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noviembre 10, 2016 11:19 am

Imaginemos el 20 de enero del año que viene en Washington, un día frío seguramente, típico del invierno boreal, después de que Donald John Trump jure su cargo ante el presidente de la Corte Suprema, en la explanada del Capitolio, se irá por la avenida Pennsylvania hasta la Casa Blanca, de la mano de Melania, seguramente. Una vez en el despacho oval y mientras le muestran la valijita con los códigos del sistema de armamento nuclear, le van a decir: “mire ‘mister president’, esto es así: usted puede hacer lo que se le dé la gana con esto, esto y esto; para esto otro usted tiene que tener el aval del Congreso; esto otro lo podrá hacer si tiene el apoyo de la pesada opinión pública yanqui; pero de aquí para allá va a tener que tener mucho cuidado con no interferir en los intereses del enorme poder económico y financiero de las corporaciones apoyadas y protegidas por el denominado “complejo militar industrial norteamericano”, como gustaba llamarle a los extinguidos soviéticos.

Después, el rubicundo Donald se quedará solo pensando, hasta que aparezca Melania y lo apure para que se prepare para asistir a todas las fiestas que se realizan en la capital con motivo de la asunción. Mientras, Obama y familia van mucho más aliviados en su último viaje en el helicóptero Marina One hacia su nueva casa de barrio.

De allí en más, todo es incertidumbre para la mitad de los norteamericanos y gran parte del mundo, mientras que para los votantes de Trump hay una sensación de seguridad y bienestar que no les supieron trasmitir otros candidatos.

Con el diario del día siguiente todo es más fácil de entender, y por eso vemos ahora que el ciudadano medio de Estados Unidos mayoritariamente se siente defraudado por un gobierno de excelente nivel político e intelectual, como fue el de Barak Obama, pero que no le dio la seguridad económica que siente que ha ido perdiendo.

Recordemos que fue en este periodo que se produjo el estallido de la burbuja inmobiliaria, dejando a millones de personas sin casa y sin sus ahorros. Hubo una caída en la industria pesada influida por el ingreso de mercaderías chinas y autos japoneses. Se recuerdan las imágenes de los barrios industriales de Detroit convertidos casi en ciudad fantasma por la caída de los grandes emporios automovilísticos.

Por otra parte, dos proyectos de Obama quedaron a medias, o no se concretaron, uno es el sistema social de salud que nació débil por las trabas que le puso el Partido Republicano, con mayoría en las dos cámaras. Otro es la postergada retirada de tropas de las zonas de conflicto en el mundo, donde intervienen los yanquis y la lacra humanitaria que significa la prisión de Guantánamo. Si todo eso había quedado en el camino, qué seguridad había en que la hierática y opaca Hillary Clinton pudiera hacerlo u ofreciera un novedoso paquete de acciones políticas.

El bajo porcentaje de estadounidenses que participó el martes en las elecciones estuvo compuesto por una mayoría de personas vinculadas a la alicaída industria, amenazada por las políticas de globalización de mercados y atemorizada por la “invasión” de inmigrantes mexicanos, musulmanes y caras extrañas “que ocultarían a delincuentes, terroristas y narcotraficantes”. Gente simple y práctica que no sintonizó en ningún momento con la propuesta de Hillary Clinton. La ex primera dama cargó con las –para nosotros incomprensibles– acusaciones de usar un correo electrónico privado para la gestión oficial. Además, muchos habrán desconfiado de la capacidad de la candidata demócrata que tuvo que renunciar a la Secretaría de Estado, afectada por lo que parecía ser una crisis cerebrovascular.

Hacia el mundo, el país del Norte va a mostrar un duro cierre sobre sí mismo, con el mismo propósito aislacionista y proteccionista vigente hasta que entró en la Segunda Guerra Mundial. Veremos hasta dónde llega en un mundo hoy globalizado al segundo.

El nacionalismo xenófobo y racista, expuesto en la campaña de Trump no prendió como se creía en la población latina, simplemente porque los latinos que están legalizados quieren ser más yanquis que los yanquis, quieren a sus coterráneos pero tranquilos en sus países de origen y allí les mandan algunos dólares. Los ilegales los perjudican, les dan mala imagen y más si están metidos en “algo jodido”. Por otra parte, Trump nunca atacó a los legales, sino a los flojos de papeles y a los que quieren venir del otro lado de la frontera con México. Por eso, muchos latinos votaron por el republicano, o no fueron a votar.

Si hacemos vaticinios sobre el futuro del mundo, hasta ahora Donald ha expresado que no le importa mucho que los de afuera se maten entre sí y más si son de países musulmanes. Habrá que ver cómo maneja las políticas intervencionistas ante la manía hegemónica de su amigo Vladimir Putin. Eso seguro que lo van a explicar los muchachos del Pentágono, no es cuestión de entregar espacios e influencias a rusos y chinos. Sobre la paz mundial, las acciones “ejemplares” del inmenso poder militar de USA se reparten equilibradamente entre demócratas y republicanos: recordar a Vietnam con Kennedy y Johnson; Jimmy Carter haciendo boicot a la URSS y derrotado en Irán, o Bill Clinton interviniendo en los Balcanes por Kosovo, y Obama bombardeando en Medio Oriente y recibiendo el premio Nobel de la Paz.

Con América Latina habrá que ver. Primero, alguien le dirá dónde queda y cómo es. Que no toda es como México de Tijuana o Ciudad Juárez, que a veces es mucho peor y también mejor, que va a necesitar muchos de los productos de esta parte del mundo, que si no quiere que se llene de pobres, el recibidor va a tener que negociar. En fin, ya se verá qué pasa con el muro en la frontera mexicana o si tendrán que hacer uno los canadienses para que no se les empiecen a colar los norteamericanos asustados.

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