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abril 27, 2016 3:27 pm

No es la primera vez que El Ciudadano brinda un espacio a quienes asumen el deporte social como herramienta de inclusión real. La historia de hoy nos habla de un club ubicado en el kilómetro 14 de la Ruta Panamericana, en Chacras de Coria, Luján, el que debe su nombre al mismo paisaje en el que se halla inserto, aunque con algunas modificaciones ya que, según el profesor Diego Romero, “esa zona ha crecido mucho”.

Del abandono al movimiento

Romero, uno de los responsables de poner en movimiento la entidad, junto al profesor Ricardo Cortez, con quien comparte no sólo el proyecto, sino también los valores deportivos. “El Club se fundó en 1951, pero en los últimos años estaba sin actividad y abandonado a su suerte. No había organización que se hiciera cargo de mantenerlo, por eso nosotros fuimos a hablar y propusimos la idea de convocar a chicos y empezar con las inferiores”, dice el profe.

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Diego tiene un pasado futbolero en clubes mendocinos y también en Buenos Aires, donde jugó hasta que un problema familiar lo trajo de vuelta a Mendoza, el lugar que lo vio nacer como deportista y luego como profesor barrial, dedicado no sólo a entrenar, sino también a transmitir sus conocimientos a más de 80 niños y adolescentes de la zona.

Una nueva página

“Con el otro profe (Cortez) trabajábamos en distintos clubes, pero deseábamos tener nuestro proyecto y también dar a conocer lo que queremos hacer a futuro”, explica Romero sobre esta actividad que los mantiene ocupados y por la cual los chicos y adultos pagan una cuota mínima para poder ser parte y, como explica, “para poder seguir adelante”.

Si bien llevan menos de un año trabajando con la escuela de fútbol, le pedimos al profesor que nos cuente sus inicios. “Empezamos a armar un grupo y después vinieron los encuentros, luego los campeonatos, y se fueron sumando más chicos de Chacras de Coria, Blanco Encalada y Luján. Armamos las categorías 97, 98 y 2000, que es la más complicada, porque en muchos casos son chicos que habían jugado bien y que no habían quedado en los clubes en los que comenzaron. Por eso es más difícil que se sientan parte del club, por lo que muchas veces son dejados de lado y dejan de jugar”, explica, y cuenta cómo desde el Viñas y Sierras salieron a reclutar a los adolescentes que estaban alejados de la actividad deportiva.

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Algo novedoso de este club es que no sólo se aboca a enseñar y entrenar a los niños y adolescentes, ya que también se arriesga con los más grandes. “También hemos armado una primera que va de los 18 a los 37 años”, cuenta el profesor sobre la categoría que también los ha sorprendido, sumada a la reserva, que incluye a chicos de entre 15 y 17 años y es a una a las que le están apostando mucho a través de la organización y participación en torneos y encuentros.

Equipos de primera, siempre

Diego explica que esta idea de integrar e incluir a través del deporte la comparte no sólo el equipo de su club puertas adentro, sino también con muchos otros profesores que reconocen que la falta de ingresos y los costos altos les impiden muchas veces participar de los torneos de la Liga Mendocina de Fútbol.

“Nosotros no tenemos categorías unificadas y a veces tampoco tenemos plata para pagar planillas, arbitro y planillero, eso es caro. Por eso nos metemos en torneos cortos”, relata con algo de desazón, y aprovecha para contar sobre las ideas que tienen para un futuro no muy lejano: “Nuestro proyecto es hacer una liga para esos chicos que pertenecen a escuelas como la nuestra, que nos permita viajar y que ellos sientan que son jugadores de un club de primera”.

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“Hay muchos profes a los que les gustaría tener su equipo, dirigir y sentirse un director técnico con ayudante de campo y que los jugadores se sientan de primera”, asegura Romero.

El fútbol como contención

Tanto Romero como Cortez tienen experiencia en el trabajo con niños y jóvenes, la que ha llegado a sus vidas por la gran cantidad de situaciones buenas y otras no tanto que les ha tocado vivir. “He tenido chicos que eran maltratados física y psicológicamente por sus padres, a quienes en sus casas les decían que no servían para nada… Esas experiencias nos llevan a hacer un trabajo de contención, incluso a ser muchas veces más un psicólogo que un profesor”, relata Romero, y agrega una satisfacción personal: “Yo veo que desde que hemos empezado con la escuela contenemos a los chicos porque pasan menos tiempo en la calle. Además, nosotros les exigimos, los educamos y les enseñamos valores como la disciplina y el respeto”.

Suma de voluntades

Si las organizaciones sociales y/o barriales prosperan es porque detrás de ellas hay una suma de voluntades que permiten que los sueños se materialicen. Dentro de ese grupo están los socios del club, con Daniel Benitez a la cabeza, no sólo dándoles libertad de trabajo, sino también trabajando en conjunto para que vuelva a ser un espacio de encuentro y crecimiento.

También a través del relato de Diego podemos encontrar irregularidades, como lo que sucedía en  la anterior gestión municipal de Luján, que hacía figurar una prestación de diez profesores de Educación Física en el club, cuando en realidad en la cancha no había ninguno.

Si bien les cuesta mucho más de lo que parece y que todo lo hacen a pulmón, en los últimos meses han recibido el apoyo de la Dirección de Deporte. “Hace poco ha empezado a venir Marcelo Herrera, un profe enviado por la Provincia, y si bien no entra en los campeonatos, él nos brinda un apoyo muy grande en el club, dos veces por semana. Está con las categorías más chicas, les lleva chocolatada con un alfajor y los chicos se van contentos”, cierra con satisfacción Romero.

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