octubre 2, 2015 8:49 am

En nuestra última entrega sostuvimos que las fraudulentas elecciones tucumanas contenían un buen antecedente: el haber consolidado el consenso para la reforma de nuestro vetusto sistema electoral. También aclaramos que esto era sólo el principio, ya que la verdadera raíz del mal era el clientelismo.

Un poco de historia
La figura del clientelismo, como tantas otras expresiones políticas, la heredamos de la Antigua Roma. Por aquellos tiempos era cliente quien no podía ser un hombre libre y que para sobrevivir necesitaba la protección de un pater familias. Con el paso de los siglos, esta figura fue atravesando las distintas etapas históricas y el poderoso de turno se fue transformado en el señor feudal hasta llegar a los modernos punteros políticos o, incluso, a los señores de la guerra de los conflictos modernos.
Hay que reconocer que distintos sistemas políticos buscaron ponerles fin a estos sistemas paternalistas. Se destacan, entre ellos, los movimientos que impulsaron los derechos individuales como los de la Carta Magna en Inglaterra y la Declaración de los Derechos del Hombre que proclamó la Revolución Francesa. En ambos casos, se buscó que fuera el imperio de la ley quien protegiera al ciudadano de los abusos y no un poderoso en particular.
Para que el sistema funcionara era necesario establecer una división de poderes y elegir a los cargos directivos mediante el sufragio universal. Con sus más y con sus menos, el sistema fue logrando su cometido. Aunque nunca se logró una desaparición total de la figura del poderoso o del notable. Del clientelismo en otras palabras.
Un ejemplo vernáculo de lo anterior fue la vigencia del denominado “fraude patriótico” en nuestro país por muchísimos años. Para suprimirlo, o al menos atenuarlo, fue necesaria la sanción de la Ley Sáenz Peña con las características que comentábamos en nuestro artículo anterior. Pero, de un tiempo a esta parte, el clientelismo ha vuelto a instalarse con toda su fuerza, especialmente en nuestras provincias más pobres. Veamos los porqués.
En lo individual, la ignorancia
Si uno repasa algunas situaciones del pasado, en relación al clientelismo, es fácil comprobar que hay dos condiciones que facilitan su instalación. La primera es un estado de necesidad (pobreza) y la segunda es un bajo nivel educativo (ignorancia) de la masa de sus potenciales clientes, lo que se traduce en una actitud de sumisión hacia su señor. Esta situación se ve reforzada por la seducción y el control que ejerce el poderoso mediante la entrega de dádivas, prebendas y la solución de los problemas elementales de subsistencia de sus protegidos.

En lo institucional, el relato
Cuando el clientelismo sale de la esfera local y se generaliza al nivel de toda una sociedad, necesita de una justificación política. Y esta le viene dada al clientelismo por el denominado populismo autoritario. Una versión impulsada por las máximas autoridades políticas que no es otra cosa que un clientelismo a gran escala. Ya no se trata sólo de un pequeño señorío local, ahora, el principio de protección lo encarna un líder, preferentemente carismático, que promete el goce indefinido de los beneficios de la sociedad de consumo a sus dirigidos a cambio de una lealtad sin límites. Para lograrlo, este moderno señor feudal, cuenta –nada más y nada menos– que con los poderosos recursos del Estado moderno, tales como: el monopolio de los medios de comunicación social para instaurar su relato y el uso discrecional del Presupuesto para la satisfacción de sus propios fines clientelares. Con el control de estos medios busca, en forma permanente y machacona, reforzar su figura e instalar la creencia de su carácter irreemplazable.

La educación y la propiedad como los únicos remedios
No cabe duda de que sólo la educación produce en los individuos los cambios profundos que lo llevan a tomar plena conciencia de su dignidad y de sus derechos. En este sentido, una persona educada es una persona libre. No es casual, la afirmación, en ese sentido, del consagrado poeta cubano José Martí: “Un pueblo educado no tolera la corrupción. Un pueblo educado sabe muy bien diferenciar un discurso serio y una prédica demagógica. ”
Otro antídoto poderoso contra el populismo es la vigencia del derecho de propiedad. Pues, la libertad económica es la primea de todas las libertades. Ya que como sabemos, sólo quien es propietario, aunque más no sea de su humilde hogar, tiene muchas más posibilidades de ser independiente de quien depende, para todo, de la ayuda del Estado.
Finalmente, podemos concluir que una sociedad integrada por propietarios y por personas educadas se inclinará, casi naturalmente, hacia formas políticas más participativas, en las cuales nadie se arrogue el derecho a conducirla sin controles y sin balances. En pocas palabras: lo que necesitamos se conoce desde hace tiempo y se llama República.
Téngalo presente, amigo lector, cuando ejerza su derecho al voto.

Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.

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