VH 678

junio 7, 2016 1:05 pm

La idea de verdad es algo que desveló al hombre desde tiempos inmemoriales, podría decirse que desde el mismo instante en que tuvo consciencia. Así, todos los grandes filósofos abordaron el problema, desde diversos puntos de vista, y de ser un concepto absoluto pasó a tener diferentes miradas. Desde aquella idea platónica de desenterrar lo que está oculto, hasta los principales pensadores de la segunda mitad del siglo XX el concepto ha variado sustancialmente. Así, encontramos por ejemplo a un Habermas, con su teoría de la construcción consensual de la verdad. Es así que puede decirse que la verdad, en rigor, es una construcción del poder.

Y la lucha política y económica de la Argentina actual podría resumirse dentro de esos cánones. Así, el kirchnerismo ha sido un gran constructor de verdad, observada como la capacidad de convencer de que el suyo fue un proceso virtuoso de integración social, de redistribución de la riqueza, de desarrollo productivo, etc.

Esto, observable en las legiones de partidarios que defienden a capa y espada ese proyecto, se contrapone a la escasa capacidad de construcción de verdad que muestra el gobierno de Cambiemos. El dilema económico que enfrenta el gobierno es el de transformar una economía subsidiada en otra competitiva, basada en la inversión y la creación de riqueza genuina. En parte por convicción, y en parte por agotamiento del modelo precedente.

El kirchnerismo, especialmente en sus años finales, basó su construcción de poder y consenso básicamente en mantener alto el consumo a través de una transferencia de recursos desde el sistema productivo –en base a una presión fiscal asfixiante- y desde entidades como Ansés al aparato clientelar, manteniendo a la vez contenidos los precios y los servicios en base a subsidios. Pero el círculo vicioso terminó vaciando al país de recursos, lo sumió en el atraso en materias tales como energía e infraestructura, y encima se quedó sin posibilidades de financiamiento externo por la retórica propia del modelo y sus alineamientos internacionales.

A ello se sumó la voraz catarata de la corrupción, que costó miles de millones de acuerdo a lo comprobado hasta ahora.

Pareció la obra de un relojero maquiavélico, pues el sistema colapsó justo a tiempo para permitir la salida del poder, dejando el “fardo” a sus sucesores.

El ajuste que se lleva adelante por estos días fue señalado por los expertos como inexorable. De ahí que hasta los economistas de su rial vencido cuiden mucho sus críticas, reconociendo que de haber ocupado el gobierno poco distinto hubieran podido hacer. Esto –es menester aclararlo- no excusa la torpeza y falta de equilibrio con que se han tomado muchas medidas, especialmente las referentes a las tarifas, siendo perfectamente válida la metáfora de Sergio Massa: entraron al quirófano con una motosierra.

El informe publicado por presidencia la semana que pasó, “El estado del Estado”, expone claramente la herencia recibida y también los absurdos destinos de fondos que debían haber tenido otros fines. Pero más allá de esas manifestaciones, y volviendo al principio, el macrismo no está mostrando una capacidad adecuada de construir “verdad”. Es decir, su discurso convence poco, no fortalece, no invita a compartir, aunque sea, una mística, un “relato”.

Y sin fortaleza política será muy difícil mantener la paz social en los traumáticos meses que vienen. Claro, eso no parece estar en el adn del gobierno –lo mostró con torpeza Gabriela Michetti en sus últimos dichos- que sigue pensando que la política se subsume en lo técnico.

No saben jugar en una cancha donde el peronismo se mueve a sus anchas, y eso es un hándicap demasiado grande. Por ahora viene saliendo barato, pero el conflicto social sube de manera alarmante –basta ver la cantidad de movilizaciones que ha habido durante mayo.

Para las medidas económicas que el gobierno parece comprometido a tomar, necesita más fortaleza política que la que está generando. Y en las sombras alguien se alegra.

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