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junio 21, 2016 12:28 pm

Dicen que cuando llegaron los conquistadores, varios se intoxicaron al comer sus frutos. Dicen que los indígenas usaban el árbol como castigo, amarrando a la persona a su tronco y dejándola ahí para que cuando lloviera sufriera. Dicen que además los nativos envenenaban sus flechas con su savia. De hecho dicen que fue la razón de la muerte del español Juan Ponce de León, el primer gobernador de Puerto Rico, quien recibió un flechazo en una batalla cuando quiso conquistar la costa de Florida en 1521. Que eso haya sucedido es difícil de comprobar. Pero todo lo que se dice del árbol de la muerte es cierto.

El temido árbol puede alcanzar alturas imponentes. Sus ramas a veces reposan sobre la arena y te invitan a descansar sobre ellas. O si están altas, te llaman a protegerte de la lluvia o el sol bajo su sombra. Sus raíces se entierran en la arena y sus troncos a veces son el destino de las olas del mar. Sus frutos, muy parecidos a las manzanas, son aromáticos, dulces y sabrosos.

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Hasta acá todo muy bonito. Sin embargo, es una de las especies más intocables, y tiene el dudoso honor de estar registrado en el Libro Guinness de los récords como el árbol más peligroso del mundo.

Según el Instituto de Ciencias de Alimentos y Agricultura de Florida, Hippomane viene de las palabras griegas hippo, que significa caballo, y mane se deriva de manía, o locura. El filósofo griego Teofrasto (371a.C.-287a.C.) nombró así a una planta nativa de Grecia tras determinar que los caballos se volvían locos después de comérsela. Y el padre de la taxonomía moderna, el sueco Carl Linneo, le dio el mismo nombre al nocivo árbol de América. Más precisamente, al árbol nativo de Mesoamérica y las islas del Mar Caribe, que crece en las costas desde Florida, EE.UU., hasta Colombia, y en algunos lugares está marcado con cruces rojas o placas de alerta.

Los distintos nombres de la muerte

El árbol es conocido como Manzanilla de la arena y Manzanilla de playa, aunque Árbol de la muerte es quizás el apelativo que más describe su realidad. Su savia lechosa contiene el potente irritante forbol. Con sólo rozarlo al pasar, tu piel puede quedar horriblemente escaldada. Refugiarse bajo sus ramas durante una lluvia tropical también puede ser desastroso, pues hasta la savia diluida puede causar una erupción cutánea extrema. Quemar estos árboles también es mala idea. El humo te puede cegar temporalmente y causarte serios problemas respiratorios.

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Pero a pesar de que los efectos son desagradables, el contacto de la piel con este árbol tropical no es fatal. La amenaza real viene su pequeña fruta redonda, pues comérsela puede causar vómitos y diarrea tan severos que deshidratan el cuerpo hasta el punto de no retorno.

El veneno en carne propia

Alguien que experimentó eso en carne propia fue la radióloga británica Nicola Strickland, quien en 1999 se fue con una amiga a pasar sus vacaciones soñadas en la isla caribeña de Tobago. Como buena científica, describió lo que le ocurrió en el British Medical Journal, para que otros científicos estuvieran al tanto de ese grave peligro potencial.
Cuenta que vio las frutas verdes “que aparentemente habían caído de un árbol grande de tronco plateado”.

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“Mordí la fruta y tenía sabor dulce. Mi amiga también lo hizo. Momentos más tarde notamos un extraño sabor picante en nuestra boca, que progresó gradualmente a una sensación de ardor y desgarro, y una opresión en la garganta. Los síntomas empeoraron durante las dos horas siguientes hasta que a duras penas podíamos tragar alimentos sólidos pues el dolor era insoportable y por la sensación de un gran nudo que nos obstruía la garganta”.

Por suerte para ellas, a punta de piñas coladas y leche, 8 horas más tarde los síntomas orales empezaron a mermar, pero los ganglios linfáticos cervicales se volvieron muy sensibles. “Nuestra experiencia provocó un franco terror e incredulidad entre los locales. Tal es la reputación del veneno de la fruta”, señala la radióloga. “Una sola manzanita mata a 20 personas” cuentan que les dijeron en el lugar.

Historias que no son nuevas

John Esquemeling, autor de uno de los más importantes libros de consulta sobre la piratería en el siglo XVII, “Los bucaneros de América” (1678), escribió sobre su experiencia con “el árbol llamado manzanilla, o árbol de la manzana enana, cuando estuve en La Española (Haití/República Dominicana)”. “Un día, cuando estaba extremadamente atormentado por los mosquitos y jejenes, y aún ignorante sobre la naturaleza de este árbol, corté una rama para que me sirviera de abanico, pero se me hinchó y se me llenó de ampollas toda la cara, como si me hubiera quemado, a tal grado que estuve ciego por tres días”.

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Y el viernes, 16 de septiembre de 1774, Nicholas Cresswell, cuyo diario sobre sus días en las colonias británicas en América pasó a la historia, escribió: “La manzanilla tiene el aroma y apariencia de una manzana inglesa, pero pequeña, crece en árboles grandes, generalmente a lo largo de la costa marítima. Están repletas de veneno. Me han dicho que una sola manzana es suficiente para matar a 20 personas. La naturaleza del veneno es tan maligna que una sola gota de lluvia o rocío que caiga del árbol en tu piel inmediatamente causará una ampolla.N i la fruta ni la madera son de uso, hasta donde sé”.

Peligroso, pero útil

Sorpresivamente quizás, el árbol sí tiene sus usos, que recoge el Instituto de Ciencias de la Agricultura y Alimentos de Florida. El manzanillo de la playa ha sido usado para hacer muebles desde la época colonial. Se cree que su savia venenosa se neutraliza secándola al sol. Sin embargo, quienes manipulan la madera recién cortada deben ser cuidadosos.

Los nativos cubrían sus flechas con el veneno cuando iban a cazar. Hay documentos que muestran que la goma de la corteza ha sido usada para tratar enfermedades venéreas e hidropesía en Jamaica, y las frutas secas, como diuréticos. En Florida, el manzanillo de la muerte está en peligro de extinción.

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