Mauricio Macri

abril 24, 2016 3:56 pm

Gabriel Profiti

“Domingo a domingo” por Gabriel Profiti – Director de Noticias Argentinas

Una tarea gigantesca le espera a Mauricio Macri en el objetivo que dice haberse fijado: convencer a los argentinos de que empieza una “nueva etapa, de empleo y crecimiento”, tras la salida de la cesación de pagos, en medio del susto que provoca en la gente el ajuste sobre bolsillos cada vez más maltratados por la inflación, los aumentos de tarifas y la pérdida de puestos de trabajo.

Habían pasado apenas unas horas del pago a los fondos buitre, y el Presidente eligió las redes sociales para instalar el supuesto carácter fundacional de haber terminado con un litigio que parecía irresoluble. Nada de cadena nacional: Macri ´posteó´ en Facebook que con este paso la Argentina empieza a “recuperar la credibilidad perdida y a ser un país confiable frente al mundo”.

Prefiere apelar a la comunicación concisa -su mensaje contiene apenas un párrafo largo y otro corto-, en parte porque carece de la retórica de otros presidentes como Raúl Alfonsín, Néstor Kirchner o Cristina Fernández, y parece pretender hacer de la necesidad, virtud. Pero también porque está asesorado por un grupo de gurúes que lo pretenden instalar como la contracara de todo lo anterior, un líder de una nueva forma de gobernar esta Argentina que se acerca a cumplir el Bicentenario de su Declaración de Independencia.

Aún falta mucho para saber qué lugar le tocará en la historia, porque la mayoría de las páginas de su gobierno aún están por escribirse, pero está claro que la intención es dar un giro a la forma en que se venía ejerciendo el poder, no sólo en el fondo, sino también en las formas. . Una megaoperación, múltiples interrogantes. .

El costo del pago a los fondos especulativos fue muy alto, de 9.300 millones de dólares, y hay más dudas que certezas sobre los beneficios que esta decisión tendrá en el día a día de la economía. Los endeudamientos excesivos casi siempre terminaron mal en la Argentina, porque fueron únicamente negocio de financistas internacionales y banqueros locales que operaron a favor de sus propios bolsillos.

Pero es justo decir que cierta idiosincrasia de la clase política ha hecho un culto de no pagar las deudas, y deslindar  responsabilidades ante las decisiones tomadas, cargando culpas siempre sobre otros. El propio cristinismo instaló la idea de que la deuda no había que pagarla en los términos exigidos por los fondos buitre excusándose en que los fallos habían sido dictados por un juez controversial como el norteamericano Thomas Griesa y sugiriendo que se trataba casi de un complot internacional.

La deuda había crecido en intereses y punitorios, y los negociadores argentinos lograron una quita que ronda el 40 por ciento de lo reclamado, lo cual aún no puede mensurarse como  éxito o fracaso. Pero la ahora oposición -que hizo un culto de la falta de autocrítica durante más de 10 años- no repara al disparar sus dardos en que tanto el canje lanzado por Kirchner en 2005 como el de la propia Fernández en el 2010, aceptaron someterse a la jurisdicción de Nueva York, y que en los tribunales de Manhattan al país le fue mal en todas las instancias.

Como ocurrió con la polémica y costosa jugada de Macri, también generó dudas en su momento Kirchner, cuando a fines del 2005 decidió mandar al diablo al FMI y le pagó cash una suma similar (9.810 millones de dólares), aunque en este caso con reservas.

En aquella oportunidad, el entonces presidente se sacó de encima a un tábano crítico que marcaba minuto a minuto los pasos que daba la Argentina, casi siempre para entorpecer. En este caso, Macri parece convencido de que al cerrar los litigios abiertos en Nueva York, las inversiones llegarán en tropel a la Argentina porque pudo removerse el obstáculo que impedía abrir la puerta del financiamiento externo.

Las fuerzas políticas lo acompañaron en ese objetivo, como se demostró con la ampliamente respaldada derogación de las leyes de Pago Soberano y Cerrojo, parte de las normas que impulsó Cristina para condicionar a sus sucesores, y que fueron voladas de un plumazo con aval de provincias ávidas de obtener fondos para  obras.

Mientras se cierra el default, los argentinos empiezan a advertir con preocupación que la fiesta de consumo artificial animado por un gasto público descontrolado llegó a su fin casi el mismo día en que se contó el último voto en las ajustadas elecciones en que Cambiemos puso patas para arribar el entramado político, al arrebatarle los principales centros de poder al kirchnerismo.

Macri sostiene que la salida del default se trata de un “hito importante para los argentinos, el cierre de una etapa que termina después de más de una década de aislamiento”. Y promete la llegada de inversiones y la posibilidad de hacer realidad grandes obras de infraestructura pendientes. También habla de generar trabajo de calidad que le asegure a cada argentino una oportunidad de “vivir mejor y poder crecer”.

Por ahora todo se asemeja a una película de ciencia ficción, pero hasta el momento los argentinos parecen dispuestos a darle algo más de oxígeno al gobierno. Tras poco más de cuatro meses de gestión, le espera una tarea titánica a Cambiemos para lograr ese objetivo, ya que el arranque terminó siendo muy duro para la mayoría de los ciudadanos de a  pie. Se observan caras de preocupación y hasta susto en vastos sectores sociales, ante la magnitud del ajuste, hay despidos no sólo en el sector público sino también en el privado, y la pobreza aumentó fuerte producto de la escalada de precios.

La CAME estimó que ya se produjeron 120 mil despidos en el país: Nación admitió que rescindió unos 11 mil contratos, por lo que de ser atinado ese cálculo el resto de los cesanteados se repartirían entre provincias, municipios y el sector privado.  El ministro Prat Gay dijo que la Argentina necesita mucho crédito para volver a invertir en infraestructura y a generar empleo genuino.

Para la consultora Abeceb, Argentina necesitará este año financiamiento superior a los 30.000 millones de dólares contabilizando las obligaciones del Tesoro Nacional, de las provincias y el sector privado. Es una cifra cercana a los 31.000 millones de dólares de deuda bruta soberana que toda América Latina emitió durante 2015.

Ojalá esas inversiones lleguen y se usen bien. Es decir, no caigan en nichos de corrupción similares a los que ahora investiga una Justicia que parece empezar a salir del letargo.

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