octubre 31, 2014 8:44 am

Una buena estrategia suele tener un enunciado simple y comprensible; suele resultar obvia una vez que ha cumplido su objetivo. Los engreídos, pueden calificarla de elemental en el momento de escucharla. Los envidiosos se preguntarán amargamente: ¿Cómo no se me ocurrió?

El espacio político UNEN, representó en su momento el proyecto con la estrategia más sólida porque, en su concepto inicial, resultó ser el más próximo al reclamo de la gente y el que podría hacer peligrar las apetencias de continuidad del oficialismo. Los demás, tan semejantes entre sí, representan modelos unipersonales; negadores de la eficacia de las internas y de la democratización partidaria, siempre necesitados de un caudillo y un paternalismo anacrónico.

Necesidad de acuerdos mínimos
Pero una buena estrategia precisa siempre de acuerdos mínimos hacia el interior de la organización, que permitan generar la fortaleza necesaria para disputar, hacia afuera, con el mínimo de quiebres o fisuras. Cuanto más compleja sea la organización, más actores incluya y más ideas abarque, mayores deberán ser los esfuerzos para alcanzar esos consensos básicos. El primer y más importante acuerdo a consensuar es el diseño de una estrategia común. Más aún, cuando los rivales a enfrentar son incorregiblemente monolíticos.

UNEN es el único espacio que se animó a aprovechar la oportunidad que otorga la Ley Electoral y darles sentido a las primarias abiertas, simultáneas y obligatorias (PASO). Lo hizo con éxito en las anteriores elecciones legislativas y se comprometió a hacerlo en las próximas presidenciales. Todos los otros partidos políticos han cometido la torpeza de obviar ese trámite, convirtiendo a las internas en una encuesta extendida.

Veamos por qué ésta, que es la principal vulnerabilidad del resto y la primera ventaja estratégica de UNEN, no está siendo aprovechada.
A pesar de haber hecho un esfuerzo enorme, está sufrido un gran desgaste que puede comprometer su destino futuro. Actitudes aisladas y discursos irreductibles lo están conduciendo a ninguna parte. Sus propuestas no tendrán sentido si no logra convencer que el conjunto es más que la suma de las partes. De sus ideas –que cada uno pregona-, sólo quedará una montaña de escombros intelectuales difíciles de amalgamar después del 2015.

Por su parte, el radicalismo –el partido de mayor peso de la coalición–, temeroso del “qué dirán” de sus ocasionales aliados, pareciera que siempre se desangra en disputas internas y, continuamente, su estructura está en oferta para los oportunistas. El partido centenario es capaz, por sí solo, de afrontar elecciones primarias con más de un candidato, pero invariablemente tiene algún motivo que se lo impide.

Una estrategia puede quedarse a mitad de camino. Son aquellas ideas de las que decimos, a posteriori: la intención fue buena pero finalmente no funcionó. Y es que a la hora de ponerla en práctica no se tuvieron en cuenta todos los obstáculos, todos los actores y, sobre todo, las oportunidades que otorga y quita el tiempo de los acontecimientos.

El tiempo estratégico
Si con sabiduría y prudentemente han decidido diferenciarse en las elecciones primarias –son los únicos que han hecho esto–, deberían también haber pensado en la principal dificultad que presenta esa modalidad, la de ser justamente el único espacio plural, multisectorial y multipartidario. No han esperado que se materialicen los lógicos ataques de sus contendientes, ellos mismos han abierto las puertas dejando escapar las furias de la discordia.

El tiempo estratégico de una campaña, como la que se está desarrollando, impone diferenciarse primero de las otras ofertas electorales para, después, cuando las primarias estén cercanas en el tiempo, recién arremeter dentro del propio espacio para conquistar las preferencias de los electores. El tiempo para diferenciarse entre ellos, será más propicio cuanto más cercanas estén las internas.
Sin embargo están recorriendo el camino a la inversa, en vez de diferenciarse primero de los otros espacios, han decidido despegarse unos de otros en esta primera etapa.

Esto constituye un grave error estratégico. Hacia afuera desorienta al electorado, que puede formarse la idea de que existen más discrepancias entre ellos mismos que con sus eventuales oponentes y, hacia adentro del propio frente, porque genera incertidumbre en los niveles intermedios.

La gente debería conocer cuál es la ventaja competitiva que propone este espacio en su conjunto, los mensajes al votante deberían alegar por qué motivos deben elegir a cualquier candidato de UNEN y no a otro. La estrategia, en este momento, debería estar centrada en esta particular comunicación con la gente.

Una estrategia necesita del consenso en todas las jerarquías del espacio. Cargar unos contra otros, en los niveles más altos, está llenando de incertidumbre a las líneas inferiores que aspiran a cargos electorales. Las dudas sobre la fortaleza del acuerdo, que se deducen de la actitud de las cabezas, impulsan a los referentes intermedios a intentar alianzas con frentes que les ofrecen las certezas que no encuentran en el propio espacio.

La falta de coherencia interna está haciendo que se diluya el espacio hacia otras propuestas que se muestran más homogéneas y más seguras. Esto está demostrando que no hay, en el presente, un plan coherente y común de campaña electoral. A más de nueve meses de las internas, todavía hay tiempo para corregir el rumbo. Esto no significa renunciar a las convicciones que originaron el acuerdo o cambiar la estrategia en su totalidad, sino priorizar las necesidades al ritmo de las oportunidades.

Un tiempo presente para diferenciarse de los otros y un tiempo futuro, cuanto más lejano mejor, para discrepar internamente entre ellos.

Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana.

Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.

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