Macri Larreta

agosto 23, 2016 4:58 pm

La gestión iniciada hace algo más de ocho meses encontró desafíos inmensos, marcados en parte por la realidad, pero también en gran parte por la instalación de una cultura –tal vez el éxito más grande del anterior gobierno- donde la tergiversación de valores se hizo moneda corriente y verdad por repetida, un poco a la manera goebbeliana.

La estructura de subsidios, enormemente regresiva en su concepción, y fundamentalmente en su funcionamiento, se vendió como la exégesis del progresismo, de la redistribución de la riqueza, cuando todos los análisis de números demuestran que favoreció principalmente a los más pudientes.

Pero si el macrismo mostró eficacia incuestionable en resolver una de las dos brasas calientes más acuciantes, viene fracasando estrepitosamente en la otra. Al desmontar el demencial cepo cambiario montado por Kicilloff, Moreno y su troupe –tan demencial que impedía, por ejemplo, que un niño con parálisis cerebral pudiera comprar una silla de ruedas, o el tomógrafo de uno de los hospitales más importantes de Mendoza importara los repuestos indispensables para su funcionamiento- todo salió de un modo perfecto, fue hasta ahora la gran victoria del gobierno. Pero en el otro tizón, el tema tarifario, viene quemándose los dedos de manera preocupante.

Lo interesante es ver lo que las diferencias revelan: por un lado, se trataba de una medida económica de relevancia, pero de efectos sociales menos inmediatos y perceptibles, es decir, requería una dosis menor de política. Todo lo opuesto sucede con las tarifas, que son de inmediato traslado al bolsillo.

Es que el ajuste tarifario no es solo una medida económica que busca establecer un mayor correlato con la realidad en lo que se paga por consumos energéticos esencialmente. También es una provocación al estado de anomia que impera en la sociedad, tan grato a los populismos derechosos como el que gobernó doce años con su prédica de “ampliar derechos”, dejando a un lado las obligaciones.

En una sociedad que compró a tontas y a locas ideas descabelladas hablar de ciertas ecuaciones es dar pasto a las fieras. Exponer cuales son los costos de producción, de transporte, de distribución, rentabilidad y demás pierde como en la guerra frente a un chiste bobo como el que circulaba en las redes tras el timbreo: “ring. Quién es? Soy Mauricio. Qué Mauricio? El que te aumentó los servicios”. No olvidemos que en Argentina se garantizó “el derecho a ver fútbol gratis por televisión” como una reparación histórica frente a los que habían “secuestrado los goles”, para terminar encubriendo a la mafia de la AFA que se terminó llevando miles de millones en un deporte pauperizado, sin solucionar un solo problema.

EL problema tarifario está tan enrevesado precisamente porque no es una cuestión solo de economía: es atacar una cultura de facilismo y demagogia que costará mucho más que discusiones, y además anticipa batallas por venir.

Hará falta al gobierno –y a la política sensata en general- encontrar nuevos modos de contar, de instalar los problemas en el seno de la sociedad, porque las batallas por venir serán severas, sobre todo si se reconstruye cierta oposición basada en el “modelo”.

Se trata ni más ni menos que de construir una cultura democrática y republicana, que brilló por su ausencia en la década ganada, y que parece muy lejana. No por el éxito del gobierno actual, que es solo un ciclo. Por el futuro entero y posible de la república, muchos no queremos ser Argenzuela.

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