Macri CFK

abril 9, 2016 6:29 pm

En esta democracia treintañera, frágil aún, las viejas obsesiones borgeanas nunca pierden vigencia. Aquello de la circularidad, de volver a transitar caminos conocidos, de repetir la historia –alguna vez definido como Argentina pendular- conserva una preocupante vigencia, y da lugar a conjeturas que encierran problemas del presente.

Así es que podemos señalar que venimos alternando tiempos de predominio de la política sobre la economía con otros donde la cuestión es inversa. Repasemos: en el inicio del ciclo –tiempos de Raúl Alfonsín- hubo una evidente inclinación de la balanza hacia el lado de la política. La naciente institucionalidad, la necesidad de revisar el horror, construir la memoria, pensar en un país con derechos, constituyeron el esqueleto ideológico que marcó los tiempos más allá del devenir económico. Los números ocupaban un segundo plano, y en ese sotto vocce se construyeron las trampas que desembocaron en un golpe que se llevó puesto al sistema.

Eso dio paso a una restauración liberal que llevó el péndulo hacia el otro extremo. Así es como el menemismo significó una época de predominio absoluto de la economía. Solo se hablaba de privatizaciones, de paridad cambiaria, de equilibrio fiscal, y en la memoria queda muy frágilmente constituido el imaginario político. A la luz de tiempos signados por el anunciado y nunca cumplido fin de la historia –un mundo unipolar donde, caído el bloque del este, no habría conflicto (en una lectura superficial de Hegel surgida de los tanques de pensamiento de la derecha republicana estadounidense, entonces todopoderosa a escala global), los 90 fueron años donde el hombre, más que cuerpo y alma, era cuerpo y bolsillo.

La crisis que terminó con ese modelo, ya en tiempos de De la Rúa (al peronismo casi nunca le toca pagar los platos rotos de su propia fiesta, astucia de la historia) volvió a modificar el esquema. Es así que la década larga del kirchnerismo volvió a ser un tiempo signado por la política. El discurso sobre ampliación de derechos, inclusión social, el presunto combate a las corporaciones, las “democratizaciones”, dejaron a la economía en segundo plano, y en ese lugar fue posible que ocurrieran cosas siniestras como la tergiversación de los datos, la devastación de las economías regionales, la cristalización de la pobreza a través de subsidios que, lejos de alentar la movilidad social ascendente, consagraron el status de “asistido” del pobre pero sin permitir que pueda romperse ese núcleo duro y numeroso.

Cuál será el signo de los nuevos tiempos es difícil de predecir, pero se pueden hacer especulaciones al respecto, y vale la pena ensayarlas. Es menester aclarar que, por identidad, el PRO no parece un partido preocupado por construir el predominio político e ideológico. A la luz de un partido formado por técnicos, de marcado pragmatismo –el propio presidente marca que su formación como ingeniero lo aleja de teorizaciones complejas- y preocupados por gestionar y administrar, no se vislumbra un relato que reemplace el que dominó los tiempos recientes. El discurso de institucionalidad, encarnado principalmente por Elisa Carrió y la pata radical, tropieza con cierto hartazgo social y los traspiés como el de los Panamá papers y los repetidos desaciertos de Laura Alonso.

Y si el péndulo se inclinara por el predominio de la economía, también se vislumbran tiempos difíciles. Tienen razón al afirmar que les dejaron una gran cantidad de bombas de tiempo activas. No serán fáciles los tiempos por venir, con ajustes que parecen inevitables, necesidad de fondos frescos, inversiones que si llegan no serán instantáneas, y temas cruciales como el de la energía que no parecen haberse encarado con el rumbo ni las personas correctas.

Por cualquiera de los dos tránsitos al gobierno le esperan tiempos difíciles, pensando fundamentalmente en que la necesidad de gobernabilidad es crucial para su éxito. Perder poder rápidamente sería suicida, basta para entenderlo con recordar los ochentas.

Tal vez sea tiempo de intentar el equilibrio, detener el péndulo en el medio y buscar una democracia con un fornido cuerpo político y un esqueleto económico que contemple una equidad que por ahora no se ve: se le concedió mucho a las empresas, pero casi nada a la tan mentada “gente”. Veremos si lo intentan. Ojalá que estemos listos.

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