provolo

diciembre 1, 2016 5:51 pm

El femicidio va dejando poco a poco de ser noticia que escandaliza, y peligrosamente se corre hacia el sector de las cosas horribles que uno se acostumbra a ver a fuerza de su repetición. Mientras muchas pieles se adormecen de acuerdo a la distancia espacial o afectiva con el hecho, el dolor sigue siendo insoportable, tanto por las secuelas temporales como por las pérdidas definitivas. Es un dolor que va encerrándose en el círculo pequeño de la familia y los amigos cercanos, en contraste con el olvido y el hastío de una sociedad cansada y cada vez más indiferente.

Habría que reinstalar un “no se olviden de…”, como el de Cabezas, pero serían tantos los nombres que las consignas no terminarían nunca. Desgraciadamente, los monstruos siguen entre nosotros, sueltos, impunes, su gran mayoría, y van a repetir otro zarpazo que va a reavivar el fuego de la indignación, pero –temo– con una llama cada vez más débil.

Sin embargo, reaparece la bestialidad en el lugar donde nos hicieron creer durante siglos que, con sólo tener fe y obedecer, estaba garantizado el bien y la gloria. ¿Qué pasó? ¿Cómo es que nadie percibió que el mal estaba entre nosotros?

Nada tiene de místico ni de diabólico que un sujeto que estudió en un seminario, supuestamente para entregar su vida al ministerio de la fe y a la enseñanza del evangelio, haya escondido en su mala entraña el propósito de lastimar o matar a lo más valioso que ha generado la humanidad: el amor, la confianza y el candor de un niño que creyó encontrar protección y guía, más aún cuando ese niño está desvalido y es pobre.

Como la del criminal del barrio Trapiche, es casi imposible explicar la conducta de gente que tuvo acceso a una supuesta preparación intelectual y que a su vez aseguraría el dominio de sus instintos carnales. Justamente, esas pulsiones naturales que la milenaria Iglesia se ocupó de negar, ignorar, abominar y cuando vio que era imposible ir en contra de la naturaleza, procedió rápidamente a esconder. Lo que no se ve en la superficie y de lo que no se puede hablar, no existe. Extraña paradoja cuando se pretendió siempre hacer creer en lo que nunca se vio.

La milenaria Iglesia tiene una larga historia de no hacer lo que pretende enseñar, el abuso sexual de niños y niñas indefensos, que se les confió para su cuidado y educación, está siendo una noticia cada vez más frecuente. Desde los escándalos revelados en la católica Irlanda o en diócesis de la puritana Estados Unidos a las flagelaciones del convento de Nogoyá, en Entre Ríos. La vida consagrada en un convento debe ser muy dura y, seguramente, el o la que la eligió debió creer tener motivos suficientes, pero salvo seres con una personalidad muy especial pueden soportar el aislamiento, la soledad, el rigor moral y físico, la abstinencia permanente de sexo,etcétera, todo para pensar que se está más cerca de la percepción divina.

Es seguro que lo ocurrido en el Instituto Próvolo de Luján es una excepción que indigna y escandaliza a la autoridad religiosa, dicho en un tono tan lavado que contrasta con la pontificia puteada que, esperamos, haya proferido el porteño papa Francisco cuando se enteró.

Hasta aquí lo de los curas que ahora responden ante la justicia de los hombres, de la que creían estar exentos. Pero, y qué decir de esos directivos, docentes, profesionales de la psicología y la psicopedagogía a los que ‘se les pasó’ tan tremenda anormalidad. Que el sayo también caiga para los colaboradores sin títulos profesionales, pero a los que se supone mueve una especial sensibilidad para ayudar a los chicos con dificultades.

Tanta formación, profesionalismo y contracción al trabajo impidió que se detectaran las aberraciones que pasaban en la ‘Casita de Dios’, incomprensible distracción. Debieron ser las madres las que detectaron, con el corazón, que sus hijos estaban sufriendo un daño de los que les será muy difícil recuperarse. Y no obstante, así en el Próvolo les escondieron la realidad, incluso hubo amenazas. Habría quienes temían perder un trabajo de humilde sueldo, habría quienes sufrían temor reverencial ante una autoridad que creían superior en lo moral, y seguro que hay quienes prefirieron sacrificar inocencias para conservar una supuesta cuota de poder y de prestigio.

El Estado debe tomar para sí la responsabilidad total de una de sus funciones esenciales, la educación y la asistencia social, y cuando los números no dan, controlar estrictamente. No basta con asegurar el subsidio y desentenderse.

Hay gente buena, sin duda, en este tipo de actividades, pero si se la controla, seguramente nunca dejará des ser buena. Ahora, que no se diluyan las culpas y responsabilidades, porque la bronca y el dolor de los padres se justifica cada vez más.

Dejá tu opinión

comentarios