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septiembre 5, 2014 6:03 pm

Con la participación de profesionales de la salud y la educación se realizó en el Hospital Universitario un seminario que puso en relevancia, por un lado, la importancia del respeto, la autonomía y la seguridad en el proceso de aprendizaje y crecimiento del niño, sin la intervención directa y enseñante del adulto pero sí con un rol de acompañante y guía; y por el otro, este mismo proceso con su relevancia en pequeños con discapacidad.
Lo que se pretende transmitir es el valor del juego libre en el desarrollo del pensamiento y el aprendizaje durante los primeros años de vida, tanto en el ámbito privado del niño como en el educativo. Para que ello sea efectivo, el mayor debe prepararse para un punto de vista menos protagonista y mucho más generoso, que le permita construir sus aprendizajes por medio de ese juego y desarrollar su postura en forma autónoma. Esta visión sobre el juego la propone la pedagogía pikleriana y es un desafío enorme para los adultos entregar a los pequeños esta primera gran libertad.
Emir Pikler descubrió la capacidad autónoma del niño, la que consideraba innata a esa edad. Sostiene que él entra en contacto con el mundo que lo rodea y juega, sin la necesaria intervención del adulto; aunque su presencia de cuidado, en especial la de la mamá, es fundamental para que el pequeño desarrolle estas capacidades en la vida cotidiana.
Estos cuidados implican que el adulto le dé un espacio donde, sin entrar en peligro, pueda en forma independiente ser activo en sus movimientos y en su manipulación del entorno. La idea inicial, es que el mayor considere al niño como un compañero con el que puede jugar y negociar, al que le debe permitir expresar su alegría, al que tiene que darle tiempo para que aprenda a responder a sus demandas, entre otras cosas que construyen un momento de placer para las dos partes.
Esta manera de abordar al niño, que tanto contribuye a su salud y bienestar psíquico y mental, se aplica desde hace años en el tratamiento terapéutico y la organización de la vida cotidiana de los pequeños con discapacidad; pero se intenta que sea un principio para todos, ya que beneficia el desarrollo de sus capacidades innatas. En el caso de los niños con discapacidad, los especialistas consideran que el momento de cuidado es la situación en que mayor oportunidad tienen de aprender cosas y es el espacio de mejor momento para la terapia. Estos niños, como todos, experimentan la alegría y el interés; y cooperan durante este momento. Los niños, sin importar su condición, pueden ser competentes tanto en los momentos de cuidado, como en los que se contacta con el mundo, los objetos y el juego.
Es decir, todo niño en forma independiente del adulto puede ser activo más allá del nivel de desarrollo en el que se encuentra. Esto significa que cuando el pequeño realiza algún proyecto propio, juega con un objeto de su interés o realiza una acción que nace de si, construye una imagen positiva de su propia persona. Por el contrario cuando no es capaz de jugar solo y de manera independiente del adulto; y espera de él que le aconseje y le muestre cómo jugar con un determinado objeto, será un niño activo si es dirigido pero no cuando el adulto no se ocupe de él. Además, será un niño que siempre esperará la intervención de un adulto y por lo tanto, es mucho más dependiente que aquel que procura hacer las cosas por sí mismo. La consecuencia de esta dependencia es que el pequeño no entra en contacto activo con el mundo porque no vivió con alegría los momentos de cuidado y esto afecta su capacidad de sentirse competente.
En nuestra provincia ya se aplica este enfoque, tanto en el área terapéutica con niños con discapacidad como en la educativa en salas cuna o jardines maternales, aunque la recomendación de los expertos es ampliar las dimensiones de las salas para que los niños puedan acceder con mayores posibilidades al juego libre y con él, a su desarrollo. Es positivo en tanto que esta manera de acercarse por parte del adulto, genera niños más autónomos, más creativos y con menor angustia que aquellos criados en un clima “tradicional”. No obstante, para que el resultado sea positivo se necesita de un adulto generoso y abierto, que deje de lado sus propias expectativas y le deje desarrollar las que les son propias.
Además del rol que deberían asumir los padres para acompañar en forma indirecta el juego libre de sus hijos, los encargados de las políticas públicas dirigidas a la infancia también tienen un rol fundamental, ya que deberían plantearlas con el objetivo de no sistematizar sino de dar libertad, y para ello hace falta aprehender este nuevo enfoque pero además garantizar que la infraestructura sea acorde a las necesidades que el niño tiene para desarrollarse. No obstante, cuesta dar crédito a la palabra “libertad” dentro de un contexto de aprendizaje y aún muchos desconfían de la capacidad del niño para regular sus necesidades, para elegir y tomar decisiones.
No es raro, la mayoría de los adultos provienen de una educación donde el rol protagonista siempre lo tuvo el maestro, quien indicaba de forma más o menos pautada lo que se debía hacer, cómo hacerlo y en cuánto tiempo. Esa experiencia previa sumada a los patrones de crianza tradicional, es la que no permite ver con claridad qué tiene de bueno la “libertad” en un contexto de aprendizaje. Sin embargo, hay nuevos abordajes que confirman los beneficios del juego donde los niños son protagonistas de sus aprendizajes.
Entonces, no habría que olvidar que el juego libre permite conectar a cada niño con su esencia, con su particular y única manera de relacionarse con el mundo. Se lo puede conocer en profundidad si se observa qué material elige, la forma en que interactúa, si lo utiliza para relacionarse con otros, el tiempo que dedica a ello. La diversidad de materiales y
la opción de escoger permiten al niño preguntarse sobre lo que su ser necesita manipular, explorar, descubrir, para encontrar sentido a algo significativo para ese momento de su vida. Los niños viven en el presente, se entregan con toda su energía y motivación a descubrir lo que la realidad inmediata les ofrece, desde la conexión con su deseo de investigar, surgen los momentos de mayor concentración y de ahí los aprendizajes más profundos. Allí se activa la capacidad creadora, el sentido de confianza en uno mismo y la solidez de un aprendizaje significativo que nunca se perderá.
Y lo siguiente a recordar, es que esto no quiere decir que los adultos se limiten sólo a observar, sino que su mirada debe acompañar para recoger la iniciativa del niño y ofrecerle nuevos materiales, crear nuevos espacios que a su vez supongan nuevas y diferentes iniciativas o poner límites para garantizar el bienestar físico y emocional de todos.
Pero es fundamental, que esta participación surja a partir de lo que el niño muestra en su juego espontáneo, él es el protagonista de su aprendizaje. Desde la espontaneidad que permite el juego, pueden elaborarse todas aquellas experiencias de su vida cotidiana que le resultan significativas -vivencias de miedo, de alegría, de rabia, de tristeza, de complicidad -; es allí donde el adulto debe intervenir para compensar y reparar situaciones que pueden resultar excesivas para su comprensión.
Una infancia que pueda vivir en forma constante y continua, en un entorno seguro y preparado, con diversidad de espacios y materiales, con mayores que acompañan sus procesos evolutivos sin dirigirlos a una forma adulta de hacer las cosas, puede desarrollar capacidades ilimitadas de investigación, de comunicación y de respeto hacia los demás. Esta expansión se valora también a nivel físico, pues un niño sin angustias y limitaciones de exploración positiva, es menos propenso a desarrollar algunos tipos de enfermedades a nivel del cuerpo y muchos menos a niveles de su pensamiento.

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