PUTIN CRISTINA NOTA MARTIN

junio 21, 2016 7:32 pm

La voz de Cristina sonaba solemne por la cadena oficial: prometía “comunicarnos entre ambos pueblos sin intermediarios y para transmitir los valores propios”. Su interlocutor era Vladimir Putin, desde Rusia, quien consideró que la utilización de la información se transformó en “un arma terrible que permite manipular la conciencia social”, agregando que las “guerras de la información y el monopolio a la verdad, son indicios que caracterizan al momento actual”. Juntos lanzaban la incorporación a la TDA (Televisión Digital Abierta) del canal RT (Rusia Today), y a ambos se los veía pletóricos.

Claro, mucho se había hablado del “Modelo nacional y popular de matriz diversificada con inclusión social”, pero nadie acertaba a definirlo correctamente, sobre todo con la destrucción de las economías regionales, la pérdida de la soberanía energética, las marchas y contramarchas con YPF –que la nacionalizamos, que se la damos a un amigo, que asociamos a la multinacional norteamericana Chevron Texaco- y la decadencia industrial.

Tal vez la clave estuviera en ese romance con la vieja madre Rusia, que a la luz de los últimos hechos parece también madre del “modelo”. Veamos: cuando explotó la vieja Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas un grupo de ex jerarcas del politburó y de la todopoderosa y temible KGB literalmente se quedaron con el país, privatizándose las empresas, los recursos, llenando el mundo de una pléyade de millonarios que salieron a comprar lo que pudieran, desde clubes de la Premier League inglesa hasta la mítica isla de Skorpios, en el mar Egeo, propiedad de la familia Onassis, otrora el nombre propio del dinero en el planeta.

Claro, es difícil comparar la Argentina con Rusia. Aquel es el país tal vez más rico del mundo, tiene en su mano la energía que alimenta a Europa, junto a las reservas más portentosas de todo lo que uno imagine. Encima también tienen un aparato militar desmesurado, por lo que mete miedo por donde se mire.

Pero parece que Néstor perfeccionó el modelo, hizo una especie de upgrade a la criolla. A la luz de los pedazos de la Argentina que estalló en 2001, montado del aparato peronista bonaerense, desembarcó desde el sur con sus propios aliados, y configuró un país donde los resortes de la economía se enfocaron en el enriquecimiento desmesurado de sus capitalistas amigos, de la mano del Estado generoso en prebendas, negociados y retornos.

Los nuevos millonarios no tienen tanto como para competir con los rusos, pero se compraron todo lo que pudieron, y la duda central está dada en saber si son dueños o testaferros. Sólo le falló el sueño de eternidad, y sobró torpeza como para esconder adecuadamente el lado oscuro del modelo. Sí logró una justicia cooptada que archivaba denuncias y cajoneaba expedientes, y un Congreso donde nunca debió comparecer un ministro, pero por suerte quedó un sector de la política que no paró de denunciar –Carrió, Stolbizer, Solanas- y una parte de la prensa que cumplió con su rol -ergo siguió siendo prensa: mostró lo que el poder quiere esconder-. El resto se transformó en otra cosa, la propaganda no es prensa ni periodismo.

Afortunadamente, la verdad comienza a ver la luz; el festival de arrepentidos no se detendrá, y con tiempo y paciencia iremos sabiendo la qué pasó.

A no desesperar. Por suerte no somos Rusia.

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