trazando una clara distinción entre sus actividades y con la de los civiles, emerge una sobresaliente organización militar. Educados así, ellos tendrán un desempeño superior a aquellos motivados ideológicamente.

Esto es y debe ser así porque la estrategia le está subordinada arquitectónicamente a la política. La segunda comienza donde la política termina. A una le toca librar el conflicto a la otra prepararlo y aprovecharlo.

Todo lo que los soldados necesitan es que una vez que se ha fijado la política, la estrategia y el comando sean considerados como una esfera aparte de la política. La línea de demarcación debe ser trazada entre la política y la estrategia. Habiéndolo hecho, todos las partes deben abstenerse de traspasarla.

Podríamos decir que lo argumentado hasta aquí sólo ha sido una larga introducción para el punto que queremos resaltar con este artículo.

Sabemos que el presidente Mauricio Macri viene, desde hace tiempo, evaluando la posibilidad de emplear a las Fuerzas Armadas en diversas tareas vinculadas con nuestra seguridad, las que van desde el apoyo logístico a nuestras fuerzas de seguridad y policiales hasta la lucha contra el narcotráfico.

Si esta fuera su decisión final, le pedimos que actúe comzo un verdadero estadista, para lo cual su decisión debe ir más allá de una simple orden, debe –como hemos explicado– fijar los objetivos y los límites para el empleo de dichas fuerzas.

En este sentido, debe modificar el actual marco legal, primero porque no es adecuado a estos tiempos, y segundo, porque es en sí mismo contradictorio y no crea las condiciones necesarias para que los soldados que cumplan sus órdenes como comandantes en jefe terminen mañana juzgados y encarcelados.

Esto tampoco deberá ser entendido como un piedra libre para todo tipo de excesos por parte de quienes deban operar. Todo lo contrario, estas nuevas Fuerzas Armadas deberán cumplir y demostrar con aquella vieja sentencia de “todo en el marco de la ley, nada fuera de ella”.

El Doctor Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.

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