cristina brics

noviembre 25, 2014 11:02 am

La iniciativa se define como la capacidad de hacer lo que se desea en el momento que uno lo quiere. Toda iniciativa presupone el conocimiento de la realidad concreta sobre la que se desea operar. Ya que nadie puede esperar ejercerla, si antes no ha conocido qué es lo que pasa. Y esta realidad, muchas veces en política, se concentra en las aspiraciones de los gobernados. Especialmente, en los tiempos previos a una elección. Ergo, quien quiera ganarla deberá entenderlas.

Tal es el caso de nuestra realidad nacional. Con una sociedad impulsada por un set de aspiraciones insatisfechas y, a la par, esperanzada en satisfacerlas luego del próximo recambio presidencial. En este sentido, son mayoría los que esperan que sus vidas transcurran en un ambiente de paz y de seguridad que les permita seguir progresando.

Pareciera que la palabra “progreso” se encuentra en el meollo de esta cuestión. Si bien ella por muchos años significó algo -políticamente- sencillo: los deseos de progresar a través de una mejor educación o de los esfuerzos del trabajo individual. Hoy, su significado ha mutado. Especialmente, cuando se lo engloba bajo el rótulo de “progresismo”. De hecho, un movimiento cultural que ha devenido en una suerte de santos y señas que permiten distinguir a una persona moderna de un retrógrado.

Se es progresista cuando no sólo se está a favor de la plena vigencia de los derechos civiles, sino cuando se favorece, por ejemplo, al matrimonio igualitario. O cuando no sólo se propugna el respeto a las garantías individuales en los procesos judiciales, sino cuando se pide la simple abolición de la represión y del castigo como concepto penal. Hoy, pareciera que todo político no tiene más remedio que titularse como progresista. Sin embargo, no debería caer en la trampa dialéctica planteada por los progresistas del oficialismo, quienes usan las banderas del progresismo sólo para encubrir su ineficiencia por crear verdaderas condiciones de progreso. Porque, si bien nuestra sociedad se sabe y se dice “progresista”, también intuye que serán necesarias medidas de autoridad para restablecer las condiciones morales, legales y operativas necesarias para un sano progreso.

Igualmente, a nivel regional, esta verdad se verifica. Es, concretamente, México el país que se encuentra en una encrucijada similar a la nuestra. La de progresar realmente o la de seguir prisionero de las mafias enquistadas del narcotráfico, la complicidad policial y la corrupción política, bajo el manto de un falso progresismo que todo lo tolera.

En el plano internacional, no cabe duda de que quienes realmente han progresado son aquellas sociedades que han logrado vivir según el imperio de la ley. Las que muestran orgullosa al mundo su “manera de vivir” como un ejemplo a seguir. Aunque, a veces, la misma presente altos costos a pagar, pero que sin ellos el progreso real no es posible de lograr y se transforma en una simple declamación progresista para beneficio de los políticos ineficientes.

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