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noviembre 4, 2016 6:34 am

La paz, no cabe duda, es la condición necesaria para relaciones internacionales sanas. En este sentido, casi todas las teorías políticas han hecho de ella su paradigma, aunque no siempre todas ellas hayan concluido de qué se trata la paz.

Para los clásicos, desde Cicerón hasta San Agustín, la paz es la tranquilidad en el orden y está en relación directa con la justicia. Vale decir que si cada uno no recibe lo que se merece, no puede haber justicia, tampoco paz.

Más, como hemos dicho, esta gran palabra no es un concepto unívoco, pues hay quienes creen que la misma no es fruto de la concordia, sino que puede imponerse acorde a una idea determinada. A los primeros, en las relaciones internacionales, se los conoce como realistas, a los segundos como idealistas.

Para hacer corta una historia larga, podemos argumentar que entre los idealistas modernos destacan los denominados impulsores de las ideas del presidente norteamericano Woodrow Wilson, a la sazón denominados en la jerga académica como los “wilsonianos”.

Sucede que al mencionado presidente le tocó en suerte, como uno de los principales vencedores, las condiciones de la paz, al término de la Primera Guerra Mundial, al efecto, reunidos en el conocido Palacio de Versalles.

Para Wilson, la paz era una cuestión vinculada con los sistemas políticos. Para él, los monárquicos –que en esa época eran mayoría– eran belicistas y los democráticos pacifistas. Sostenía que nunca en la historia humana dos democracias se habían ido a la manos.

Más allá del simplismo del presidente norteamericano, que la historia se ha encargado muy bien de desmentirlo –pues son varios los casos concretos que contradicen su teoría–, más allá de su peculiaridad, hoy es importante porque ha sobrevivido a su creador.

Lo ha hecho bajo la forma conocida, en el país del Norte, como las teorías sustentadas por los neoconservadores. Un grupo político que, organizado como el think tank American Enterprise y que supo asesorar al presidente George Bush junior, le diera letra para que éste invadiera primero Afganistán y luego Irak tras los atentados terroristas del 11S.

La saga es por todos nosotros conocida. La remolacha de la democracia no prendió en ninguno de esos lugares. Todo lo contrario, el esfuerzo norteamericano por imponerla a punta de bayoneta, no ha hecho más que exacerbar las tendencias políticas más extremistas.

Lamentablemente, la saga no termina ahí, pues el actual presidente Barak Obama volvió a apelar a estas ideas en las emergencias de Siria y Libia, con los resultados conocidos.

Pero, como si lo anterior no fuera poco, fue la persona de su secretaria de Estado, la señora Hillary Clinton, la principal impulsora de estas ideas bajo la remozada forma de las mal denominadas “intervenciones humanitarias”.

Llegado a este punto nos preguntamos quién sería más peligroso para la paz del mundo, si el bizarro candidato Donald Trump o su competidora, la siempre políticamente correcta Hillary Clinton.

Del primero sólo conocemos las excentricidades que la prensa del establishment norteamericano ha difundido en forma más que profusa. Todo lo demás, vale decir, las ideas del candidato millonario, son un misterio para nosotros. Pero, en el caso de Hillary no hay duda alguna respecto de su visión del mundo, ya que ella misma lo ha reconocido, comparte la idea wilsoniana de que la paz puede imponerse con arreglo a un sistema político y lo que es más importante, manu militari.

Como ferviente progresista que es, ella reivindica la teoría conocida como el Derecho de Proteger, o de las Intervenciones Humanitarias, que habilitan a las grandes potencias a intervenir en lugares en los que, a su criterio, no se respetan los derechos humanos de la población nativa.

Una teoría que suena muy bien, pero que en la práctica se ha demostrado desastrosa, como lo fue en el caso de Libia, hoy convertida entre otras cosas, por su utilización, en un Estado fallido.

Y en cual la entonces secretaria Clinton tuvo no sólo un rol protagónico, sino uno clandestino que colaboró con la muerte del embajador de su país en Libia cuando ella misma desaconsejó su evacuación para que se cumplieran sus planes políticos.

El próximo martes, tras la elecciones norteamericanas, se develará el misterio de quién guiará los destinos de esa potencia, posiblemente, la única con un alcance realmente global. Ergo, no es descaminado que nos interesemos por quien la conduzca.

Si fuera Donald Trump, al menos podríamos darle el beneficio de la duda, pues no lo conocemos en profundidad. Pero si fuera Hillary Clinton muy bien podríamos augurar turbulencias en la periferia del mundo. Especialmente, en Levante, África, pero también en la misma Europa.

Pues, como yapa, baste decir que la señora se ha manifestado en línea de contener el avance ruso sobre Europa y democratizar al señor Vladimir Putin, tal como antes lo había prometido y lo hizo con Muamar el Gadafi. Claro, sin contar con la pequeña diferencia de que el primero es el Zar de todas las Rusias y el segundo era el gerente de un grupo de tribus con banderas en el norte del África.
Veremos. La historia promete ponerse interesante.

Emilio Magnaghi

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