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julio 7, 2016 8:26 am

Mucho se habla, en estos días, de una brecha que nos ha crecido a los argentinos. Una que es, principalmente, cultural y que nos fragmenta en parcelas con etiquetas, tales como las de “neoliberal”, “nacional y popular”, “estatista”, “privatista”, “garantista”, “partidario de la mano dura”, entre otras tantas que podríamos mencionar.

Si bien, en principio, no tiene nada de malo disentir, esto sólo funciona socialmente cuando hay una escala de valores y un consenso compartido entre todos. Al respecto, no cabe duda de que la concordia es la base de la vida social, pues sin ella no hay más que discordia.

Por lo general, las distintas versiones de la brecha se expresan, diariamente, a través de los medios y, frecuentemente, en manifestaciones callejeras.

Por ejemplo, recientemente tres marchas sacudieron el escenario político local. La primera, fue la organizada por los seguidores de la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner para demostrarle su apoyo ante una citación judicial de la que era objeto. Se trató de una marcha de carácter militante en pos del denominado “proyecto nacional y popular”.

La segunda, fue la marcha impulsada por las cinco centrales obreras para reclamar aspectos vinculados con su actividad. Aunque se trató de una de carácter mucho más masivo y abierta que la anterior, no dejó de ser la expresión de lo que algunos denominan como la “Patria Sindical”.

La tercera, estuvo a cargo de varias organizaciones vinculadas con la enseñanza universitaria en reclamo de un mayor presupuesto, entre otras cosas. Como tal, sus ideas y eslóganes no escaparon a la conocida estudiantina de la izquierda vernácula.

Con sus matices y con sus diferencias, no puede negarse que ellas produjeron poderosos mensajes políticos, los que fueron posteriormente utilizados por sus respectivos organizadores en función de sus respectivos proyectos. Pero, como tales, todas ellas no fueron más que distintas versiones de la brecha.

Llegado a este punto, uno comprueba que la actual Administración nacional parece no sentirse necesitada de hacer uso de la calle. Probablemente, sea esto una cuestión de estilo. Uno que busca privilegiar la gestión por sobre las formas de la política tradicional.

Pero ello no soluciona el problema de fondo, cual es la importancia política de controlar la calle. O al menos, el poder hacerlo en momentos importantes.

La ocupación de la calle con un sentido patriótico

Podemos empezar diciendo que en la República Argentina la ocupación de la calle y la política van tan hermanadas que negarlo es, a la par de una ignorancia histórica, una buena prueba de candidez política.

Incluso, hay quienes dicen que el mismísimo 25 de mayo de 1810 no fue otra cosa que una ocupación pacífica de las calles de barro frente al Cabildo y al Fuerte de Buenos Aires, con lluvia –pero sin paraguas– organizada por los Patricios de Cornelio Saavedra.

Lo concreto es que la calle ha jugado, siempre, un importante rol del la historia política argentina.
Nos preguntamos, en ese sentido, ¿cómo podría el Gobierno nacional adueñarse de la calle para alguna ocasión importante, que naturalmente incite a la gente a concurrir voluntariamente (sin tener que recurrir a entregar choripanes, dinero, amenazas de control de asistencia, alquilar micros para su traslado gratuito, etcétera)?
Creemos que para ello dispone de los ingentes medios que administra. Obviamente, no estamos hablando de una ocupación de la calle de carácter partidista, sino de una superadora. En este sentido, y desde antiguo, sabemos que el festejo de nuestras fiestas patrias ha sido, para los gobiernos, la ocasión ideal para hacerlo.

Concretamente, por ejemplo, mediante la realización de un desfile cívico-militar para la celebración del Bicentenario de nuestra Independencia nacional. Con ello, creemos que se cumpliría con los todos los efectos deseados de una ocupación de la calle, a la par de que sumaría otros benéficos.

Al respecto, decían los poetas latinos, que el orgullo de un pueblo se basa en el recuerdo de las glorias guerreras de sus armas, el que lo templa y lo anima para encarar nuevas empresas. Hoy, en línea con esa tradición, son legión los Estados que tienen su desfile anual. Desde las famosas paradas del Ejército ruso en la Plaza Roja hasta el Día de las Glorias de Chile, de nuestros amigos trasandinos, en Santiago.

Nosotros estamos como estamos, entre otras cosas, porque hemos perdido ese sano orgullo. El que no es producto de un belicismo enfermizo ni de un pueril jugar a los soldados. Es otra cosa. Es la posibilidad de reconocernos, nosotros, los argentinos, como un proyecto colectivo de vida en común de cara al resto de los pueblos del mundo.

Así como el agricultor prepara sus herramientas para la labranza, el Estado debe forjar las armas para su defensa.

Simplemente, porque la historia y la geografía de la Patria se lo demandan, de la misma forma que la dureza del suelo y del clima se lo exigen al labriego.

Probablemente, un desfile no haga mucho para la preparación militar. Pero es una ceremonia que bien materializa ese vínculo sagrado entre el Estado, su pueblo y una de sus instituciones fundacionales.

En ese sentido, nadie cree que las banderas de ceremonias o que los uniformes históricos que encabezan un desfile sean la Patria misma. Hoy preferirnos enorgullecernos con el crecimiento del PBI o con la caída del índice de pobreza.

Pero los desfiles son un potente símbolo que permite mantener vivo el orgullo nacional en el corazón de las masas ciudadanas. Una encarnación que garantiza que el mejor de los futuros será posible más allá de las dificultades del presente. Simplemente, porque fuimos capaces de hacerlo en el pasado. Ese es el más puro de los patriotismos y es el que nos abre la puerta para empezar o continuar cerrando la profunda brecha que hoy nos divide a los argentinos.
No reconocerlo sería un error, especialmente en una era que ha hecho de la representación virtual de la realidad algo más importante que la realidad misma.

El Doctor Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.

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