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junio 30, 2016 4:46 pm

Graciela Mancuso tiene una historia dedicada al arte, lo que no es una frase hecha. Es que empezó a bailar a los 3 años y a tocar el piano a los 5, cuando todavía no sabía leer. Después bailó durante más de 35 años en la Fiesta Nacional de la Vendimia, hizo escuela con la danza y desde hace 33 años forma parte del staff de profesores de la Municipalidad de Godoy Cruz.

Una niña precoz

La charla con Graciela empieza con una frase que se termina de entender cuando finaliza la entrevista. “Toda mi vida he bailado. Lo hago desde los 3 años con Isolde de Klietmann, una bailarina húngara que tenía una escuela de ballet maravillosa, lo mejor del momento, y estuve muchos años con ella”, comienza a relatar quien a los 11 años ya era parte del cuerpo de ballet de la Universidad Nacional de Cuyo, fundado por la reconocida bailarina cubana María Teresa Carrizo hace más de 40 años.

“María Teresa fue formadora de grandes maestros de la danza, era muy exigente con sus alumnas. Incluso quería que todas las bailarinas fuesen muy delgaditas y yo siempre fui de tener un cuerpo hermoso pero redondeado, y en parte lo sufría porque bailar era mi sueño”, recuerda.

Un sueño que no se detuvo, como tampoco el amor por el piano: a los 5 años empezó a tomar clases sin saber leer, por lo que su propia madre le enseñaba teoría y solfeo. Apenas un tiempo después su papá le regaló una pianola alemana de 1899 que aún conserva en perfecto estado.

“A los 15 años me recibí de profesora de piano, e hice una carrera brillante a fuerza de estudio”, explica la artista, y comenta que a los 13 años tuvo que dejar momentáneamente la danza por un principio de surmenage, lo que hoy se conoce como estrés. “Estaba en el secundario, bailaba, estudiaba piano, era socia de YPF –donde patinaba–, y hacía tenis. Tuve una infancia de privilegios, ya que mi papá siempre me decía que el legado que él me iba a dejar era la educación”, reflexiona, mostrando orgullo de una familia que la apoyó siempre, incluso con dos actividades costosas como el piano y la danza.

Lista para volver

Siempre se vuelve al primer amor, dicen, y quizás por eso un día Graciela volvió a bailar. Trabajaba desde los 15 años, había terminado sus estudios secundarios y también los de música, y estaba lista para seguir.

“A los 18 empecé de nuevo con la danza. Ya estaba recibida en música y trabajaba, y empecé a estudiar en la Universidad la carrera de maestra jardinera porque me encantan los chicos. Quería bailar y salió una posibilidad de entrar en la escuela de danzas de la Capital. Me daban los horarios pero había folclore y yo era una bailarina clásica que de folclore no sabía nada. Para mí, cueca, gato, zamba y chacarera eran lo mismo”, recuerda entre risas la docente.

En esa época entró a la escuela a estudiar con el maestro Germán Lascano y con Pochi Zimerman, y a los tres meses, luego de que se produjeran vacantes, llegó al Ballet de Folclore de la Capital, donde se formó con el reconocido Jesús Vera Arenas. “Siempre digo que he tenido maestros de la vieja escuela, de mucha exigencia, y por eso soy muy exigente con mis alumnos”, relata la bailarina que formó parte de ese cuerpo de baile durante más de cinco años.

La disciplina ante todo

Graciela es la profesora del taller, pero está peinada y vestida como si estuviese a punto de salir a escena. “Es mi formación, así me eduqué, aprendí a estar impecable en clase”, dice, y agrega: “Conmigo han aprendido una disciplina que lleva a brillar en el escenario. Es ensayo, es disciplina desde que llegamos a la sala hasta cuando nos vamos. Siempre les digo a mis colegas más jóvenes que si bien yo estoy dentro de un formato municipal de taller de danza, hago escuela”.

“El taller es más flexible, pero les exijo mucha puntualidad para el ensayo y hacemos todo para que salgan las cosas bonitas”, explica, y remata con una frase que cada uno de sus alumnos debe conocer de memoria: “Porque lo que no se hace en el ensayo no se hace el día de la actuación. Esa es la consigna, tienen que estar impecables con el mismo respeto al bailar para una persona o para 50 mil”.

Planeta folclore

Tras dar sus primeros pasos como bailarina clásica cuando era apenas una niña y luego de ser parte del Ballet Folclórico de Capital, por sugerencia de un amigo emprendió viaje a Buenos Aires a perfeccionarse en la Escuela Nacional de Danza. “Me busqué un trabajo allí y me fui con 21 o 22 años. Ahí tuve la posibilidad de conocer al Chúcaro y a Norma Viola, entre otros. Estudié tango con Carlos Copes y me encontré con todo un panorama pedagógico maravilloso que el bailarín no tiene; el bailarín baila, ejecuta lo que dice el maestro, pero yo ahí me formé como pedagoga y conocí un mundo nuevo: el de la folclorología. Hasta el 85 estuve estudiando en Buenos Aires, pero volví porque mi casa se cayó con el terremoto de ese año y me hice cargo de mi mamá”, comenta Graciela

Bailar en origen

Regresar a Mendoza significó para Graciela aplicar en cada uno de sus proyectos casi una vida de experiencia. Empezó a trabajar como profesora en la Municipalidad pero también a bailar con su compañero, Javier Gutiérrez, en cuanto evento los invitaran o contrataran, hasta llegar a ser una de las mejores parejas de danza de la provincia.

“Quedamos como los bailarines oficiales de tango de la orquesta de los Hermanos Appiolazza. Ahí se abre una veta como pareja de baile y paralelamente fundamos el Mendoza Proyección Ballet, un ballet infanto juvenil brillante acompañando el trabajo con la Municipalidad”, recuerda con cariño.

La bailarina, quien además es vestuarista –se encarga de diseñar y confeccionar el vestuario de sus alumnos–, actualmente tiene varios grupos de alumnos de diferentes edades y su lugar de ensayo está en el espacio municipal ubicado el híper Libertad.

“Tengo muchos alumnos; con el grupo infantil inicial empezamos este año con chicos de 8 a 15 años; después tengo el juvenil avanzado, desde 13 a 25, y dos grupos de adultos y adultos mayores. En promedio, más de 150 alumnos asisten a los talleres de lunes a sábados, y si hace falta, también el domingo. En los talleres tenemos mucha acción y permanentemente estamos participando de actividades. De hecho, el 5 de julio hacemos una presentación de todos los talleres en el teatro Plaza, y para eso estamos trabajando lo escénico teatral con coreografía”, cierra Graciela.

La charla con El Ciudadano se dio ante la mirada atenta de sus alumnos, quienes esperaban que la liberáramos para empezar con el ensayo. Pero antes de despedirnos, y como la entrevistada asegura que hace bailar hasta a las piedras, le pedimos una impresión personal acerca de la danza. “La danza es la veta, es lo que nos permite llegar a nuestra alma, hacer un silencio a nivel interior para poder expresarnos. Para mí, la danza es curativa, ya que en los momentos más tristes de mi vida, como la pérdida de mis padres o uno de mis hermanos, he hecho los mejores espectáculos de mi vida, porque el arte te exige orden y concentración. El arte es sanador, el arte cura”, asegura Graciela con convicción. Y si ella lo afirma, así ha de ser…

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