bullying

septiembre 6, 2014 9:00 am

Caminando por la calle, viajando en colectivo, trasladándose en vehículo particular, haciendo algún trámite en cualquier oficina pública o privada, transitando un lugar de esparcimiento o comprando en un supermercado se presenta ella. Y es sin lugar a dudas el síntoma fuerte y contundente de que el  vivir de los argentinos atraviesa un histórico halo de turbulencia que nos puede costar muy caro como sociedad primero, como nación después. Es que la violencia, de ella se trata y de ella hablamos, ha tomado creciente vuelo propio y es producto directo de ese equivocado proceder que tomó hace algún tiempo la comunidad argentina.

No es exagerado entonces hablar de desintegración de la familia. Porque si con ella, sana, unida, con límites, afectos y ejemplos se construye una sociedad pletórica de valores, esencialmente valores de vida y superación, cuando está en crisis, como hoy está la familia argentina, el rebote en la calle no se hace esperar. Y es entonces, cuando se muestra desgarradoramente que fallan todos los sistemas de relación o interrelación entre ciudadanos, como hoy por hoy el argentino lo palpa a diario.

Algunos meses atrás la Iglesia católica de nuestro país había diagnosticado que la “República Argentina está enferma de violencia”, asegurando además que “la violencia es cada vez más feroz y despiadada provocando lesiones graves y llegando en muchos casos al homicidio”.

Solo basta con mirar un altercado por maniobras equivocadas entre dos autos para corroborar lo anteriormente expresado. O salir en la noche y ver qué sucede en los boliches bailables. O estar en un evento deportivo, donde la violencia está a flor de piel sin importar siquiera que en el medio del mismo haya niños o que los mismos niños sean los protagonistas. U observar lo que sucede en centros de salud o en establecimientos educacionales donde uno cree con lógica que allí hay respeto y consideración. No, son un contundente muestrario que irradia señales para nada confusas que estamos ante una sociedad violenta, autista y deshumanizada.

No es de extrañar entonces cómo la violencia se pasea señorial en el sistema educativo. Es más, es parte de él. Peleas callejeras entre alumnos sin distingos de sexo, que traslucen en el grotesco circo con que muchos pretenden transformar a las redes sociales. Golpes a docentes por parte de padres y muchas veces alumnos y los permanentes casos de bullying, son los duros trazos de la violencia instalada allí. A propósito, informes recientes dicen que cuatro de cada diez alumnos sufrieron violencia escolar en Mendoza. Informes que argumentan los datos, como los de la UNESCO (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura) que dicen que el 51,1 % de los estudiantes de sexto grado de educación primaria de 16 países latinoamericanos aseguran haber sido víctimas de robos, insultos, amenazas o golpes de parte de sus compañeros de escuela. Organismo internacional que dice que nuestro país está a la cabeza de casos de insultos, amenazas y violencia física entre compañeros de colegio.

Para medir la magnitud del problema de la violencia que azota sin miramientos todo el territorio argentino, los alumnos víctimas de bullying logran un desempeño en lectura y matemáticas significativamente inferior al de quienes no sufren este maltrato. El trabajo de la UNESCO dice que la agresión más frecuente en las escuelas argentinas es el robo con un 39,4 %, lo sigue el 26.6 % de violencia verbal y el 16,5 % de violencia física.

Otro ejemplo de desesperación social que mostramos al mundo. Pero, también una señal que estamos sobre bordados y perdidos como sociedad a la hora de encontrar soluciones a todo lo que nos pasa, es lo que pretendió hacer un intendente misionero. El mismo que no tuvo mejor idea que echar mano al autoritarismo para detener la presencia masiva y alcoholizada de menores en la calle decretando toque de queda a partir de las 22 horas. Medida, que lejos de ser apoyada o aportar algo, despertó polémica, rechazo y profundización del problema.

Por todo lo expresado queda constatado que la violencia se ha generalizado entre nosotros de manera tal que nos coloca como sociedad en franca degradación. Sin solidaridad, sin afectos, sin aprecio a la vida, sin valores de vida, sin respeto a nosotros mismos y a quienes nos rodean; será difícil comenzar a revertir este complejo cuatro de situación. Pero, además sin señales como sociedad que eleva su autoestima intelectual y espiritual. Que exija de igual modo excelencia en políticas de estado que también eleve nuestro modo y condiciones de vida, nuestra educación y nuestros objetivos como provincia y como país. Si no intentamos reflotar la familia como eje de nuestra sociedad no hay posibilidades de torcer el destino de millones de connacionales de esta sucia senda de muerte y declinación que no merecemos y que no merecen nuestros hijos.

Todo un esfuerzo que nos debemos por esa noble nación que nos legaron quienes con su ejemplo nos propusieron un país con valores y con respeto. Y no esta mugre que enquistada muerde con saña en lo más profundo a nuestro ser nacional.

Daniel Gallardo – Periodista y Productor Estudio Cooperativa 91.7

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