Congreso

abril 29, 2016 4:46 pm

En la política, como en muchos otros aspectos de la vida, se sabe como comienzan las cosas, pero es difícil entrever cómo terminan. Aunque siempre estarán a la mano del interesado diversas metodologías para develar este tipo de incógnitas.

En el caso del actual proceso político argentino, por ejemplo, se puede apelar a otros similares en desarrollo o desarrollados en otras latitudes. En nuestra última entrega, ya sostuvimos que no fuimos y que tampoco podemos ser Brasil.

Nos toca hoy analizar esto a la luz de lo que algunos se han atrevido en calificar como el mani pulite argentino, por sus similitudes por el original ocurrido en Italia en la década de los 90.

La comparación no parece exagerada, al menos en principio, puesto que siempre se ha reconocido a lo italiano como un fuerte ingrediente de nuestra personalidad nacional. Veamos.

Concretamente, el proceso italiano se inició en 1992, en la ciudad de Milán, cuando el fiscal Antonio Di Pietro descubrió una red de corrupción que implicaba a los principales grupos políticos y empresariales de su república.

Pronto quedó en claro la gravedad de la situación que salía a la luz. Y que la misma no se circunscribía solo a la próspera ciudad del norte de Italia, sino a toda Italia. En pocas palabras, los políticos más destacados del país eran financiados por los mayores empresarios a cambio de favores administrativos.

La situación pronto se agravó cuando los medios de comunicación social y la opinión pública comenzaron a tomar cartas en estos asuntos ante lo que juzgaban como una cierta lenidad en la actuación de la Justicia. Algo que se agudizó cuando a finales de 1992 la clase política realizó varias tentativas para desprestigiar a los fiscales investigadores.

Las consecuencias políticas no se hicieron esperar y los partidos tradicionales perdieron las elecciones de 1993, en favor de grupos radicalizados de derecha como la Liga Lombarda y la izquierda radical.

Finalmente, un empresario desconocido, Silvio Berlusconi, se presentó y ganó las elecciones de 1994. Luego, varios de los políticos acusados por los procesos mani pulite fueron declarados prófugos de la Justicia.

Fin del capítulo italiano. Vamos por el nuestro

Antes de pasar a las comparaciones conviene recordar que en todo proceso doloroso, y este lo es, según los estudios de la doctora Elisabeth Kübler-Ross, se verifican cinco etapas. A saber: la de la negación, la de la ira, la de la negociación, la del dolor y la de la aceptación final.

Al parecer, los argentinos ya vivimos las dos primeras de ellas, pues la administración gubernamental anterior dedicó tiempo y esfuerzo para negar todo con los razonamientos de su conocido relato. Y nos encontramos, ahora, en la segunda de ellas, matizando el enojo con algo de asombro.

Lógicamente, deberíamos –próximamente– comenzar a transitar la tercera etapa, la de la negociación. Si es que ya no estamos francamente en ella, ya que no son pocas las voces que hablan de lo que denominan una “línea de corte” que condene a algunos y salve a otros. Vale decir, de un intercambio de favores y de acuerdos entre acusadores, acusados reales y acusados potenciales.

No podemos dejar de tomar conciencia respecto de que todo puede muy bien complicarse, ya que, como en el caso italiano, es lógico deducir que los medios y la opinión pública tendrán un rol nada despreciable en la resolución de las múltiples negociaciones que se están desarrollando.

Tampoco, llegado a este punto, se pueden descartar la ocurrencia de episodios propios de la cuarta etapa, que es la del dolor, tal como sucedió en Italia con los asesinatos de los jueces Giovanni Falcone y Paolo Borsellino. Más aún si contabilizamos a la muerte del fiscal Alberto Nisman como un hecho anticipatorio de esta etapa.

Como vemos, nada resulta ser lineal y las diferentes etapas se superponen y se entremezclan dada la gran variedad actores e intereses en juego. Por ello, tal vez, convenga ir directamente al final. Vale decir, a tratar de entrever cómo termina todo este enredo.

En este sentido, no nos parece exagerado sostener que si la denominada mani pulite argentina no termina bien, o dicho en otros términos, como un número determinante de argentinos espere que termine –lo que en buen romance significa, con varios políticos y empresarios presos–, no sería extraño que nos encontremos con nuestro propio Berlusconi a la vuelta de la esquina.

Ya en el 2001 tuvimos nuestra propia edición con aquel famoso “que se vayan todos”. En definitiva, nada serio pasó en ese sentido porque buena parte de nuestra clase política captó el mensaje y buscó –o, al menos, entendió– que debía diferenciarse de las prácticas de la vieja política.

Lamentablemente, a varios años de esos sucesos, bien podríamos repetir lo que le decía Tancredi a su tío Fabrizio, ambos personajes de la famosa novela Il Gatopardo, de Giuseppe de Lampedusa: “Si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie”.

Esperemos que esta vez nuestras clases política, judicial y empresarial entiendan el mensaje de la ciudadanía en el sentido de que es estrictamente necesario que algo efectivamente cambie. No para que todo siga igual, como parece ser nuestra mortal costumbre, sino para avanzar en el fortalecimiento de las instituciones fundamentales de la República.

Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.

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