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junio 23, 2016 10:04 am

Hablamos con las docentes Lorena Saponara (ex legisladora provincial y actual secretaria de Extensión Académica) y Claudia Iacopini, directora del jardín maternal que funciona en el Instituto de Educación Superior de la Patria Grande Nº 9026.

Con ellas recorrimos la historia de un espacio que promueve la educación y la inclusión en Las Heras.

Preludio de una historia conmovedora

“En el 2003, nosotros nos preguntábamos por qué Las Heras no tenía un instituto de educación superior. Si bien no había tantos en la provincia, otros departamentos tenían los suyos”, planteó Lorena no sólo en el inicio de la charla, sino también en el desarrollo de esta historia, la del Instituto por el que hoy pasan a diario alrededor de mil personas.

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“Empezamos a trabajar la idea de tener uno. Pateamos muchísimo, buscamos la forma y la Municipalidad donó este terreno”, explica Saponara –quien era directora por aquel entonces– y continuó: “Hicimos una investigación y de ella se desprendió que en muchos de los distritos los chicos querían estudiar pero no tenían los medios para hacerlo, entonces empezamos a pelearla y a golpear todas las puertas para conseguirlo”.

El camino recorrido

“Fueron muchos años de buscar la manera, pero el 5 de enero de 2009 me llamó Rubén Miranda –quien era entonces intendente de Las Heras– a su oficina, me mostró un papelito, y me dijo: ‘acá está el instituto’, y ahí estaba la resolución de su creación. Unas seis personas nos pusimos a laburar durante todo el verano para arrancar con las inscripciones y el tema administrativo. No teníamos lugar físico, ni cargos para los docentes y tampoco personal administrativo. Empezamos a trabajar y, como no teníamos los cargos cubiertos, nos comenzamos a dar el ‘pre’ de Educación Inicial, Primaria y Química, porque eran las tres carreras que habían habilitado”, comenta Lorena, mientras recuerda que entre tres personas se dividieron para dar los contenidos. “Yo tomé el de Primaria, el profesor Stocco, Química, y Patricia Girard, Inicial”.

Cuando el ingreso ya estaba finalizando y llegaba la hora de arrancar con las clases y así empezar a escribir la historia del primer Instituto de Formación Superior en Las Heras, los cargos docentes brillaban por su ausencia, había que arrancar pero no estaba la posibilidad de pagarle a ningún docente, por lo tanto, quienes llevaban su carpeta para ejercer como profesores perdían las ganas cuando se les decía que no había posibilidad de pagarles. “Había que arrancar y arrancamos”, explica Lorena, aclarando que sabían que si abandonaban la lucha perdían todo, pero también sabían que había muchas materias por dictar y sólo tres profesores. Aún así se embarcaron y “recién en julio aparecieron los cargos, desde febrero hasta julio laburamos ad honorem”, recuerda con una sonrisa.

El edificio de la escuela Manzotti fue el lugar donde empezaron a dictar las tres primeras carreras, en horario nocturno, ya que todavía no tenían un espacio propio.

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“Tenía alrededor de 60 alumnos además de un montón de niños que sus mamás llevaban con ellas. Dábamos clases con los bebés en brazos, para que las madres pudiesen estudiar y mientras las chicas tomaban apuntes, les dábamos la mamadera a los niños”, dice Saponara.

“Ese tipo de cosas, entre tantas otras, hace que la comunidad educativa sea muy distinta a otras”, resume Claudia Iacopini al sumarse a la charla, y agrega: “Aparte de esto, teníamos casos de violencia de género. Las parejas de las alumnas, que no querían que estudiaran, muchas veces nos interrumpían las clases violentamente y terminábamos en la comisaría”.

Las docentes explicaron que más allá de las dificultades académicas con las que se encontraron en el camino, pasaron cientos de episodios difíciles en los que también notaban que las alumnas que concurrían a clase con sus hijos pequeños no rendían lo suficiente y por eso descubrieron que era necesario crear una fundación.

“Nos propusimos hacer una fundación y empezamos a trabajar varias personas para poder tener un jardín maternal, para que las chicas que venían a estudiar pudiesen dejar a sus hijos y que esas cuatro o cinco horas fueran realmente para ellas, para que estudiaran. Incluso en vacaciones para las mesas”, relatan ambas mujeres.

Redes del norte en acción

Tanto Claudia como Lorena tenían experiencia en ejercer la docencia en los barrios más pobres del departamento, por lo que no dudaron en incluirla en el proyecto del jardín maternal. “Encontramos una casa desocupada y destruida cerca de la escuela donde funcionaba el Instituto y empezamos a acondicionarla con la ayuda del municipio, de la Unión Obrera de la Construcción y personal de los Centros de Capacitación para el Trabajo.

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También con dinero que salía de los bolsillos de cada uno de los que conformábamos la Fundación Redes del Norte, y así nació El Lucerito”, explica Claudia, y recuerda que el nombre se debe a que el lucero es la primera estrella de la noche, y este jardín fue el primero en turno vespertino de la provincia.

La patria educativa

Paso a paso, el instituto fue cobrando forma, sumando alumnos y algunos convenios como el que firmaron con la Asociación de Mujeres Meretrices de Mendoza (AMMAR), lo que permitió que algunas chicas que ejercían el trabajo sexual pudieran estudiar mientras sus chicos estaban en el jardín, y así cambiar sus realidades.

Luego se sumaron dos nuevas carreras a las tres iniciales: las tecnicaturas en Enfermería y en Economía Social, lo que obligó a las autoridades incorporar la escuela Dávila para que funcionaran en ella las carreras en el turno noche.

En enero de este año quedó inaugurado el edificio que reúne todas las actividades y que es un lujo para la comunidad educativa de la Patria Grande.

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“Acentuamos la gestión social. Nuestro ideal es crear profesionales orientados a la evolución del ser, con una mirada social comprometida e integrada”, explica Lorena, mientras reafirma la idea de la educación como la transformación social más importante de todas, entendiendo que muchos de los alumnos que llegan al Instituto provienen de zonas alejadas y viven en contextos donde la situación económica, social y cultural no es la ideal. Por eso crearon una dependencia que busca garantizar que ninguna de esas variables sociales empujen al estudiante fuera del sistema educativo.

“Creamos la sección ‘Alumnos’, donde no sólo hacemos el seguimiento de lo académico, sino también de lo personal: si faltan los llamamos y si son muchas inasistencias los vamos a buscar a cada casa para saber qué les pasó.

Contamos con un equipo de profesionales que hacen todo lo posible para que ninguno de los estudiantes abandone el terciario. Conocemos a cada una de las más de 900 personas que vienen a estudiar. El trato con los alumnos es distinto, acá no son números, son personas con sus historias y realidades diferentes, muchas veces durísimas, pero el compromiso y el amor que tienen por la organización también es enorme y eso te da ganas de seguir adelante por más difícil que sea”, resumieron las damas en representación de toda la comunidad educativa de la Patria Grande.

“Hay días en que las complejidades hacen que uno llegue a casa con una carga emocional negativa enorme, pero ver personas que cambian su vida después de estudiar, o a quienes nunca se imaginaron que podían no sólo recibirse pero que ya están dando clases. Esas son algunas de las gratificaciones más importantes que tenemos”, cierra Lorena.

La charla se extendió por más de dos horas. Muchos de esos 120 minutos estaban hechos de sueños, proyectos e ilusiones, pero también se relacionan con la educación como la gran generadora de oportunidades que cambian vidas y nos invitan a ser mejores.

Es ahí donde se refuerza la frase con las que iniciaron la charla estas mujeres: “Este instituto es una utopía”. Quizás por eso no para de crecer.

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