cementerio Malvinas

abril 8, 2016 9:47 am

“La Guerra de Malvinas fue un acto innecesario”. Así, textualmente, lo proclama el periodista británico Robert Fox, ex director del Buenos Aires Herald, porque considera que no es la guerra una forma de hacer valer un derecho que él mismo reconoce como argentino antes que británico.

El investigador del CONICET, Carlos Escudé, da un paso más y afirma la necesidad de convocar a la ciudadanía a reflexionar sobre la posibilidad de formar un “partido anti Malvinas”, cuyo objetivo sería la derogación de la disposición transitoria N° 1 de la Constitución Nacional, y la reforma de los programas de estudio primarios y secundarios en sus contenidos referidos a Malvinas y la mal llamada “Antártida Argentina”.

Por el contrario, el gran Bismarck ha dicho que: “La fuerza precede al derecho”. De lo que no se deduce que la fuerza tenga una primacía sobre el derecho, sino que la fuerza precede y garantiza la aplicación del derecho, ya que sin ésta no tendría ni valor ni alcance.

Lo sostenido por el famoso canciller prusiano es –ni más ni menos– la denominada postura realista de las relaciones internacionales. Pues, más allá de cualquier declaración altisonante en contrario, ningún Estado ni la propia ONU, descartan a la guerra como un instrumento válido de la política internacional cuando la misma se enmarca, por ejemplo, en los cánones de la legítima defensa.

Por lo tanto, a cada conflicto hay que estudiarlo en el marco de un contexto en particular y debe ser juzgado en función de sus antecedentes y sus consecuencias. Y es, precisamente, la permanencia de estas últimas lo que permite una mejor calificación. Más aún, para su justa estimación es necesario que hayan pasado a ser “historia”. Vale decir que todas sus consecuencias estén claras en la actualidad.

Dicho de otra forma, que el árbol haya dado sus frutos. Para ello, el transcurso del tiempo es imprescindible. De hecho, a consecuencias más profundas, más tiempo para evaluarlas.

El juicio histórico

Tal es el caso de la guerra librada por la posesión de las Islas Malvinas e Islas del Atlántico Sur a partir del 2 de abril de 1982. Ya sabemos, hoy, que se trata de un hecho histórico, pero con consecuencias tan presentes que las mismas dificultan su correcta evaluación, pues muchos de sus protagonistas aún viven entre nosotros. Otros ya se han ido, lamentablemente –muy probablemente– sin un justo reconocimiento.

No puede decirse lo mismo de otros hechos de armas similares de nuestra historia; tal como, por ejemplo, la Vuelta de Obligado. Uno con el que Malvinas guarda ciertas similitudes y uno que permaneció olvidado y denostado. Hasta que la historia, con el transcurso del tiempo, lo evaluó correctamente.

Con ese mismo sentido, nos preguntamos si sucederá lo mismo con la Guerra de Malvinas Probablemente, la respuesta demore un poco; pues la campaña de desmalvinización iniciada por el propio Proceso Militar y aprovechada, luego, por algunas mentes “progresistas” para esmerilar el protagonismo militar, no ha concluido aún.

Tal como la postura antirosista de la historiografía oficial no permitió el juicio exacto, durante años, de sus acciones en defensa de la soberanía de nuestros ríos. Y que sólo se preocupó por resaltar sus abusos internos.

Sin embargo, hay que reconocer que además del juicio histórico que un hecho tan importante como Malvinas se merece, sigue vigente, hoy, la necesidad de tomar decisiones prudentes sobre este conflicto en aras de resolverlo.

Fiel a nuestra naturaleza oscilante, nuestras sucesivas administraciones nacionales han ido de la seducción hasta la agresión diplomática sistemática. Con ello, no solo hemos puesto en evidencia nuestra inmadurez como Nación. De paso, nos hemos negado la posible cosecha de los resultados que cada una de esas posturas extremas no podría haber traído.

Falta una verdadera política de estado

Creemos que ha llegado la hora de tener respecto de Malvinas, las islas y aguas que la rodean y los temas que, necesariamente, se le conectan –como el control de nuestras pesquerías y la proyección sobre el continente antártico–, una verdadera política de Estado.

También, estamos convencidos de que dicha política deberá ser integral y en ese sentido hacer uso de todos los recursos de nuestro potencial nacional. Con la obvia preeminencia de nuestros elementos de soft-power, como lo son nuestra diplomacia y las obvias ventajas que para los kelpers surgen de la proximidad de nuestro sistemas educativo y sanitario.

Pero sin que ello implique dejar de lado el costado hard que representaría para nosotros el disponer de un sistema de defensa eficaz. De tal modo que el uso combinado de ambos elementos nos dé un poder inteligente.

Con respecto a esto último me permito recordarles lo escrito por Pierre-Joseph Proudhon en su conocida obra La Guerra y la Paz: “La fuerza, si llega el caso, puede tener más espíritu que el mismo espíritu, que si tiene su razón, tiene por consiguiente también su derecho”.

Para terminar, creemos que la cuestión Malvinas es como la piedra de toque, para bien o para mal, que cierra –hoy– el arco de la argentinidad. Por una extraña y profunda razón, intuyo que en la forma cómo la solucionemos o no lo hagamos, marcará a fuego nuestro devenir futuro. La alternativa es de hierro: o nos decidimos a ser lo que tenemos que ser o no seremos nada.

Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de “El momento es ahora” y “El ABC de la Defensa Nacional”.

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