noviembre 21, 2014 9:00 am

Se puede mentir a pocos, mucho tiempo y a muchos, poco tiempo; pero no se puede mentir a todos, todo el tiempo. Esta frase que es atribuida a Abraham Lincoln pareciera haberse quedado corta y desactualizada. La revolución en las comunicaciones y la cantidad de medios que actualmente permiten el acceso a la información, está haciendo que una mentira no se pueda sostener por mucho tiempo, independientemente de la cantidad de gente a la que se pretenda engañar.

Es cierto también que en esta nueva era tecnológica, el gran volumen de información que se maneja complica el análisis y la comprensión. Pero las personas se van adaptando y, cada vez más, reclaman conocer y saber con mayores detalles e indagar sobre cualquier tema en particular, diferentes puntos de vista y, sobre todo, acerca de aquellas cosas que afectan su vida y su relación con el mundo que las rodea. Esto ha cambiado al mundo. Hoy, afortunadamente, se está haciendo muy difícil engañar a unos pocos, incluso por poco tiempo. Y aunque no es un mérito del periodismo, sino de la tecnología y el interés de la gente, los periodistas tienen mucha responsabilidad en ello.

Atender el interés de la gente

Por un lado observamos cómo, frecuentemente, una información atrapa el interés de la gente, a través de los distintos medios de comunicación y, principalmente, de las redes sociales, traspasando las prioridades y agendas de los políticos desorientados que no alcanzan a comprender; porque creen, erróneamente, que pueden instalar relatos a su antojo y conveniencia. La mayoría de las personas tiene acceso a la información con sólo proponérselo y, a veces, la tenacidad de las redes sociales hace que las noticias le lleguen sin necesidad de hacer una rutina de la voluntad de informarse.

Por otro, vemos que el gran volumen de información hace que, para el ciudadano común, resulte muy complejo –y a veces imposible-, entender la intrincada trama de acontecimientos en la que se mezclan expresiones como: lavado de dinero, holdouts, fondos buitres, default, ruta del dinero, fondo MNL, empresas fantasmas, paraíso fiscal, juzgado de Nevada o de Nueva York. Más complicado aún se hace comprender la relación que existe entre una deuda impaga con acreedores de la peor calaña y, a su vez, cómo tiene que ver esto con la corrupción estatal y el lavado de dinero de empresas nacionales o transnacionales, también de la peor calaña.

Si bien algunas personas –muy pocas- se encuentran capacitadas para evaluar gran parte de la información disponible, la mayoría, por falta de tiempo o conocimiento se ha acostumbrado a fiarse del análisis y evaluación que hace el periodismo. Consumen según su confianza.

Por eso los periodistas, hoy más que nunca, son conscientes que el valor más importante a preservar es la credibilidad de la información que ofrecen y la objetividad de sus análisis. Un rating exitoso puede desmoronarse en el momento en que la realidad contradiga su información y eso hoy ocurre con una velocidad impiadosa.

Explicar la realidad

Esto hace dudar, cada vez más, de la eficacia de la propaganda como herramienta política. El periodismo militante o propagandístico -del signo que fuere-, rápidamente pierde credibilidad. La realidad se encarga de refutarlo en muy poco tiempo. Los periodistas que contradicen la realidad se quedan rápidamente sin público. El fracaso de ese tipo de periodismo no se debe a la incompetencia de los que lo ejercitan –que puede ser mucha o poca-, se debe su peligrosa subestimación de la inteligencia de la gente.

Siempre el periodismo ha investigado, informado y explicado la realidad. Esto no es nuevo. Desde el ya legendario escándalo de Watergate (1972), en el que dos periodistas del Washington Post (Carl Bernstein y Bob Woodward), con su obstinada investigación lograron desentrañar una compleja trama de violaciones a las leyes federales, espionaje y complicidades con el poder, que terminó con la renuncia del presidente Richard Nixon, el 9 de agosto de 1974, asistimos a una nueva generación de equipos periodísticos, que son capaces de investigar y describir espinosos enredos políticos.

Hoy, el rol de explicar la realidad a partir de la interpretación de los hechos, se ha vuelto más necesaria y aquellos periodistas que tienen la capacidad de contar, en forma llana y veraz, la relación que existe entre los números abrumadores de la economía, las escabrosas tramas de la ilegalidad y el comportamiento a veces enigmático de los políticos, resultan ser los que mejor responden a la demanda del público.

Por eso creemos que la defensa de la libertad de prensa en este tiempo no sólo es un derecho constitucional, sino que sobre todo, es un llamado a la cordura. Debemos defenderla para proteger la verdad a través del conocimiento de los hechos tal cual son y desde la mayor cantidad de perspectivas posible. Para desechar la mentira y rechazar la falsificación de la historia que intentan a veces los relatos interesados.

El periodismo cumple hoy un rol inestimable al descubrir maniobras fraudulentas o intrincadas rutas del dinero producto de fechorías y al sacar a la luz los oscuros laberintos delictivos que teje la corrupción; para que todo el mundo lo entienda y juzgue, según su propia razón y sus propios parámetros de honestidad.

Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional “Santa Romana”. Autor de El Momento es Ahora y El ABC de la Defensa Nacional.

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