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septiembre 9, 2015 3:26 pm

Dora es una hermosa madre y abuela que disfruta tanto de sus hijos como de sus nietos, pero algo en su historia le dice que su felicidad no es completa.

Ella cursó un embarazo que llegó a término, hace más de 38 años, y en cada uno de los controles que periódicamente realizaba, su médico le relataba el estado de sus dos bebés. Como ella quería que fueran nenas, el galeno hacía alusión a la panza como “las mellizas”. Dos latidos y un vientre mucho más abultado que en su embarazo anterior, fundamentaban el diagnóstico en tiempos sin ecografías, sin secuestros de personas ni robo de bebés.

El comienzo de la pesadilla

“En 1977 vivía en Godoy Cruz, atrás de la Colonia 20 de Junio y estaba embarazada. Me controlaba un doctor del que no recuerdo su nombre, que aparentemente era de un centro de salud, pero cuando volví, años más tarde, me dijeron que era un puesto sanitario que dependía de la Municipalidad”, arranca Dora y agrega: “El doctor me decía que me pusiera contenta porque venía por partida doble y cuando llegó el momento del parto fuimos al Hospital Emilio Civit, donde me internaron. Yo ya conocía lo que era una sala de parto, por mi hijo anterior, y me llamó la atención que me pusieran en una sala distinta. La cama era una como las que usan cuando te operan, no de parto. Me ataron los brazos en cruz y vino alguien por detrás, me puso una máscara verde de oxígeno y me dormí. Cuando abrí los ojos estaba en la sala de Maternidad y me desperté porque la enfermera me tomaba el brazo para ponerme el bebé ahí. Le pregunté qué había tenido y la enfermera me dijo que una nena. Le pregunté por la otra y me respondió: ‘¿qué otra?, si tuviste una sola’, y se fue”.

Así resume Dora, y de sus palabras se desprende un dato no menor: ella tuvo a su hija por parto natural, para lo cual no hubiera sido necesario sedarla por completo.

Silencio, hospital

“Eran épocas en que no se podía reclamar nada, y doy gracias a Dios que me dejaron a una niña, porque a otras madres no le dejaban ni a una. Después siguió nuestra vida, vivimos en Malargüe como diez años y cuando volvimos a Godoy Cruz empecé a buscar a mi hija. Siempre quise saber qué pasó, sólo que las condiciones no eran favorables”, resume Dora con tristeza.

Dicen que el corazón de una madre no se equivoca, quizás por eso siguió buscando; fue al centro de salud donde le controlaban el embarazo, que terminó siendo un puesto sanitario que ya no existía. También le dijeron que los archivos con las historias clínicas se habían quemado en un incendio, pero no bajó los brazos y siguió buscando, ahora en el Hospital Lagomaggiore, porque le informaron que allí estaban todas las historias clínicas del extinto Hospital Emilio Civit.

“En el Lagomaggiore me dijeron que no me daban la historia clínica si no era con la orden de un juez y con un abogado, pero nosotros no teníamos para pagar uno, así que el tema murió ahí”, cuenta con la resignación de sentirse lejos de encontrar a su hija, y reflexiona: “No entiendo por qué no se puede tener acceso, si son las enfermedades o dolencias de uno”.

La esperanza viaja en colectivo

Dora relata cómo muchas de las personas que conocen a su hija Nora (la melliza que pudo criar), dicen haberla visto en tal o cual lugar, pero en realidad no era ella, sino una chica muy parecida. “Un conocido de la familia nos contó una vez que creyó ver a Norita en un colectivo que venía del barrio Municipal, se arrimó y la saludó”, pero como la joven le dijo que no lo conocía, él le dio un par de referencias para ver si se acordaba. La muchacha no era Nora, aunque aparentemente el parecido era muy marcado.

Este episodio llevó a Dora y a su esposo a iniciar una búsqueda en el barrio Municipal, donde en cada uno de los lugares que visitaron –para pegar los carteles de búsqueda– les decían que conocían a esa mujer y que era vecina del barrio.

Pero una grave enfermedad la llevó a abandonar momentáneamente su búsqueda hasta reponerse, algo que con paciencia y amor va logrando de a poco.

Las limitaciones para salir de casa, mientras se recupera, hicieron que se familiarizara con las nuevas tecnologías y las redes sociales, lo que le sirvió para contactarse con muchas personas que también buscan reencontrarse con familiares y para –después de mucho leer– llegar finalmente a una fiscalía en la que pudo realizar la exposición y denuncia de su caso.

Desde allí no sólo la contactaron, sino que le aseguraron que la citarían para pedirle muestras de ADN.

Un giro inesperado

Casi en el mismo momento en que decide publicar su caso en distintos grupos de Facebook y en su perfil personal, le escribió una prima que, en una mezcla de confidencia y esperanza, le dijo que creía que Dora era su madre biológica.

“Cuando ella me dijo eso me cambió la cabeza. Hasta ese momento yo estaba buscando a la chica del barrio Municipal, que –dicen– es muy parecida a Nora, y como eran mellizas pensé que podía ser ella”, explica.

La prima de Dora fue adoptada –aunque no de manera legal– casi en la misma época en la que ésta dio a luz, y su madre adoptiva le dijo antes de morir que su mamá verdadera se llamaba Dora.

“Con mi tía no tenía mucho contacto porque ella vivía en el barrio Independencia, de Las Heras, y yo en Godoy Cruz. Nos enteramos que ella había adoptado a una nena y que su marido se había encargado de conseguirla a través de una enfermera. Pero el tema quedó ahí”, relata Dora, y recuerda que después de la revelación que su prima le hizo trató de hacer memoria, y en esos viajes al pasado recordó a su tía, con la mirada perdida y diciéndole que la quería mucho, mientras se le corrían las lagrimas.

La hora señalada

Tanto para Dora como para su prima, 38 años menor, la posibilidad de que sean madre e hija existe, y por eso se comunicaron con la fiscalía para que cuando citaran a Dora por su ADN concurriera acompañada por ella para comparar genéticamente sus datos.

“Acá es caro hacerse un ADN en un laboratorio privado, por eso estamos esperando que nos llamen de Buenos Aires para viajar y hacerlo allá”, explica con esperanza.

Hasta aquí la charla con Dora se dio con emoción, con esperanza del llamado que les dé la respuesta que ambas buscan desde hace mucho tiempo, pero sin sobresaltos. Cuando esta cronista estaba terminando la entrevista, sonó el teléfono de Dora: era Aníbal, la persona que se está encargando de llevar su caso en Buenos Aires, quien llamó para leerle la resolución que Dora me hizo escuchar: “El 5 de octubre tienen turno para hacer sus análisis de ADN”. La emoción fue compartida por Verónica, una de sus hijas, que siguió nuestra charla de cerca.

“Voy por la calle mirando a las personas, tratando de encontrarla en algún rostro. Más allá de que me acepte o no, la busco para cerrar un capítulo de mi vida”, dice esperanzada, quien después de ese llamado tiene otro brillo en sus ojos.

La ciencia tiene la última palabra; seguramente será ella la encargada de decir que madre e hija se han reencontrado con sus identidades verdaderas o si Dora seguirá buscando a su hija en todos y cada uno de lo rostros que cruza por la calle desde hace 38 años.

Esta historia merece un final feliz como todas, por eso lo vamos a esperar.

Por Rebeca Rodríguez Viñolo – Diario El Ciudadano on line

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