ciudadanodiario.com.ar
De desafíos, insultos y amenazas
Cargando...
Por Redacción

De desafíos, insultos y amenazas



Son bastante conocidas las normas con las que el General don José de San Martín instruyera a su hija Mercedes. No lo son tanto las duras consignas que les impusiera al cuerpo de oficiales de su Ejército Libertador.


Por ejemplo, entre estas últimas se leen las conductas consideradas inaceptables en un oficial, tales como: no admitir un desafío, sea justo o injusto, o no exigir satisfacción cuando se halle insultado.


Un cínico nos podría argumentar que tales conductas están, por estos días, fuera de época, demodé. Probablemente, esto sea sociológicamente cierto. Pero nos preguntamos qué es lo que pasa cuando el insultado en cuestión es el presidente en ejercicio de un Estado nacional y quien le profiere el insulto es, nada más ni nada menos, que otro jefe de Estado.


Antes de dar una respuesta concreta a este dilema veamos una pequeña historia. Si bien los romanos premiaban al soldado que hería de muerte a un jefe enemigo en un combate, mutatis mutandi, las leyes de la guerra fueron consagrando la intangibilidad de los mandos enemigos. En las épocas de las guerras napoleónicas –que eran las de San Martín– no era extraño que tras una batalla, jefes vencedores y vencidos compartieran una comida, cuando no una amena tertulia.


Más cerca en el tiempo, durante la Segunda Guerra Mundial –todo un ejemplo de violencia extrema– hay muy pocos registros de intentos por parte de los Aliados y de los integrantes del Eje por, no ya asesinar a un comandante enemigo, sino la de que hayan pronunciado discursos en los que se insultaran.


Hubo que esperar la llegada de la ética revolucionaria marxista para reemplazar a las viejas categorías de amigo/enemigo por las más perversas de inocente/culpable. Al enemigo, se lo puede combatir y respetar, todo al mismo tiempo; no así al culpable, que es merecedor tanto de la pena como del escarnio.


Tales parecen ser los parámetros del presidente de la República Bolivariana de Venezuela, Nicolás Maduro, y de su vicepresidente ejecutivo, Diosdado Cabello, quienes han tratado a nuestro Presidente de cobarde y de ladrón en ocasión de hacerlo responsable del destrato a su canciller en ocasión a su frustrada visita a la cumbre del Mercosur.


Hasta aquí, podríamos argumentar que sólo se ha tratado de una nota de color a las que nos tienen acostumbrados los líderes caribeños de falsas revoluciones. Malas imitaciones de las trágicas del pasado.


El problema es que al insulto, Maduro y Cabello le han sumado la amenaza. Una que no puede ser tomada en vano. Pues, han prometido que los días de nuestro Presidente se encuentran contados.


Llegado a este punto, a nosotros los argentinos, vale decir los gobernados por Macri y por tanto parte interesada, nos cabe interrogarnos si esta amenaza es sólo un deseo o si el dictador bolivariano está dispuesto a llevarla a los hechos.


Hasta podría darse el caso de que la dictadura venezolana usara este incidente para provocar un casus belli (motivo de guerra) a la distancia con nuestro país para desviar la atención de sus múltiples problemas internos de los que parecen estar bien surtidos.


Sospechas al respecto no nos faltan. Veamos. No son precisamente pocos los militares venezolanos que realizan cursos –militares y civiles– en nuestro país. Tampoco han faltado los envíos de dinero en efectivo, como lo evidencia el incidente –aún no aclarado– de la famosa valija de Antonini Wilson.


Ergo, no le faltan al venezolano medios para cumplir efectivamente sus incendiarias palabras. Todo sin mencionar las fundadas sospechas de sus manejos espurios mediante los tentáculos del narcotráfico, ya sea a través de sus parientes como de sus generales.


Como si todo esto fuera poco, hay quienes sospechan de que hubo una pata venezolana en la precipitada muerte del fiscal Alberto Nisman. Algo que adquiere sentido si reconocemos que Venezuela es el principal socio estratégico sudamericano de Irán, precisamente, el país al que las investigaciones del fiscal señalaban como responsable del atentado contra la mutual AMIA.


Ante este cuadro de situación, la más elemental prudencia política nos aconseja lo siguiente:


1º) Exigirle al gobierno de la República Bolivariana de Venezuela el respeto de la Convención de Viena y que garantice la inmunidad y la seguridad del personal de nuestra legación diplomática.


2º) Denunciar y rechazar por improcedentes las palabras, acusaciones y amenazas proferidas por el presidente Maduro. Consecuentemente, demandar la correspondiente rectificación o ratificación de las mismas.


3º) Adoptar medidas de contrainteligencia destinadas prevenir cualquier intromisión de la República Bolivariana de Venezuela en nuestros asuntos internos.


4º) Evaluar la aplicación de sanciones institucionales, económicas o del tipo que sea necesario a la República Bolivariana de Venezuela.


Seguramente, habrá ante la dureza de estas medidas, quienes sostengan que lo mejor es matarlos a los venezolanos con la indiferencia. Y que nada serio pasará.


Al respecto, les decimos a estos consejeros –usando el lenguaje futbolístico– que ya nos hemos comido varios amagues en materia internacional. Como fueron las victorias del No en el referéndum colombiano y de Donald Trump en las elecciones norteamericanas y la condena por parte de la ONU y de la OEA del encarcelamiento de Milagro Sala.


Creo que esta vez la seriedad de la situación nos obliga a dejar de lado los consejos pacifistas de la filosofía Zen que parece estar de moda en esta Administración, para adoptar una sana postura basada en el más crudo de los realismos políticos. No hacerlo podría tener consecuencias nefastas para nuestro país y para su gobernabilidad.


comentarios

Compartir en facebook
Compartir en twitter

De desafíos, insultos y amenazas

Son bastante conocidas las normas con las que el General don José de San Martín instruyera a su hija Mercedes. No lo son tanto las duras consignas que les impusiera al cuerpo de oficiales de su Ejército Libertador.

Por ejemplo, entre estas últimas se leen las conductas consideradas inaceptables en un oficial, tales como: no admitir un desafío, sea justo o injusto, o no exigir satisfacción cuando se halle insultado.

Un cínico nos podría argumentar que tales conductas están, por estos días, fuera de época, demodé. Probablemente, esto sea sociológicamente cierto. Pero nos preguntamos qué es lo que pasa cuando el insultado en cuestión es el presidente en ejercicio de un Estado nacional y quien le profiere el insulto es, nada más ni nada menos, que otro jefe de Estado.

Antes de dar una respuesta concreta a este dilema veamos una pequeña historia. Si bien los romanos premiaban al soldado que hería de muerte a un jefe enemigo en un combate, mutatis mutandi, las leyes de la guerra fueron consagrando la intangibilidad de los mandos enemigos. En las épocas de las guerras napoleónicas –que eran las de San Martín– no era extraño que tras una batalla, jefes vencedores y vencidos compartieran una comida, cuando no una amena tertulia.

Más cerca en el tiempo, durante la Segunda Guerra Mundial –todo un ejemplo de violencia extrema– hay muy pocos registros de intentos por parte de los Aliados y de los integrantes del Eje por, no ya asesinar a un comandante enemigo, sino la de que hayan pronunciado discursos en los que se insultaran.

Hubo que esperar la llegada de la ética revolucionaria marxista para reemplazar a las viejas categorías de amigo/enemigo por las más perversas de inocente/culpable. Al enemigo, se lo puede combatir y respetar, todo al mismo tiempo; no así al culpable, que es merecedor tanto de la pena como del escarnio.

Tales parecen ser los parámetros del presidente de la República Bolivariana de Venezuela, Nicolás Maduro, y de su vicepresidente ejecutivo, Diosdado Cabello, quienes han tratado a nuestro Presidente de cobarde y de ladrón en ocasión de hacerlo responsable del destrato a su canciller en ocasión a su frustrada visita a la cumbre del Mercosur.

Hasta aquí, podríamos argumentar que sólo se ha tratado de una nota de color a las que nos tienen acostumbrados los líderes caribeños de falsas revoluciones. Malas imitaciones de las trágicas del pasado.

El problema es que al insulto, Maduro y Cabello le han sumado la amenaza. Una que no puede ser tomada en vano. Pues, han prometido que los días de nuestro Presidente se encuentran contados.

Llegado a este punto, a nosotros los argentinos, vale decir los gobernados por Macri y por tanto parte interesada, nos cabe interrogarnos si esta amenaza es sólo un deseo o si el dictador bolivariano está dispuesto a llevarla a los hechos.

Hasta podría darse el caso de que la dictadura venezolana usara este incidente para provocar un casus belli (motivo de guerra) a la distancia con nuestro país para desviar la atención de sus múltiples problemas internos de los que parecen estar bien surtidos.

Sospechas al respecto no nos faltan. Veamos. No son precisamente pocos los militares venezolanos que realizan cursos –militares y civiles– en nuestro país. Tampoco han faltado los envíos de dinero en efectivo, como lo evidencia el incidente –aún no aclarado– de la famosa valija de Antonini Wilson.

Ergo, no le faltan al venezolano medios para cumplir efectivamente sus incendiarias palabras. Todo sin mencionar las fundadas sospechas de sus manejos espurios mediante los tentáculos del narcotráfico, ya sea a través de sus parientes como de sus generales.

Como si todo esto fuera poco, hay quienes sospechan de que hubo una pata venezolana en la precipitada muerte del fiscal Alberto Nisman. Algo que adquiere sentido si reconocemos que Venezuela es el principal socio estratégico sudamericano de Irán, precisamente, el país al que las investigaciones del fiscal señalaban como responsable del atentado contra la mutual AMIA.

Ante este cuadro de situación, la más elemental prudencia política nos aconseja lo siguiente:

1º) Exigirle al gobierno de la República Bolivariana de Venezuela el respeto de la Convención de Viena y que garantice la inmunidad y la seguridad del personal de nuestra legación diplomática.

2º) Denunciar y rechazar por improcedentes las palabras, acusaciones y amenazas proferidas por el presidente Maduro. Consecuentemente, demandar la correspondiente rectificación o ratificación de las mismas.

3º) Adoptar medidas de contrainteligencia destinadas prevenir cualquier intromisión de la República Bolivariana de Venezuela en nuestros asuntos internos.

4º) Evaluar la aplicación de sanciones institucionales, económicas o del tipo que sea necesario a la República Bolivariana de Venezuela.

Seguramente, habrá ante la dureza de estas medidas, quienes sostengan que lo mejor es matarlos a los venezolanos con la indiferencia. Y que nada serio pasará.

Al respecto, les decimos a estos consejeros –usando el lenguaje futbolístico– que ya nos hemos comido varios amagues en materia internacional. Como fueron las victorias del No en el referéndum colombiano y de Donald Trump en las elecciones norteamericanas y la condena por parte de la ONU y de la OEA del encarcelamiento de Milagro Sala.

Creo que esta vez la seriedad de la situación nos obliga a dejar de lado los consejos pacifistas de la filosofía Zen que parece estar de moda en esta Administración, para adoptar una sana postura basada en el más crudo de los realismos políticos. No hacerlo podría tener consecuencias nefastas para nuestro país y para su gobernabilidad.

comentarios

Login