Macri

junio 10, 2016 4:33 pm

El tema del control civil de las Fuerzas Armadas (FFAA) viene de lejos y ya lo preocupaba a Platón, quien sostenía en La República que los guardianes de la ciudad debían poder ser al mismo tiempo “gentiles con los suyos y crueles con el enemigo”.

Nuestra historia pasada y reciente es una muestra de dos errores contrarios, pero simétricos. Mientras que en el pasado las sucesivas interrupciones militares a los procesos democráticos transformaron a las FFAA –por decir lo menos– en poco “gentiles” para con los suyos, la administración anterior pretendió anular su capacidad para ejercer cualquier tipo de violencia legítima contra nuestros enemigos. A los que declaró inexistentes, pues no había hipótesis de conflicto.

En pocas palabras: habíamos pasado de un extremo a otro. Del intervencionismo castrense a la irrelevancia del factor militar.
En ese sentido, el decreto 721/2016 firmado por el presidente Mauricio Macri que deroga la disposición tomada en 1984 por el entonces presidente Raúl Alfonsín, busca restaurar ese equilibrio perdido, pues le restablece a los mandos militares capacidades administrativas que le son propias y que no niegan el necesario control civil sobre ellas.

Estas capacidades no tienen otra finalidad que facilitar la toma de decisiones rutinarias; tales como: la asignación de destinos, los ascensos, la designaciones de comisiones al exterior, etcétera, del personal militar. Antes de esta oportuna descentralización no era extraño que muchas tareas castrenses, como cursos y capacitaciones, no llegaran a concretarse, simplemente porque el Ministerio de Defensa no se había hecho el tiempo de aprobar las resoluciones necesarias.

En aquellas épocas, por ejemplo, se debían considerar 70 días hábiles para obtener la codiciada firma ministerial. La que muchas veces no llegaba o lo hacía tarde con los previsibles consecuencias en la ejecución de tareas rutinarias y normales de las fuerzas.

La decisión del Presidente se enmarca en el principio que siempre sostuvo el gran teórico de la Estrategia que fue Carl von Clausewitz, quien dijo: “Los militares no tienen su lógica, pero sí su gramática”.

Es Ricardo, el propio hijo del presidente Raúl Alfonsín, quien justifica la medida con este atinado juicio: “No se trata de recuperar autonomía a las Fuerzas Armadas. El Poder Ejecutivo no cede ninguna de las atribuciones que le son dadas por la Constitución. Se trata de cuestiones administrativas”. Y agrega: “Son otras Fuerzas Armadas, es otro el contexto histórico, otra situación política y otras amenazas existentes desde el punto de vista institucional. No hay que magnificar”.

Sucede que, al respecto, existen dos teorías sobre el control civil de las FFAA. La del control objetivo y la del control subjetivo. La primera de éstas le asigna a la profesión militar una singularidad única: los militares son personas que se preparan para quitar la vida de un enemigo y entregar la suya en el proceso, si fuera necesario.

La segunda de las teorías, que es la que fue aplicada por la administración Kirchner, sostiene que la milicia no es más que otro empleo y que los militares no son otra cosa más que funcionarios de uniforme.

En palabras de uno de los inspiradores de la teoría objetiva, el profesor norteamericano, Samuel Huntington, la profesión militar está conformada en base a una visión “pesimista, colectivista, historicista, orientada por el poder, nacionalista, militarista, pacifista e instrumentalista. En síntesis, es realista y conservadora.”

Para este autor, tales características del ethos militar son una fuente de gran fortaleza, no sólo para los militares, sino para toda la sociedad. El autor sostiene que el control civil sobre las FFAA se logra mediante una clara distinción entre los roles militar y civil. Por lo tanto, el “control objetivo” se basa en un esfuerzo por incrementar el profesionalismo de los militares, alejándolos de la esfera de influencia de la política.

Por el contrario, el denominado “control subjetivo”, tiene por objetivo domar a los militares, civilizándolos, haciéndolos políticamente aceptables o controlándolos mediante élites civiles trasplantadas. A aquellos que apoyan los medios de control señalados se los conoce como los “fusionistas”, ya que creen que las viejas categorías de civiles y militares son difíciles de distinguir.

Los kirchneristas, por ejemplo, buscaron asegurar el control civil sobre los militares mediante dos elementos: por un lado, la dilución de la naturaleza autónoma de la profesión militar. Para ellos eran simples funcionarios de uniforme. Y por el otro, usaron y abusaron de la politización de los mandos militares mediante la demanda de una lealtad partidaria que es impropia de la profesión militar.

Pues, los militares le deben su lealtad a la Nación y su obediencia a las autoridades legalmente constituidas. No pertenecen ni deben pertenecer a ningún partido político durante el desempeño de sus funciones.

La experiencia histórica enseña que los militares no sólo respetan mejor los límites civiles cuando están sujetos al control objetivo, sino que también combaten más eficientemente.

Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.

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