violencia

noviembre 25, 2016 9:51 am

Por muchas causas, la sociedad argentina se ha ido acostumbrando a vivir con miedo, se ha naturalizado la actitud desconfiada y la mirada torva ante personas desconocidas y más si su apariencia no responde a nuestras curiosas pautas de ‘normalidad’. Muchos años atrás, nos asustaban los uniformes más que los rincones oscuros y aún hay quienes sienten un pequeño sobresalto ante la proximidad de un control policial, por más que sepan que tienen todo en orden.

En la actualidad, los miedos son mucho más complejos, porque a la realidad concreta de poder ser víctimas de un delito, nos invade el verdadero terror de que nos maten a nosotros o a un ser querido; si felizmente eso no acontece, nos quedan las secuelas materiales de las pérdidas y las consecuencias psicológicas de la situación traumática. Y decíamos más complejo también el temor, cuando no nos sentimos protegidos ni cómodos en presencia de la Policía, que se esfuerza en cumplir con su deber, pero que aún no recupera la confianza de la ciudadanía civil, porque la seguimos vinculando inconscientemente al pasado represivo o porque aparece, de vez en cuando, ligada a hechos de corrupción.

Delitos cada vez más violentos e irracionales han ido desplazando a lo que creíamos que era una delincuencia con códigos, aquellos tiempos en que el delincuente era ‘profesional’ y no excedía su función más allá de apropiarse de lo ajeno asustando un poco a la víctima, y si ésta se defendía y frustraba la acción no había represalias ni amenazas, simplemente emprendían la huida. Ahora la acción violenta se produce aún si el delincuente ha obtenido sin resistencia el objeto y nada impide que huya del lugar.

“El miedo no es sonso”, bien dice el refrán, nos sirve para la autoprotección, pero nos ha encerrado cada vez más en nuestro círculo cercano, rompiendo ese tejido social del cual supimos estar orgullosos y dejando como triste secuela un rejunte de individuos desconfiados, poco solidarios, nada altruistas y cada vez menos preocupados por el bienestar de los demás.

Poco nos queremos entre los argentinos porque el miedo está empezando a que nos consideremos mutuamente como extraños.

Lejos de tender a acomodarse las cosas, nos encontramos ante esa nueva tragedia social que es el llamado, jurídicamente, ‘femicidio’. Nada nuevo en la historia de la humanidad, la agresión del macho de la especie contra su compañera fue considerada como un hecho natural, homologado hasta por las caricaturas.

Hoy la frecuencia de los casos y la rapidez de su difusión realmente espanta y nos pone frente a otro factor de miedo, no ya en la calle, sino en la propia casa. Ríos de tinta y horas de cine no han mostrado infinidad de casos en el que un tipo débil y minúsculo cree afianzar su floja autoestima hiriendo o matando para sentirse superior. Las personas comunes nos preguntamos qué puede haber en la cabeza de un sujeto que golpea, apuñala, tortura, balea o hasta quema viva a una mujer con la que pensó compartir la vida, y en un momento pasa a convertirse en el peor enemigo merecedor de ser eliminado.

Cada caso de femicidio ocurrido, y los que desgraciadamente vendrán, nos hunde a los varones más y más en un extraño fango de perplejidad e incertidumbre, del que no atinamos a salir porque no sabemos para dónde ir.

Vergüenza del género sí, indignación también, pero con pocas armas en la mano para terminar con esto porque padecemos miles de años de cultura machista inculcada por las religiones y ciertas moralinas conservadoras.

He aquí otros tipos de miedos, no los que generan los peligros del afuera, sino los que moran dentro de nosotros, como varones, al comprobar nuestra pequeñez y limitaciones a las que creemos paliar con actitudes violentas, o como mujeres al no saber con qué clase de monstruo se puede estar conviviendo.

¿Habrá una salida? Seguro que sí como en toda realidad individual y social. Lo único es que hay que buscarla y encararla sin miedo.

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