tapa

septiembre 30, 2016 12:19 pm

La Ciencia Política, una disciplina académica seria, no está exenta de modas. Como cualquier actividad humana tiende a copiar y a imitar. Por ejemplo, desde hace algún tiempo no son pocos los politicólogos que han incorporado la palabra “gobernanza” a su léxico y a sus discursos.

La misma reconoce su origen en el mundo anglosajón y hace referencia a la necesidad del buen gobierno para que una sociedad determinada funcione.

Nada nuevo, si recordamos que la buena doctrina clásica siempre reconoció la diferencia entre la legitimidad de origen de la derivada, siendo, precisamente, esta última muy similar a la noción del buen gobierno y que fuera asociada a la gobernabilidad.

Pero aquí las diferencias son las importantes. Pasemos a ellas. Mientras que para los tratadistas latinos el buen gobierno se basa en la sana voluntad de la causa eficiente del orden político, vale decir de los políticos, por alcanzar el bien común, para los anglosajones se fundamenta en la observancia de normas objetivas y de lo que ellos denominan como el ‘Rule of Law’, lo que bien traducido significa estado de derecho.

Como vemos, mientras el concepto latino otorga una gran discrecionalidad a quienes gobiernan en su deseo de obrar en función del bien común, los anglosajones prefieren la vigencia de parámetros objetivos basados en mecanismos concretos. Tales como la aprobación y el cumplimiento de leyes sencillas, pero efectivas.

Como ellos mismos lo dicen y lo ponen en carteles en sus rutas: “Law Enforcement”. O en otras palabras: “la ley será cumplida” a como dé lugar. Por el contrario, nosotros siempre hemos preferido el criterio del juez antes que el cumplimiento ciego de la norma.

Igualmente diferentes son los problemas que enfrentan los legisladores, políticos y estrategas del hemisferio norte de los nuestros en el hemisferio sur.

Mientras los primeros conviven en sociedades más o menos ordenadas amenazadas por enemigos mayormente externos, los segundos tendemos a lidiar con sociedades que bordean la anarquía plagadas de disensos internos.

Si el surgimiento de un Gran Hermano es el fantasma en el Norte, la anarquía lo es en nuestro Sur. En pocas palabras: en el Norte el problema es el terrorismo, en el Sur la inseguridad. Gobernanza para ellos, gobernabilidad para nosotros.

Llegado a este punto cabe preguntarse si los logros de la Ciencia Política anglosajona y sus derivados operativos pueden sernos de utilidad acá, en el Sur.

En este sentido, además de gobernanza, no son pocos los que hablan de crear agencias enmarcadas en esa concepción, como serían un FBI y una DEA criollas.

Sin negar la utilidad que ellas puedan tener en sus lugares de origen, no podemos desconocer las realidades de nuestras particularidades.
Por otro lado, vemos que en el Norte, siendo los Estados menos intervencionistas que los nuestros, éstos –por su parte– no dudan en emplear todos los instrumentos a su disposición para combatir a quienes amenazan la vigencia de su estado de derecho, a el ‘Rule of Law’, como ellos lo llaman.

Por ejemplo, los EE.UU. no dudan en emplear a sus fuerzas armadas y a sus múltiples agencias de inteligencia, ya sea en su versión federal o en la estatal de sus guardias nacionales, para conjurar peligros como el terrorismo y el narcotráfico. Nosotros, todavía tenemos una vetusta legislación que nos lo impide, aún cuando el sentido común nos advierte que ellas serán necesarias para garantizar la supervivencia del Estado.

Más allá de estas consideraciones, sabemos que, más pronto que tarde, esta administración deberá tomar decisiones cruciales en ese sentido, si es que desea salir airosa no solo de sus promesas electorales, sino del mantenimiento de la gobernabilidad, no ya de la nueva gobernanza.

En ese sentido, nos permitimos recomendar lo siguiente:

1. Rever la legislación vigente en materia de defensa y seguridad, a los efectos de permitir el efectivo empleo de todos los medios del Estado.
2. Preparar, adiestrar y equipar a nuestras Fuerzas Armadas bajo las lecciones aprendidas en las misiones de paz complejas, especialmente en Haití, ya que cuando las necesitemos será tarde para improvisar.

Para cerrar, podríamos decir que estamos seguros de la superioridad de las doctrinas latinas por sobre las anglosajonas. Pero, lamentablemente, debemos reconocer que una moral mediocre que se aplica es siempre mejor que una excelente que no se aplica.

Por Doctor Emilio Luis Magnaghi

Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.

Dejá tu opinión

comentarios