burocracia

agosto 16, 2016 10:05 am

Ríos de tinta han corrido en los últimos años escribiendo del rol del Estado, su “recuperación”, su papel de ecualizador de derechos, hasta llegar al reciente documento gubernamental titulado “El estado del Estado”, que invita a la rima fácil que titula estas líneas.

En un plano, el ideológico, es una discusión justa y necesaria, tan valiosa como cualquier debate público de fondo y es menester respetar todas las posiciones para mantener una actitud constructiva. Pero hay otro plano, el del disgusto cotidiano, donde se pueden analizar otros parámetros, pensando en esa maquinaria enervante casi incapaz de resolver cualquier demanda ciudadana, por más mínima que sea y aunque la troupe de empleados asignados a dar solución sea innumerablemente superior a la necesaria. Ese es el Estado detestado: el incapaz de resolver nada y que se escuda en la falacia fundante de nuestra anomia, pletóricos de derechos pero carentes de obligaciones.

Ejemplos a mansalva se pueden encontrar en la visita a cualquier dependencia pública. Y a la hora de señalar responsabilidades, no está exenta nuestra alta tolerancia a la ineficiencia, ni la consabida viveza criolla; mucho menos la labilidad de la dirigencia, que premia con porciones de Estado favores recibidos o prebendas personales, pero no se puede dejar afuera a la dirigencia sindical. Por arte de magia –esa misma magia que les permite un standard de vida superior a sus ingresos, una permanencia inexplicable para los métodos democráticos, y definirse como trabajadores sin participar jamás de esa tarea-, se han transformado en defensores de la haraganería más que del trabajo.

Un ejemplo lo Ilustra: recuerdo un dirigente que hizo innumerables esfuerzos por incorporar procesos de certificación de calidad y transparencia al trabajo municipal, y luchó a brazo partido  contra una dirigencia que lo resistió a mansalva. En vano explicaba que eso sería mejor para los trabajadores, en cuanto a su calificación, su confort laboral, e incluso sus ingresos. Hoy gasta sus días en la lejana Australia, trabajando de acuerdo a esos parámetros. En su municipio los dirigentes sindicales siguen incólumes en sus puestos, mientras la comunidad languidece entre la abulia y la desidia.

Escribo estas líneas para dejar en claro que necesitamos con urgencia una dirigencia del trabajo a la altura del país que deseamos, y no el que detestamos. Me parece que cualquier cambio que no contemple este factor es imposible. El intento alfonsinista de democratización de los gremios fracasó rotundamente sin que nadie moviera un  pelo. El ejercicio de representación conlleva un compromiso que a nadie parece importar, y ello es causa fundamental del estado detestado, sin mencionar por ejemplo la doble vara: es hasta oprobioso ver como trabajadores que se desempeñan en el ámbito público y privado, se “paran de manos” contra el Estado ante cualquier cosa, mientras acatan sumisamente las reglas del otro sector. El ejemplo más pertinente son los docentes.

Más allá de la concepción del Estado que se tenga, está claro que éste no parece ser el indicado para ninguno de los casos. Basta pararse en cualquier cola de una dependencia pública para entenderlo.

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