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septiembre 12, 2016 10:38 am

Es la pregunta que se ha trasladado por siglos en la vida de la humanidad, desde la muerte de Jesús de Nazaret. Interrogante que ha tenido respuesta bipolar. A cada buen gesto que envuelven los luminosos mensajes plasmados en la biblia (tanto en el antiguo, como en el nuevo testamento), aparecen cuestionados aspectos de los muchos que tomaron los hábitos al inicio mismo del catolicismo.

Constante pregunta que hoy retorna, ante el espanto y el estupor que zamarrea a la sociedad del mundo por todo lo que ocurre detrás de las puertas de una iglesia, convento o colegio religioso.

Sucede que las atrocidades, los perjuicios y hasta las muertes que han producido sacerdotes y monjas no son casos aislados, definitivamente son el fuerte lado oscuro de la iglesia católica del mundo. Inclusive, han sido mantenidos impunemente en riguroso secreto eclesiástico por órdenes directas de altos prelados. Muchos de los cuales también, en su momento, tuvieron inadmisibles actitudes.

La poderosa, ferviente e inclaudicable fe de Pedro a Jesús, es parte del fuerte basamento de los inicios de la iglesia católica. Inicios que muestran también, la miserable traición por unas monedas, de otro apóstol como lo fue Judas Iscariote. Y, desde ese comienzo la iglesia católica caminó los tiempos de la humanidad con una lucha permanente dentro y fuera de la misma. Porque mientras muchos sectores iluminados por la fe y las sensatas convicciones propalaban la palabra de Jesucristo, ayudaban a pobres, enfermos, desvalidos y perseguidos. Se comprometían con los males del mundo; y hasta entregaban su vida por todo lo anterior. En las conmovedoras convicciones que el hombre puede vivir en armonía, respeto, perdón y amor. Otros tantos sectores vestidos de hábitos, absolutamente alejados de las privaciones y conviviendo con todo poder, provocaban y eran cómplices de inadmisibles sufrimientos de cientos de miles de personas en las más diversas y perversas formas de torturar, vejar o asesinar.

Dice esa narración que muchos sectores prefieren callar, que las duras contradicciones de la iglesia tienen puntos sobresalientes como la inquisición donde se cometieron “todo tipo de violaciones a los derechos humanos”. Su silencio a las atrocidades en conventos donde mujeres fueron violadas u obligadas abortar, muchas de ellas perdiendo su vida bajo dolorosas crueldades. Su silencio a la esclavitud, a las calamidades de la primera y segunda guerra mundial. Su silenciosa complicidad con torturas y vejámenes durante las dictaduras sudamericana en las década de ´70, entre otros. El gran negocio que constituyó para “seudo fieles” empresarios, mafiosos y altos prelados los miles de millones que concentra el estado vaticano con su propio banco. Descarada cara opuesta del hambre de millones de seres humanos que claman con dolor, junto a harapientos religiosos que los acompañan en la esperanza de un mañana diferente.

Los hechos de la conmovedora historia del continente americano tienen mucho de esa lucha intestina de la iglesia católica. Aquí se bendijeron devastadoras campañas colonizadoras que produjeron inaceptable genocidio del hombre natural de estas tierras. Mientras, hombres de esa misma iglesia protegían con fe y su propia vida lo poco que quedaba de esa cultura americanista. De allí surgen dorados ejemplos de mujeres y hombres consagrados santos,  que perduran en la memoria colectiva de cada pueblo en la actual América Latina.

Nada ha cambiado en nuestros tiempos, por el contrario, hay aspectos igualmente graves. La pedofilia sobresale en forma virulenta con la misma vileza e impunidad de siempre. La diferencia es la madurez de la humanidad en saber de sus derechos, de no callar y de utilizar ese conocimiento generalizado que implica en el mundo el rol de los medios de prensa. Por eso que el mundo supo lo ocurrido entre 1984 y el 2002 en la ciudad norteamericana de Boston, donde un arduo y comprometido trabajo periodístico del diario The Boston Globe acusó a la Arquidiócesis de Boston y a su máxima autoridad, el arzobispo Bernard Law de encubrir los abusos de decenas de sacerdotes pedófilos sobre cientos de niños.

El ejemplo de Boston es un punto de lo que ocurre en el resto del mundo. Inclusive en Argentina, donde los casos de pedofilia han sido igualmente graves, como abultado el número de miembros de la iglesia católica involucrados. Lamentablemente, pocos fueron los procesados, juzgados y encarcelados.

En el recuadro de nuestro país también quedan dos hechos recientes que involucran a religiosas: “las monjas del convento de General Rodríguez tratando de ayudar a ex funcionario kirchnerista a ocultar bolsones con millones de dólares; o las graves denuncias sobretorturas, autoflagelaciones o violacionesen el convento de Las Carmelitas Descalzas de Nogoyá (Entre Ríos)”.

Ahora bien en este contexto la religión católica sigue su pregonar y su presencia entre la gente. Y los motivos son igualmente fuertes, muy fuertes. Esa fe que transmiten seres humanos extraordinariamente especiales.  Muchos viven todavía, otros fallecidos transitan el camino a la santidad. Pero todos, con el ganado reconocimiento de la humanidad por sus testimonios de fe y de vivir acorde a lo que predican, amor, respeto y fe. Ellos son los ejemplos de que es posible vivir en consagración. Que para nada es una mentira eso de sentir a Jesús en cada paso que se dé en este mundo. Uno los puede encontrar entre los pobres, los enfermos y los aspectos duros de la convivencia entre los hombres. En ese sentido, uno ha tenido el honor, como muchos mendocinos, de conocer al padre Jorge Contreras. O las hermanas de la compañía de María en el monte de Chaco y Formosa junto a la indigencia de cientos de Wichies y Pilagas que sufren pobreza, mortalidad infantil y el intencional olvido de gran parte de la sociedad. En sí, de todo religioso o religiosa que predican en esos lugares que no queremos mirar y que nos dicen con conmovedora humildad que el mundo podría o debería ser diferente. Con igualdad, sin violencia y con respetuosa sensatez. Algo que se repite sin especulación alguna en aquellas zonas del mundo donde la guerra, las cuestiones fundamentalistas y la pobreza, donde predicar la palabra de Jesucristo es un desafío de vida, hasta perder la misma.

Y aquí están las dos caras de la iglesia católica. Claras y sin confusión alguna. Con un papa de origen argentino que le ha impreso un rostro diferente, más humano y al lado de lo que nunca se debería haber separado la iglesia católica  desde tiempos inmemoriales, la gente. Quizás, para muchos sectores esto no sea suficiente y se necesitan más muestras de que la iglesia ha dejado de ser eso cuestionable que por siglos le hizo mucho daño, y que prevalecerá eso otro que tanto bien la ha hecho a la humanidad. Como para entender un poco, el porqué después de todo subsiste la fe en la oscuridad de la religión católica del mundo.

Daniel Gallardo – Periodista y Productor de Estudio Cooperativa 91.7 y Diario El Ciudadano

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