junio 12, 2015 9:09 am

Esta semana nos vamos a referir a lo que entendemos como la verdadera causa por la cual el objetivo de integración regional, que nuestra política de relaciones exteriores plantea como uno de sus ejes principales, parece no sólo haberse relegado e ignorado, sino que está en manifiesto retroceso.

Socios que se diferencian
Nos detenemos a pensar sobre las razones por las que el proceso de integración regional parece haber fracasado. Los objetivos del Mercosur, expresados en el preámbulo del Tratado de Asunción (1991), hablan de una integración política y económica a lograrse mediante la preservación del medio ambiente, el mejoramiento de las interconexiones físicas y la complementación de los diferentes sectores económicos. Habla de gradualidad, flexibilidad y equilibrio. En casi nada se ha avanzado.
No es visible, por ejemplo, que los gobiernos hayan hecho un esfuerzo por mejorar y desarrollar las vías de comunicación que faciliten el intercambio de bienes, servicios y personas. Tampoco se ha avanzado en las acciones de los estados miembros para fomentar la complementación de los distintos sectores de la economía, como ha pasado en Europa, progresivamente y desde mucho tiempo antes de concretarse la unidad monetaria. En el Mercosur y la Unasur, en vez de fomentar políticas comunes hacia terceros países, parece estimularse permanentemente la competencia entre sus miembros.
Hay que decirlo con todas las letras, que Uruguay se esté cortando solo es una señal más de descomposición del bloque. Las recientes afirmaciones del presidente uruguayo, Tabaré Vázquez, sobre que tanto su país como Brasil y Paraguay están de acuerdo en negociar en distintos tiempos con la Unión Europea, y las negociaciones unilaterales con los flamantes Acuerdos Internacionales sobre el Comercio de Servicios (TISA) –aún no concretados–, impulsados por los Estados Unidos y Europa, son la prueba de los desencuentros profundos que sufre el Mercosur que, al parecer, va en camino de una lenta pero segura desintegración.
Por eso no nos sorprendió que la presidente de Chile, esta semana en París y ante un grupo de empresarios franceses (MEDEFI), se haya querido diferenciar del resto de los países de la región. “No somos un país poco serio, no somos populistas, no planteamos elementos como gobierno que luego otro gobierno no pueda seguir sosteniendo”, dijo enfáticamente Michelle Bachelet. Una referencia descriptiva y cruda de muchos vecinos de la América del Sur.
Casi todos los objetivos han quedado a mitad de camino. Eliminar paulatinamente las barreras comerciales, la libre circulación de bienes y servicios, trazar una política común hacia terceros países o bloques de países, la coordinación de políticas macroeconómicas y coordinar los ejes de política industrial, comercial, monetaria, de comunicación y de servicios. El pretendido avance sobre la armonización de las legislaciones de los distintos miembros, para alcanzar un fortalecimiento del proceso general de integración, también se ha estancado.

La verdadera causa del retroceso
La realidad es que en la última década, el proceso de integración regional ha sufrido los vaivenes de la política de cada país sudamericano. La más dramática, en el sentido de la desvalorización institucional, ha sido la paulatina transformación del bloque regional –creado con la finalidad de fortalecer la integración–, en un foro de concientización política, con un objetivo que nada tiene que ver con aquel que fue concebido por sus arquitectos. Desde hace más de una década sólo se ha buscado imponer posturas ideológicas y proporcionar protección política a gobernantes de un signo político determinado.
Recientemente escuchamos decir a Mario Vargas Llosa que, en el Perú, hay una izquierda radical que ha encontrado en el ecologismo una bandera que le permite defender su agenda anacrónica y destructiva. Esto no sólo sucede en el Perú, en muchos países de la América de habla hispana ocurre algo parecido desde hace ya mucho tiempo.
Es la misma ideología que no ha tenido empacho ni disimulo en avalar al régimen de los Castro en Cuba por más de cincuenta años, y que mira para otro lado ante los excesos del gobierno de Nicolás Maduro en Venezuela.
Una ideología que es capaz de enmascarar o disimular sin vergüenza sus contradicciones más flagrantes. Como ha ocurrido esta semana en Quito, desde la Unasur, al declarar que habrá elecciones legislativas este año en Venezuela, porque este bloque de naciones “seguirá defendiendo a través de vías discretas y por canales diplomáticos la institucionalidad democrática del país”; sin hacer mención a las flagrantes violaciones a los derechos humanos que el régimen de Nicolás Maduro comete a diario encarcelando opositores.
Es difícil comprender por qué tantos políticos de la región, idealizan la imagen de un dictador que lleva más de 50 años encaramado en el trono de un país en ruinas. Un libro revelador sobre las intimidades de la vida de Fidel Castro, editado el año pasado en España y publicado recientemente en los Estados Unidos en inglés, cuenta la doble vida del dictador. Su autor, Juan Reinaldo Sánchez, quien fuera guardaespaldas de Castro, revela su verdadera personalidad. Un hombre vengativo, amante de la buena vida, con una isla privada, chef personal, yate, casi veinte casas distribuidas por toda la isla y socio del narcotráfico.
Hay pocas excepciones en la región. Una izquierda ciertamente anacrónica, destructiva y autoritaria, que se autotitula progresista y se ha adueñado de la bandera de los derechos humanos, con ella legitima no sólo las barbaries cometidas en el pasado, cuando gozaba del apoyo y el beneplácito de gobiernos poderosos, sino todas las que comete contra sus eventuales adversarios en la actualidad y que ha convertido a la política regional en el campo donde prospera la desesperanza.

Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.

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