Terremoto Villa Marini

mayo 27, 2016 9:00 am

Foto Gentileza Los Andes.

Más de uno que eligió la noche del viernes para salir juerga creyó que la última copa le había caído mal haciéndolo trastabillar, pero más mal se sintió cuando vio cómo se abrían las puertas y veía salir aterradas mujeres corriendo medio desnudas hacia el medio de la calle seguidas por hombres en calzoncillos arrastrando a sus llorosos y asustados críos. Se abrazó al poste de luz para no caer mientras juraba no volver a tomar nunca más, creía estar sufriendo un ataque de “delirium tremens”.

00,06 horas de la cálida madrugada del Sábado 26 de Enero de 1985, tronó con furia la tierra bajo los pies de los mendocinos haciendo vibrar puertas, ventanas, derribando muros, casas y haciendo colapsar el viejo edificio del Hospital de Carmen. Gritos y gente corriendo de un lado para otro buscando a sus familiares perdidos en medio de una espesa y gris nube de polvo que atenuaba la luz de la luna haciendo más tétrica la escena. Nadie se animaba a volver a ingresar a sus  casas por miedo a las réplicas y había optado por permanecer en medio de la calle, mientras, enloquecidos conductores los esquivaban intentando saber del destino de sus parientes más alejados. Ululantes sirenas policiales, de bomberos y ambulancias ejecutaban una trágica sinfonía en medio del dolor y la desesperación por lo ocurrido.

Pasados unos días, ya enterradas las 6 víctimas y la franca recuperación de los escasos heridos comenzaron las tareas de remoción de escombros y el acompañamiento de grupos de defensa civil, de las uniones vecinales y vecinos solidarios acomodaban en carpas y alimentaban a aquellos que no solo habían perdidos sus casas, sino sus ropas y enseres domésticos. Lentamente la provincia salía del caos y comenzaba a normalizar su vida.

Las crónicas de los diarios, los noticieros de televisión y radio comenzaron a llenarse de seudo científicos, de esos que saben tanto de medicina, física o de fútbol, y que ante las preguntas de los periodistas daban las respuestas más insólitas que los especialistas del INPRES habían escuchado jamás: que la falla había sido producida por el peso del agua acumulada en el dique El Carrizal, que la culpa la tenían los geólogos de YPF por producir pequeños sismos a distintas profundidades en su búsqueda de petróleo, que la caída de un meteorito cuyas luces muchos dijeron ver en el cielo, y los más místicos culpaban a la población por su creciente incredulidad de los poderes del Santo Patrono Santiago para impedir los temblores que periódicamente nos asustan.

Como en todo lo atinente a las catástrofes naturales rápidamente la fantasía popular acabó con la ciencia y la superstición dominante hasta ese momento, encontró una razón más creíble y más humana. Todo comenzó como un rumor que al igual que la gripe se fue extendiendo por todos aquellos lugares que hacen al chismerío popular, fueron medios de divulgación masiva, los bares, almacenes, verdulerías, peluquerías y cualquier otro ámbito que reuniera a más de dos personas, por lo tanto, lo que se decía era la “purita e indiscutible verdad”  y que el gobierno quería ocultar.

Alguien dijo que el hijo de un vecino que estudiaba en los Estados Unidos le comentó que el Pentágono había enviado una disculpa por el error cometido durante una prueba misilistica en el Pacifico por uno de sus submarinos que accidentalmente había impactado en un sector de Mendoza, otros corroboraron la veracidad del hecho afirmando haber sido testigos del desplazamiento de tropas de ejército hacia el lugar del impacto y hasta se animaron a identificar el lugar: detrás de las primeras cerrilladas que se ubican al Oeste de Villa Marini y hasta algunos aseguraban haber visto el enorme cráter producido por la explosión, los pastos y arbustos quemados y hasta los restos de un caballo calcinado por el intenso calor de la deflagración.

Algunos pícaros y audaces, entre ellos dos punteros políticos, comenzaron a armar una lista de damnificados por el terremoto para reclamar al gobierno del Norte una indemnización por los daños sufridos, y por supuesto pedían como colaboración unos pocos “dinerillos” para pagar los honorarios del abogado patrocinante.

Aún hoy, uno de esos “vecinos solidarios”, suele recorrer el Barrio Sol y Sierra, barrio que se construyó años después sobre los supuestos terrenos afectados y lo hacen con el cuento de ayudar a paliar los gastos médicos y el alto costo de los tratamientos de los afectados  por la radiación.

Un amigo sanjuanino suele decirme que esto es una muestra más de la soberbia de los mendocinos ya que no podemos soportar ser menos que los rusos con su Chernóbil y la de los japoneses con su desastre de la central nuclear de Fukushima.

Si señores, les guste o no les guste, Villa Marini, viejo barrio al Oeste de Godoy Cruz no nos habrá dado una Reina de la Vendimia, pero sí:

Un poderoso MISIL enterrado bajo nuestro suelo para envidia de nuestros vecinos sanjuaninos que solo pueden ostentar uno que otro terremotito de 7 a 8 grados en la escala  Mercali.

 

El autor:

Felipe Rizzo es “el escribidor”. Nació hace 75 años en la panadería familiar ubicada en O’Higgins y 25 de Mayo, de Godoy Cruz. A los 6 ya trabajaba en el negocio familiar barriendo o haciendo algún encargo y a los 12 se encargaba del reparto sin dejar de estudiar.

Desde hace unos años, Felipe decidió recolectar las historias de su barrio y su familia, para ficcionarlas y hacerlas más atractivas a los lectores.

El Ciudadano te presenta esta serie de historias del ayer que nos cuentan un pasado cercano de la Mendoza del siglo XX.

Felipe Rizzo

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