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noviembre 9, 2016 11:57 am

Compañeros de ruta desde hace más de 20 años, una pareja encaró un destino entonces impensado

El Ciudadano llegó hasta Colonia Bombal, en el departamento Maipú, para conocer el proyecto de un matrimonio que apuesta a la producción de plantines de repollo, escarola y diferentes tipos de lechuga en su propio invernadero hortícola, logrado mediante su participación en el programa ‘Maipú Incuba’.
Para conocer su camino como emprendedores es necesario ir al inicio de su historia como pareja. Enrique es maipucino y vivió casi toda su vida en el barrio 25 de Mayo, uno de los conglomerados mas poblados del Este maipucino. De chico conoció de cerca el trabajo de la tierra, aunque cuando conoció a Ana se desempeñaba como secretario en un estudio jurídico.
Ana llegó a la tierra de sol y el buen vino cuando tenía 12 años, después de vivir en Jujuy y Santa Fe proveniente, junto a su familia, de su Bolivia natal. “Yo me crié en la chacra… Soy boliviana y con mi papá siempre trabajamos, en el invierno, en la caña y, en el verano, en el tabaco. Empezábamos las clases en una escuela y terminábamos en otra, dependiendo de la cosecha”, recuerda acerca de su infancia, cuando dividía su tiempo entre la escuela y ayudar a la familia. “Estudiaba y trabajaba con ellos, porque no es malo trabajar, si bien está mal que no los manden a la escuela. Trabajar te da otras ideas pero el estudio te abre otras puertas. Es lo que siempre les digo a mis hijos: que tienen que estudiar”. También recuerda bien, a pesar de que era chica, que su papá elegía la finca o el lugar de trabajo en función de la cercanía de la escuela para sus hijos.
 
Historia de amor
Ana y Enrique llevan más de 20 años juntos recorriendo el camino de la vida, con sus buenos y no tan buenos momentos… Cuando se les pregunta cómo se conocieron, Ana responde: “Fue el destino”. El destino de coincidir en el mismo colectivo de ida y de vuelta a la Ciudad de Mendoza en la misma mañana, de encontrarse días después en un baile y de que Ana guardara el papel en el que Enrique le escribió el número de teléfono de su trabajo… “El destino siempre hace que las personas se encuentren si se tienen que encontrar”, reflexiona.
Pasaron más de veinte años, llegaron tres hijos y un montón de proyectos que los unen. “El emprendedurismo es como el matrimonio”, dice Quique, haciendo referencia a que uno siempre va a aprender, a que tiene que bajar un cambio cuando se trata de impulsos y a que a veces alguien tiene que ceder.
Aprender para emprender
Cuando se conocieron, y por varios años después, cada uno tenía su trabajo: Enrique lo hacía en relación de dependencia y Ana era peluquera. Tiempo después de casarse, compraron una finca y apostaron todo al trabajo de la tierra. “Era lo mejor que sabíamos hacer”, dicen casi a coro. Más tarde la vendieron y en otro terreno construyeron su casa. Pero Ana sentía la necesidad de trabajar y hasta se fue a ofrecer a emprendimientos vecinos para no perder la costumbre, hasta que un día Enrique llegó con una propuesta: “¿Y si nos ponemos un invernadero?”. A Ana le gustó la idea y con el asesoramiento básico de unos amigos empezaron a comprar las bandejas en las que se siembran las semillas para que crezcan los plantines que luego son trasplantados.
“Cuando empezamos fuimos muy arriesgados: hicimos 500 bandejas de plantines pensando que era re fácil”, recuerda Ana. Habían recibido algunas instrucciones para empezar, sobre la siembra y el tipo de riego, pero no sabían cómo hacer crecer esas plantas. Luego de varios intentos fallidos toda la producción de lechuga terminó en la basura. “Hay que ser responsable y saber esperar los ciclos porque nosotros trabajamos con alimentos”, asegura la mujer.
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Enrique suma más datos acerca de sus comienzos. “Empezamos con un invernadero chiquito, de madera, y después nos fuimos ampliando… Incluso pudimos comprar el terreno lindero para hacer más grandes nuestros invernaderos”, explica mientras recorremos el emprendimiento que él mismo se encargó de diseñar y de instalar el sistema de riego con una idea que sacó de la sección de vivero de un hipermercado. “Nosotros hacemos todo porque eso nos ha permitido abaratar costos”, indica.
Crear, hacer y crecer
“Uno nace para esto, porque cuando nacés para algo le das hasta que lo lográs. ¡Si habremos pasado cosas…! Lo que ganamos es fruto de nuestro esfuerzo después de perder mucho. Hay que aguantar la pérdida durante un año sin ganar nada”, pero la mira a Ana y le confiesa con cariño: “Yo te tenía fe, Negra”. Cuando su mujer se ausenta de la charla por unos minutos, Enrique aprovecha para contar que prefiere que las riendas del negocio las lleve su esposa. Ella trata con los clientes, toma mejores decisiones… No puede haber más caciques que indios”, dice, y explica que prefiere encargarse del mantenimiento y de las tareas manuales.
 
Las claves del éxito
Claro que uno tiene que contar con el apoyo de la familia, y en este punto, ambos reconocen que es fundamental “que te entiendan, que te acompañen y sobre todo que te apoyen”. “Esto es un emprendimiento familiar, y si la familia no está unida, el emprendimiento no funciona”, dice Quique.
“Cuando uno es emprendedor, si dice que se va a levantar a las 6, se tiene que levantar a esa hora. No tiene que quedarse cinco minutitos más, porque esos minutos se te hacen diez o quince y ya perdiste de generar”, explica Ana de una forma sencilla, y agrega que “cuando uno quiere hacer crecer su emprendimiento no tiene que boicotearse”.
“Hay que ser buen administrador… Si hoy ganaste plata, tenés que guardar para el invierno, cuando se trabaja menos. No sólo para vivir, sino también para empezar de nuevo con la producción. Si no sos un buen administrador, no sirve de nada…”, concluye Enrique y esa frase nos deja pensando.

Maipú Incuba

Después de mantener un tiempo su emprendimiento, Ana y Quique participaron en la incubadora de empresas que desde el 2011 lleva adelante la Municipalidad de Maipú, que ayuda a través de la capacitación, seguimiento y financiamiento a transformar las ideas en realidades concretas, en salida laboral.
“Incuba nos ayudó mucho, sobre todo con el microcrédito, que si uno le da el uso para el cual lo pidió ayuda mucho. Si no hubiéramos tenido esos microcréditos nos hubiese costado más. Nos dieron $15 mil y compramos como 2.000 bandejas: salimos del banco y nos fuimos derecho a comprar”, relata Enrique, y recuerda que el día que pagó la última cuota llamó a los chicos de Incuba para agradecerles la oportunidad.
Si bien ellos llegaron a la etapa de incubadora de empresas con algo de experiencia, reconocen que es muy importante la oportunidad de crecer como microemprendimiento.

“El emprendedurismo es como el matrimonio: a veces hay que bajar un cambio y alguien tiene que ceder”. 

El destino siempre hace que las personas se encuentren si se tienen que encontrar”. 

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