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diciembre 6, 2014 4:58 pm

Los presidentes sudamericanos, en su mayoría protagnistas del llamado “giro a la izquierda”, realizaron esta semana un gesto político con la inauguración de la nueva sede de la UNASUR en Quito, al tiempo que la número uno del FMI, Christine Lagarde, pareció mostrar la contracara de esa mirada, con su presencia en un seminario en Santiago de Chile.

Los mandatarios sudamericanos se mostraron juntos e inauguraron una sede de la UNASUR para plantear la continuidad del proceso de integración en momentos en que la región enfrenta, como una amenaza, la caída de los precios de los productos primarios -sobre todo el petróleo y los derivados de la minería-.

Desde la capital ecuatoriana, la presidenta brasileña, Dilma Rousseff, admitió que la caída en los precios de los commodities tendrá un impacto en las economías productoras de América Latina.

“Siempre que los precios de los commodities caen, impacta, tanto a las mineras como a las alimenticias, impacta a los países predominantemente productores de commodities”, afirmó la mandataria.

Rousseff reconoció que “América Latina tiene una gran participación en eso” por lo que “en ese sentido, va a ser impactada por la caída de los precios”.

“Creo que el mundo entero va a ser afectado de una forma u otra. Algunos se van a ver afectados positivamente, otros negativamente en lo que se refiere a la caída de los precios, por ejemplo, del petróleo. El petróleo va a repercutir sobre varios países”, subrayó

En este sentido, el encuentro de los mandatarios pareció una respuesta política ante esa situación, en momentos en que se da un doble juego: por un lado, los partidos que sustentan el “giro a la izquierda” han sido revalidados al frente de los gobiernos, pero por otra parte se verifican cambios en el humor social.

Puede decirlo Michelle Bachelet, que llegó con holgura a consagrarse nuevamente presidenta, pero en los últimos cinco meses, en medio de una desaceleración económica, ve caer sus niveles de aprobación.

Fue justamente en Chile donde se realizó al mismo tiempo otro “gesto” pero esta vez por parte de un organismo internacional que en su momento tuvo enorme influencia en la región: el FMI.

Desde Santiago, su titular, Christine Lagarde, admitió que en el último tiempo -en el que el Fondo tuvo menor injerencia en las políticas de los países del Sur “ha sido un tiempo excitante” para América Latina.

El subcontinente “se ha desperezado y renovado económica, política y socialmente”, reconoció Lagarde.

Sin embargo, la economista francesa convocó a “rejuvenecer” los mecanismos de integración económica en la región.

“La integración comercial regional debe ser rejuvenecida”, advirtió Lagarde porque -opinó- “sus beneficios no están claros”.

Por eso, recomendó “reevaluar el enfoque actual para el comercio y crear nuevas formas de integración”.

Dijo Lagarde -en un tono más amigable que el que usaron algunos de sus antecesores al llegar a Sudamérica- que la intención del FMI es ahora “entablar un diálogo, aprender de ustedes, y aumentar nuestra comprensión de sus economías y de las preocupaciones y aspiraciones de su gente”.

“Si esta no es la Latinoamérica de (la época de) sus abuelos, tampoco es el FMI del tiempo de sus abuelas”, fue la frase elegida por la titular del Fondo para intentar lo que sería visto como un relanzamiento de la relación entre el polémico organismo internacional y los países de la región.

¿América Latina tendrá que recurrir nuevamente con más asiduidad al Fondo si comienza a atravesar un período de estrés económico? ¿La relación se planteará entonces en los mismos términos de “condicionalidad” e injerencia en las políticas económicas locales como ocurrió en las décadas del 80 y del 90? ¿La decisión de los mandatarios sudamericanos de mantenerse unidos políticamente se mantendrá en el nuevo contexto? En los capítulos por venir de esta nueva realidad estarán algunas de las respuestas

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