diciembre 12, 2014 8:54 am

No es sólo lo que algunos políticos hacen, sino que hay un enorme y variado merchandising electoral que se despliega en oportunidad de elecciones importantes. Tal vez sea la falta de imaginación de algunos políticos para articular soluciones a los verdaderos problemas que afectan a la sociedad, lo que haga que las pujas y debates electorales se intercalen con exhibiciones y shows mediáticos.

Esto no ocurre solamente aquí -es un fenómeno mundial-, pero nos preocupa el uso excesivo de estos recursos como medio para sumar votos.
Las encuestas han dejado de ser exclusivamente herramientas que permiten medir opiniones y tendencias con seriedad, y entender problemas objetivamente; últimamente se han convertido en poderosos instrumentos de manipulación electoral al servicio de los distintos aparatos políticos.

Políticos “todo terreno”
Idolatría, veneración o paganismo político; frivolidad o trivialidad electoral; versatilidad o ligereza estratégica; póngale el nombre que más le guste. Lo cierto es que debemos advertir que estas prácticas hoy están en toda campaña política complicando las decisiones de la ciudadanía.
Tampoco decimos que todo en política debe ser circunspecto y acartonado, ni negamos que sea lícito que personajes del mundo del deporte o del espectáculo, con vocación de servicio, aspiren a un cargo electoral. Lo preocupante es cuando sucede al revés, cuando los políticos se vuelcan al mundo del espectáculo, como una manera de conseguir mayor aceptación del público y ganar popularidad.

Hay una tendencia a aprovechar electoralmente los programas de entretenimiento, deportivos o de chimentos. Esto está produciendo una nueva generación de políticos “todo terreno”; porque son toda tribuna, toda pantalla o todo escenario y, por qué no, toda pista de baile. Una nueva especie de candidatos cuatro por cuatro, capaces de cualquier cosa para conseguir votos, pero que deberíamos preguntarnos si son capaces de administrar o legislar con honradez, discernimiento y discreción.

La difusión y notoriedad que proporciona la televisión, la forma en que impactan en la sociedad los medios de comunicación y las redes sociales, sumado a lo atractivo que resultan los escándalos mediáticos, son una enorme tentación para actores políticos poco escrupulosos.
Nos engañamos cuando intentamos encontrar en el propio medio de comunicación al culpable de este fenómeno; nos equivocamos cuando hablamos de la “tinellización de la política”. Porque la culpa no es de los animadores de espectáculos. Es lógico que los conductores mediáticos busquen el mayor rating de sus eventos. Es su trabajo.

Son los propios políticos los que deben poner freno y límite a la tentación de ganar publicidad explotando el morbo de la gente; el hecho de ventilar la intimidad de sus figuras públicas. Esperar que el límite lo ponga el conductor del programa, es no haber comprendido el problema.

Colores, etiquetas y testimoniales
Al ritmo de esta transformación de las campañas electorales se han ido sumando otras modalidades, que aportan una buena cuota de banalización. Los consultores y asesores de imagen hacen su agosto en tiempos electorales.

La política en sí ha dejado de ser lo más importante, para dar paso a la necesidad de ganar a cualquier precio. Se adopta el uso -y no uso- de ciertas palabras, ciertos términos. No es bueno decir que “vamos a luchar contra el narcotráfico”; lo políticamente correcto es sugerir que “lo vamos a contener”. La palabra “luchar”, parece demasiado dura, aunque “narcotráfico” suene suficientemente peligrosa y amenazante.

Los nuevos colores de campaña como el amarillo y el naranja parecen haber reemplazado al blanco, negro y rojo que se veían hasta hace poco tiempo; y la simbología dura, propia de la izquierda combativa de otra época, está siendo reemplazada por imágenes más blandas y amigables. Esto no estaría mal, si no fuera que muchas veces encubre la ausencia de contenido.

La etiqueta se ha convertido en un arma temible. Encasillar al otro –intitularlo-, empaquetándolo con un rótulo negativo, para que no pueda sacarse el pesado sayo de encima. Derecha, izquierda, centro, liberal o neoliberal; cuando no las más agresivas como “facho”, “trosko” o “progre”; hay peores y vale todo a la hora de descalificar. También existen coincidencias: todos se dicen progresistas y nadie quiere que le cuelguen otra etiqueta. Progresista pareciera ser hoy, la etiqueta políticamente correcta.

Las candidaturas testimoniales también son parte del fetichismo electoral. Un fenómeno que la gente ve -lo tiene a la vista-, pero es evidente que muchos no lo registran como un recurso desleal y una subestimación del electorado. Esto está produciendo paulatinamente la degradación de las ideas, a través de la tergiversación de los conceptos y de, incluso, los valores.

El verdadero problema es que la contienda electoral, que debería afirmarse en propuestas concretas y verdaderas plataformas de campaña, se ha desplazado del plano de las ideas al de las imágenes. Por aquello que una imagen vale más que mil palabras. Ya no importa lo que realmente piensa el candidato, lo que importa ahora es el formato en que se presenta el discurso, el mensaje que transmite su figura, su postura, el entorno y el vestuario.

Que la historia copie a la historia es siempre tema de debate, entre los que adhieren a la teoría del tiempo circular y los que afirman que la sucesión no tolera la repetición. Pero que la historia pretenda copiar a la ficción es realmente inesperado. Algunos políticos deberían saber que si la política logra imitar a la farándula, van a entrar en un tiempo del que ya no podrán volver: el ridículo.

Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional “Santa Romana”. Autor de “El Momento es Ahora” y “El ABC de la Defensa Nacional”.

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