Cornejo gobierno

junio 16, 2016 10:34 am

Claudia Najul Claudia Najul – Senadora provincial UCR

Cuando hace seis meses Alfredo Cornejo asumió la gobernación de Mendoza, la provincia estaba económicamente quebrada e institucionalmente deteriorada. Ocho años de gestiones llenas de improvisación y desmanejos, habían dañado hasta lo más profundo a los mendocinos: estábamos emocionalmente disminuidos.

Seis meses después, la gobernación de la provincia pasó de ser caracterizada por la desidia a ser respetada por la austeridad; de ser criticada por las desprolijidades, a ser reconocida por la previsibilidad. Mendoza cambió en seis meses y cambió en lo profundo.

Al iniciar la gestión de Cornejo, el presupuesto provincial era determinado y condicionado por las paritarias, que a su vez, estaban sujetas a la voluntad de gremios que aunque representativamente cuestionados, eran políticamente avasalladores. Durante estos 180 días, no sin tensiones y discusiones, las negociaciones salariales se sometieron a la realidad provincial, y equilibrar la delicada situación financiera primó ante demandas entendibles pero incumplibles.

A su vez, el gobernador inauguró una nueva etapa en las relaciones entre el Gobierno Nacional y Mendoza. De la sumisión absoluta y acrítica, Mendoza pasó al acompañamiento con matices, exigiendo derechos propios y colaborando en la recuperación del país.  En menos de medio año, dos grandes resultados dio esta estrategia: primero, el fallo de la Procuración de la Nación donde se reconoce que Mendoza debe percibir el 100% de las regalías por los Nihuiles; segundo, el reciente acuerdo por el que Mendoza recupera el 15% de los recursos coparticipables que, ilegalmente, quedaban en manos de la Nación.

La relación de confianza, respeto y acuerdos que estableció Cornejo con el Presidente Mauricio Macri, se trasladó a la de la Provincia con los 18 intendentes. En lugar de concentrar recursos y aprovechar el poder político para construir poder económico, Cornejo acordó con los jefes comunales la distribución equitativa de fondos para obras en los departamentos. El federalismo, tantas veces declamado desde la oposición, se convirtió en un principio vector de una gestión transformadora.

Pero además de cuestiones políticas o económicas, Cornejo apostó por cambios profundos en las áreas más sensibles de la Provincia: educación, salud y seguridad.

Metas concretas: que los chicos aprendan a leer, hacer operaciones básicas de matemática e interpretar textos; que los docentes recuperen autoridad, dignidad salarial y un ámbito de trabajo saludable. Estos objetivos en materia educativa parecen modestos, pero teniendo en cuenta cómo estaba la educación mendocina, son revolucionarios.

En materia de salud, está en marcha una reforma que ahorrará recursos, unificará criterios y ordenará administrativamente la salud pública.

En materia de seguridad, se sancionó una ley que apunta de lleno contra uno de los problemas más relevantes del sistema: la reincidencia y el descontrol en el ingreso y salida de delincuentes. Como prometió en campaña, Cornejo endureció los criterios para la ejecución de las prisiones preventivas.

El Gobierno de Cornejo se resume en dos conceptos: orden y transformación.

En estos primeros meses, los esfuerzos se centraron en ordenar una provincia que estaba administrativamente desquiciada, para poder en adelante transformar un Estado que durante mucho tiempo hizo de la deficiencia su carta de presentación y de la desvergüenza un modo de gestionar.

Mendoza ya recuperó orden y autoestima y se encamina a recuperar el liderazgo regional que nunca debió perder. El cambio, en esencia, es transformar la decadencia imperante en desarrollo económico, orden político y equidad social.

Hace seis meses nos gobernaba la desazón, hoy gobierna la expectativa; Mendoza se parece más al lugar en que los mendocinos queremos vivir, en que los empresarios desean invertir y los trabajadores pueden progresar.

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