Industria

septiembre 13, 2016 12:30 pm

Van sólo nueve meses de gobierno de Cambiemos, pero a juzgar por la densidad de estos tiempos, parecen el doble. Es que la demora en las buenas noticias parece sorprender hasta al más precavido de los miembros del gobierno, y como demuestran los sondeos nacionales, se debilita el índice de confianza. Mariel Fornoni, de la consultora Management and Fit, señaló que hay dificultades en la percepción del liderazgo de Mauricio Macri, y el rumbo está siendo percibido como errático.

A esto se suma un cambio que puede abrir una brecha preocupante, y es que la principal preocupación pasó a ser el empleo. La corrupción, con su condena social, oxigenaba al gobierno, ya que la sucesión de denuncias, causas, y las oprobiosas evidencias de un nivel de desfalco al Estado inaudito por parte de la anterior administración, oxigenaba en el fondo las aguas macristas, porque era todo ganancia. A más casos, mayor debilitamiento del núcleo duro opositor, fracturas legislativas, fugas de dirigentes y precioso “tiempo” para el gobierno. Ahora la principal preocupación no le suma, le resta por donde se mire. Es un problema propio, y la pesada herencia pasa a la lista de las excusas que no funcionan.

Vale entonces analizar cuál fue el eje de generación de credibilidad de Macri en su campaña: la palabra fue “confianza”, precisamente. El entonces candidato prometía un shock de inversiones, volver a poner a la Argentina como un país atractivo en el contexto internacional, y parte de esa credibilidad tal vez se centró en que era percibido como “uno de ellos”. En teoría, para el imaginario popular, el candidato sabía cómo atraerlos, convencerlos, seducirlos, porque hablaba de sus pares.

Ahora, cuando las prometidas inversiones no llegan, en los suplementos económicos podemos leer frases como que “están esperando más certidumbres”, o “miran con buenos ojos pero van despacito”; lo cierto es que, dicho vulgarmente, los que la tienen no la ponen, tal vez con la única excepción del campo, que sí está jugando fuerte en sus emprendimientos.

Pero si muchos creen que se trata de cautela, también hay otros caminos de análisis posibles. Durante décadas los empresarios argentinos hicieron todo lo posible para que la palabra “emprendedor” esté vacía de sentido. Acostumbrados a prebendas, a negociar con el Estado minimizando riesgos y multiplicando ganancias –qué dicho sea de paso también dejaban sus dividendos en los bolsillos de los funcionarios- tal vez esperen continuar con esas prácticas, que en la “década ganada” vivieron su momento de gloria, como vemos cotidianamente en la tapa de los diarios.

Lo cierto es que la realidad muestra que, si fuera tan claro que Cambiemos es una apuesta netamente liberal, la ideología no está solucionando los problemas de la Argentina. Más aún, el Estado está siendo el principal actor de la economía: las grandes inversiones concretamente anunciadas hasta ahora son de infraestructura y obras públicas, y la convocatoria a privados está claramente guiada, apoyada y hasta en parte solventada por el sector público. En Mendoza, las obras hidroeléctricas, la autopista a San Juan, son claros ejemplos, y donde participa el capital privado, como las licitaciones para desarrollar energías limpias, también tienen un fuerte apoyo público. El capital privado, por sí mismo, no está generando riqueza aún en el país. La promesa quedó en eso: de pensar en megaobras se pasó a celebrar una planta de gaseosas.

En este contexto, la apuesta fuerte por las pymes parece ser la única salida rápida y confiable. Habrá que ir tirando entonces los manuales de la ortodoxia.

Dejá tu opinión

comentarios